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miércoles, 1 de abril de 2026

Entonadores de órganos, cantos y almas,


Hasta ahora, 
El otro a ratos ha dado cabida a un buen número de entradas relacionadas con los simbolismos e imaginarios de ese formidable instrumento que es el órgano. Para ello nos hemos servido, esencial pero no exclusivamente, de la ficción literaria. Ya hubo ocasión en dichos comentarios de encontrarnos con algunos entonadores o entonadoras; o sea, con quienes se encargan de suministrar aire al órgano mediante los fuelles. Este es el caso de la hija de Maese Pérez (Bécquer) o el del ayudante de Effarane (El Sr. Re Sostenido.y la Srta. Mi Bemol, de J. Verne). Hoy pretendo escribir una modesta evocación de estos agentes de la vida musical que no solo han desaparecido de la práctica ordinaria de los organistas, sino que incluso su polisémico nombre ha llegado a carecer de sentido para la mayoría de la gente. 

I.

Los significados musicales del término entonador son principalmente dos. Por un lado, tenemos a quienes estaban encargados de dar el tono a los cantores a base de entonar ellos en solitario el comienzo de la melodía. En el Ordinario de la misa era habitual este procedimiento en el Kyrie, el Gloria y el Credo. Por esta razón, no es raro que en las partituras de misas polifónicas se escriba el, “Gloria in excelsis Deo” (primer verso del Gloria), por ejemplo, para una sola voz y en la notación propia del canto llano del momento. También hay noticias para procder de forma semejante en el parte del repertorio del oficio divino. Los libros de canto gregoriano solían incluir un asterisco para indicar dónde ha de entrar el coro tras escuchar la palabra o palabras que canta aquel que actúa como entonador. Un ejemplo literario, pero no por eso menos real, es el que proporciona José María de Pereda en su retrato de Silguero: 

 

Mozo presumido y seductor irresistible, bailarín consumado y, sobre todo, entonador de Kiries, Glorias y Credos en misa mayor; habilidad que constituye su mayor orgullo y le ha valido el honroso mote, mal pronunciado, de Jilguero, con que se le conoce” (Pereda, 1989, p.. 483)

Aún hoy en día las misas populares en latín o ciertas misas solemnes incluyen este tipo de entonaciones, que corren a cargo de “aquel a quien le toca”, como escribe F. Palatín (1990) en la definición de entonatorio, que es el libro que recoge estos comienzos de las piezas de los que se encarga el entonador. El cual también puede ser el oficiante, el chantre, el sochantre, etc., según usos y épocas. La práctica es muy variada y presenta matices en los que no es posible detenerse. En todo caso, es un significado musical que destaca la función de guiar al coro en la entonación correcta.

Existe un uso del término entonador que no cambia de significado resprcto a esta primera acepción, pero sí de contexto, pues ahora su empleo es de tipo simbólico. Ello sucede cuando se dice, por ejemplo, que Cristo es el entonador que nos entonna con su ejemplo hasta hacernos partícipes de la gloria eterna. Para un místico como Rusbroch (s. XIV), Cristo será el chantre y el “entonador de los coros celestiales (Rusbroch,1909, p. 95).

 

II.

El segundo significado relevante del término entonador es el que sitúa a estos operarios al mando de los fuelles que alimentaban antiguamente los órganos. Las actas de los centros religiosos, los libros de fábrica, los directorios y estatutos de coro o los protocolos notariales son algunas de las fuentes donde se hallan referencias acerca de los entonadores. En unas actas de 1526 del cabildo de la catedral de Canarias se recogen unas reglas para la aplicación de las multas a algunos de los diversos agentes que participan en la liturgia:

al pertiguero por Multas de cada falta medio real, y si faltare toda la hora un ministros real; al organista, otro tanto; al entonador, medio real; al campanero, un real. (Viera, 2007 p. 52).

