I.
Desconozco el peso actual de Julio Verne en la iniciación de los jóvenes como lectores. Lo que sí sé es que su influencia durante la mayor parte del siglo XX fue enorme. Quien esto escribe pasó de los tebeos infantiles a la lectura de los relatos de Julio Verne, pues no era usual nombrarlo en francés ––Jules– a mediados de los sesenta. Estas primeras lecturas condujeron a otras muchas, cada vez de mayor enjundia, hasta convertirme en un lector infatigable.
Las ediciones de Verne que circulaban entonces para los jóvenes solían llevar ilustraciones y no pocas veces eran versiones adaptadas o resumidas. También es cierto que no todas las obras del escritor francés gozaban de la misma fortuna. Veinte mil leguas de viaje submarino, Miguel Strogoff o La vuelta al mundo en ochenta días son algunos de los títulos que me vienen ahora a la cabeza, pero había otro puñado de relatos que también eran accesibles por entonces. Sin embargo, la novela corta titulada El señor Re sostenido y la señorita Mi bemol.no la conocí hasta la edad adulta.
La historia se desarrolla en un pueblecito de Suiza llamado Kalfermatt. Una treintena de niños y niñas asiste a la escuela del señor Valrügis y su hermana Lisbeth. El maestro es un enamorado de la historia de Guillermo Tell. Especula incluso sobre si se trataba de una manzana reineta o camuesa. Cree que nadie puede ponerle música a esta leyenda. Se confundía, pero en esa opinión ya se detecta que mantiene ciertas prevenciones hacia el arte de los sonidos.
El narrador es uno de aquellos niños, muchos años después, cuando ya está casado con una antigua compañera de escuela. La pareja (Joseph Müller y Betty Clére) había sido conocida con los nombres que dan título al relato: Señor Re sostenido y Señorita Mi bemol. Ello se debe a lo bien conjuntadas que sonaban sus voces en el coro de la iglesia desde niños. Descubrirán que no era exacctamente así. Verne afirma que no hay nada de extraño en que canten niños y niñas en el mismo espacio, pues, al jgual que los serafines –dice–, son asexuados. Añado que no sería lo mismo si fuesen adultos de ambos sexos, dado que las vidriosas disposiciones de la iglesia católica (Kalfermatt se sitúa en un cantón católico) dificultaban este tipo de prácticas.
El director del coro era el organista Eglisak, un músico respetado, muy formado en el contrapunto y empeñado en escribir una fuga sin fin. Para él se trata de música “trascendente”, algo en lo que el compositor Josep Soler estaría de acuerdo, a juzgar por lo que escribe en su tratado sobre esta forma musical. Entre sus enseñanzas, Fglisak incluye una pequeña explicación sobre el origen del nombre de las notas (Ut, Re, Mi, Fa, Sol, La), derivado de las primeras sílabas de los hemistiquios del himno a san Juan Bautista “Ut queant laxis”, según la brillante idea de Guido de Arezzo. No acierta en cuanto a la llegada del Si a la sucesión,de las notas. Tampoco resulta adecuado el término “sensible” en aquel contexto; pero, aun así, es sabido que el escritor francés estaba interesado y formado en la música.
Con el paso del tiempo, los cantores se dieron cuenta de que, el maestro Eglisak iba perdiendo oído. Hasta que un día sucedió que seguía acompañando cuando el coro había acabado y hasta el entonador había abandonado su puesto. Y siguíó sin parar hasta el día siguiente, como ajeno al paso del tiempo, sumido en un mundo profundamente musical, aunque el órgano ya no sonaba ni él mismo podía escuchar el ruido de sus dedos sobre las teclas. Sin duda, esta escena parece inspirada en la sordera de Beethoven, la cual también le jugó algunas malas pasadas, como la de seguir “dirigiendo” al término de uno de los tiempos (o al final de la obra) en el estreno de la Novena. Dicho sea de paso, hay quien traduce la palabra souffleur como “soplador” pero en castellano este último término se usa para los sopladores artesanos del vidrio, mientras que los que mueven el fuelle del órgano, antes de que hubiese motores para ello, eran llamados “entonadores”.
Durante meses no hubo música en la parroquia. El cura desafinaba y se bajaba de tono en el prefacio por la falta de acompañamiento. Se encontró en la sacristía un serpentón “antediluviano” para ese fin, pero no había un intérprete que solventase la papeleta. Lo del serpentón es interesante, pues fue en muchas circunstancias –en Francia desde el siglo XVI– instrumento acompañante del canto llano, Otros.sustitutos del órgano en esta función fueron (y aún son en algunos casos) el arpa, el armon«io, la tuba, la gaita de fuelle (cornamusa) o el bandoneón.
No es Eglisak el organista “nquietante” al que se alude en el título de estas líneas. Poco antes de Navidad ocurre un hecho que sorprende a los habitantes de Kalfermatt. De la iglesia parece llegar el sonido del órgano. Cuando algunos vecinos se acercan, se confirma la audición, que se interrumpe sobre un acorde “de cuarta y sexta”. Suben a la tribuna y no hay nadie. Ya se había comprobado que no se trataba del retirado Eglisak, así que empieza a perfilarse la idea de que el organista era el diablo. Al día siguiente todo se aclara. Los dos extranjeros que aparecen en el pueblo son el misterioso organista y su entonador. La descripción de ambos personajes es fascinante. Del espigado organista se subraya su voz sumamente aguda y el tamaño y finura de las manos, capaces de abarcar una “octava y media”. Del grueso entonador, su barriga “en clave de fa”.
Durante el paseo tras el desayuno los dos extranjeros presentan una imagen un tanto estrafalaria. El organista camina golpeándose la nuca y comprobando, muy satisfecho, que da un La natural. El narrador, el niño Müller , los conduce hasta la casa del cura. El organista da tres golpes de corchea y uno de negra –escribe Verne– con la aldaba de la puerta. Entendemos que es una nueva alusión beethoveniana, por aquello del destino que llama a la puerta, en referencia al arranque de la Quinta sinfonía. La cuarta nota no es en realidad una negra, sino una blanca con calderón, pero las aldabas no dan para tanto y tal vez Verne era consciente de ello.
El personaje –llamado Effarane– era en realidad un buen organero húngaro (también afinador y excelente organista) que ofrece al cura sus servicios para poner a punto el órgano y que está dispuesto a actuar como organista para la Navidad. Propone añadir un registro de voces infantiles de su invención. Creía que le daría mucha fama y que con él su nombre se uniría al de los grandes organeros, de los que enumera cerca de una veintena, que concluye con Cavaillé-Coll. El órgano de Kalfermatt era notable. Verne apunta que tenía veinticuatro juegos, cuatro teclados y pédalier de dos octavas. Los tubos más grandes eran de treinta y dos pies, cerca de diez metros. El niño seguía los arreglos, en cuanto le era posible, completamente asombrado y un punto inquieto. Había algo entre grandioso y terrorífico en aquellos tubos y mecanismos desarmados por el organero. Los estallidos de cólera de Effarane eran frecuentes y aterrorizaban al niño, que, sin embargo, no podía sustraerse a la magia que reinaba en aquella tribuna. Lo peor está a punto e suceder.
(Continu-ación y referencias el 1 de marzo)
Ilustración: Fragmento de una lámina de L´art du facteur d’orgues, de Bèdos de Celles. Gallica, BnF.