 

Por poner otro ejemplo, existe un documento notarial de Toledo (1621), que establece lo que se ha de tener en cuenta para cuando fallezca determinado personaje. Serían unas honras fúnebres muy cuidadas a las que se dedicarían cuarenta y nueve reales. El organista cobrará un real y medio;, el entonador, medio real (Anónimo, 1621, Maroto 1998); es decir, tres veces menos que el organista, justo lo mismo que cada uno de los cuatro muchachos que están a su servicio y al de la capilla. No por tratarse de subalternos, estos pagos al entonador y a los mozos dejan de ser significativos. Todo apunta a que los entonadores están bastante invisibilizados en la historia de la música y que sus emolumentos no ayudan a pensar lo contrario. Incluso hay algún entonador pluiempleado, como Francisco Caso, entonador y barrendero en la Real Capilla (s. XVIII), según recoge José Martínez Millán (2018). No se olvide, por otra parte, el detalle de que esos cuatro chicos sugieren seguramente la existencia de varios fuelles o de fuelles grandes y complejos que se movían incluso con los pies, como se ve en algunos antiguos grabados. Recuérdese que los fuelles podían insuflar directamente el aire al órgano o, en modelos más evolucionados, hacerlo indirectamente a través de un fuelle grande de reserva, ventajoso para el control de la presión.

 

III.

Un sugerente artículo de Guillermo Díez sobre la figura del entonador, publicado en El Diario de Burgos, menciona un ramillete de sinónimos o palabras afines de la voz que estamos comentando. Son estospalanquero, alzafuelles, follero, fuellero, follador, manchador, manxador (Cataluña), manillador, munitor” (Díez (2021). Quedé muy sorprendido e interesado. Es necesario constatar que, a su vez, el Diccionario de la Lengua Española desconoce la nayoría de tales términos en su condición de sinónimos o palabras afines de entonador. Pero ¿son todas estas palabras intercambiables sin que se modifique el sentido de la frase? Naturalmente, se entiende que el autor ha recogido este uso de sus fuentes orales, a partir de los testimonios de organeros y organistas. Los diccionarios de la lengua, por lo demás, no son la últoma palabra en cuanto al léxico técnico de las diversas disciplinas. Procedemos a comentar escuetamente algunas de las citadas voces.

-Palanquero. Lo primero en lo que uno piensa es en el ladrón que fuerza cierres con una palanca, pero el Diccionario de la Lengua Española también define palanquero, en su tercera acepción, como el “operario que movía el fuelle en las ferrerías”. En puridad, no es un sinónimo de entonador, por cuanto que se trata de oficios muy distintos, con solo el uso de fuelles como elemento en común.  

Follador. El vocablo follador deriva del latín follis (fuelle) remite hoy al que copula, acaso con particular frecuencia. Sin embargo, el diccionario académico alude al “operario que afuella en una fragua”. Hay fuelles, pero no música. De modo que, según los criterios de la RAE, follador es sinónimo de palanquero, pero no de entonador.

Follero. “Fabricante o vendedor de fuelles”, según el DLE. De nuevo no creemos que se pueda usar (al menos no de manera totalmente correcta) como sinónimo de entonador, por tratarse de una actividad muy distinta de la del que se encarga del aire de los órganos.

Manchador. Nombra expresamente a quien “mueve los fuelles del órgano” (DLE), por lo que estamos ante un auténtico sinónimo de entonador. Sin embargo, el término catalán manxador aparece en algunos diccionarios con un sigmificado polivalente: Persona que fa anar la manxa d’unorgue, d’una ferreria, etc.”  O sea. la persona que mueve el fuelle de un órgano, de una herrería, etc. (Diccionari.cat)..

Los siguientes versos de El Cortesano (1561), de Luis Milán, ofrecen un conjunto de sutiles alusiones a la música, órgano y  manchador incluidos, en el contexto de un capítulo sobre las desdichas y los gozos del amor.

Dixo don Luis Milán:

Órganos hacen de mí,

Que mis flautas han tañido

Como les ha parecido.

No faltó buen manchador,

Que’s el Duque, mi señor.

Pues ha dado tan buen aire,

Que mtañió don Donaire (Milán, 1874, p. 302).

La conclusión es que este asunto de los entonadores de órgano merecería más investigaciones específicas, ahora que ya hay muchas fuentes documentales publicadas. En ellas se tratarían los dos significados musicales comentados, así como todos los términos que a ellos se refieren, con mayor o menos presencia en unas u otras zonas de España o en unos u otros tipos de fuentes. Solo así sabríamos un poco más de estos esfoezados actores de la vida musical eclesiástica. 


Ilustración

Fuelles y entonadores de órgano (detalle). Praetorius: Syntagma musicum, 2 (Wolfenbüttel, 1619), Web:

https://www.google.es/url?sa=t&source=web&rct=j&opi=89978449&url=https://archive.org/details/imslp-musicum-praetorius-michael&ved=2ahUKEwjKmKTizYmLAxX0BNsEHYmeGy0QFnoECBYQAQ&usg=AOvVaw0O4I4ehR_ZFrIlyTt2fTUX

 

Referencias

Anónimo. Carta de fundación de Antonio de Vegas, capellán de la iglesia de San Andrés (1621). En Mariano Maroto, 10 Documentos notarialesToledo, 1998. REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Banco de datos (CORDE) [en línea]. Corpus diacrónico deespañol.<http://www.raDiccionari cathttps://www.diccionari.cat/

Diccionari.cat: https://www.google.es/url?sa=t&source=web&rct=j&opi=89978449&url=https://www.diccionari.cat/GDLC/manxador&ved=2ahUKEwi71bH5p8WTAxW0h_0HHYf5DKkQFnoECBgQAQ&usg=AOvVaw0L_Yw3eemxAi-gln_yBuGz

Díez, Guillermo: “El entonador”. Diario de Burgos, 18-III-2021.

DLE. Diccionario de la Lengua Española. RAE, 23ª edición (en línea) actualizada en diciembre de 2025: https://dle.rae.es/

Martínez Millán, José: La música en la Capilla Real durante el siglo XVIII. Juan Aranda Doncel (coord.),  Las capillas de música en el barroco. Madrid: Instituto Universitario La Corte en Europa. Córdoba: Ateneo de Música Sacra «Villa Cervantina» de Castro del Río, 2018, pp. 13-70

Milán, Luis. Libro intitulado El Cortesano. Madrid, Aribau y Cª. 1874.

Palatín, Fernando: Diccionario de música (Sevilla, 1812) . Edición y estudio preliminar de Ángel Medina. Oviedo, Publicaciones de la Universidad de Oviedo, Ethos Música, Serie Académica nº 3, 1990.

Pereda, José María de: Tipos y paisajes. Salvador García Castañeda, Santander, Ediciones Tantí1989.

Rusbroch, Jean: Sept degrés de l´amour. París, Ed. Chamonal, 1909. Permalien : http://numelyo.bm-lyon.fr/BML:BML_00GOO0100137001200210925

Viera y Clavijo, José de. Extractos de las actas del Cabildo de la Catedral de Canarias (1514-1791)Transcripción, estudio e índice por Esteban Alemán Ruiz y Alexis Brito GonzálezGran Canaria, Real. Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria, 2007.

 


 

 




sábado, 1 de febrero de 2025

La plaga de las malas traducciones de términos musicales

 


Desde que, a mediados de los ochenta, tuve una experiencia profesional como traductor, no he dejado de leer cualquier texto traducido (de música u otros) con una mezcla de admiración y desconfianza. Admiración porque conozco la enorme dificultad de este oficio. Desconfianza, porque me he encontrado con demasiadas traducciones erróneas o mejorables. Resulta evidente que cuando un libro acumula muchosfallos en la traducción de los tecnicismos musicales, es porque el traductor no conoce suficientemente bien el lenguaje de esta disciplina, aunque posea un notable dominio de la lengua de origen del texto que ha traducido. Existe además el escollo de los términos antiguos, hoy en desuso y ajenos a la formación ordinaria de los músicos. En esta ocasión espigo para El otro a ratos unos pocos ejemplos, a modo de mínima muestra de un posible trabajo de mayor envergadura sobre el tema.

 

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Aulós y tibia

Si vamos al mundo antiguo, creo que una palabra griega un tanto problemática es ‘aulós’. Lo digo porque en muchas ocasiones la vemos traducida como ‘flauta’ o también como ‘flauta doble’. Ahora bien, las flautas son una tipología de aerófonos en los que el aire llega a un bisel, bien directamente, como en las flautas traveseras, bien a través de un conducto, como en las flautas de pico. Sin embargo, el aulós es generalmente un aerófono de doble lengüeta, del ámbito de los oboes. Su sonido era muy distinto, penetrante y chillón según antiguas descripciones, hasta el punto de arrostrar un estigma dionisíaco por su uso en celebraciones relacionadas con los dioses de la tierra. No faltan quienes, conociendo esta sustancial diferencia organológica, lo llaman ‘doble oboe’. Es correcto, pero puede desorientar un tanto, pues el oboe es hoy día un instrumento evolucionado y de amable sonido. 

Un buen número de traductores se limita a aprovechar el término original y lo llaman directamente ‘aulós’. Y algunos pocos lo castellanizan como ‘auló’, aunque con escasa fortuna y sin reconocimiento de la RAE. Yo me quedo con ‘aulós’, lo mismo que prefiero ‘diapente’, ‘proslambanómenos’ o ‘mese’ a su significado de ‘quinta’, ‘nota añadida’, ‘media’, respectivamente. Los prefiero, naturalmente, solo para hablar de la teoría griega, como se ve en muchas aportaciones de la tratadística musical hasta el siglo XVIII.

Cabe añadir que la ‘tibia’ es el nombre latino del aulós, por lo que tenemos la misma casuística y resulta aconsejable dejarlo tal cual en castellano: tibia. La tercera acepción del diccionario académico define este término simplemente como ‘flauta’, lo que implica dos cosas: una, que ‘tibia’ se puede usar en español con sentido de instrumento; y dos, que la confusión está extendida hasta en las más altas instituciones. Es como si en el Diccionario de la Lengua Española se nos dijese que la sardina es un pez perteneciente al suborden de los escualos, en lugar de clasificarlo como teleósteo y fisóstomo. O sea, que una sardina no es un tiburón, del mismo modo que un aulós o una tibia no son flautas. Y si en el citado diccionario se tienen en cuenta las taxonomías de plantas o animales, no se explica que las ya antiguas clasificaciones de instrumentos –las cuales parten de la misma mentalidad científica de las otras– no sean consideradas a la hora de redactar la definición. Y eso que el sistema Hornbostel-Sachs,se usa desde hace más de un siglo y, además, no es el único. Matizo que el Diccionario histórico de la Lengua Española recoge esta palabra en documentos que arrancan del siglo XV, También define a la tibia como instrumento de doble lengüeta, lo que resulta mucho más apropiado que la escueta equivalencia entre tibia y flauta del diccionario ordinario.

 

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Entonador del órgano

Estos días  me encontré con el término «soplador»  referido a la persona que antiguamente se encarga de los fuelles del órgano. Compruebo que la palabra francesa es ‘souffleur’. Por tanto, era un ‘entonador’, según el uso secular de este término en castellano. Las actas catedralicias abundan en referencias a los entonadores como encargados de los fuelles y miembros imprescindibles en la vida de las capillas de música antes de que hubiese motores eléctricos para la provisión del aire del que se alimentan los órganos. Menos inadecuado resulta que se emplee ’soplador’ para referirse al fuelle. 

La ilustración procede del Syntagma musicum, de Praetorius (s. XVII). Muestra a dos entonadores activando los fuelles con los pies, aunque había otros procedimientos que se operaban con las manos. En el Manual del organista, de Hugo Riemann, se describe alguno muy curioso.

Volviendo a la traducción, se añade el problema de que la voz ‘soplador” no solo es inadecuada por lo dicho, sino también porque alude en nuestra lengua al que sopla por un largo tubo en la fabricación artesana de objetos de vidrio. Puede que haya habido un feo descuido, pero vale para poner de relieve la dificultad del arte de la traducción de léxicos especializados. También sirve de disculpa para recordar a estos agentes, hoy olvidados, pero antaño fundamentales para que los órganos irradiasen su sonora majestad.

 

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Barras, medias notas y otras lindezas

Hace muchos años compré y leí una serie de libros dedicados a los géneros musicales (sinfonías, conciertos…). Aquí la situación pasaba de castaño oscuro, porque se decían cosas como ‘en la cuarta barra’, cuando lo correcto sería traducir ‘bar’ como ‘compás. Por cierto, he comprobado que actualmente, con mucho más peso del inglés entre los jóvenes, nadie se corta y aparecen barras en las rimas de los raperos, en los comentarios de YouTube y hasta en la sopa. Pero esto no tiene que ver con los problemas de traducción, sino con la etapa embrionaria de un posible anglicismo.

En dicha colección, para colmo de males, se nombraban las figuras de la música con la traducción literal de las denominaciones en inglés americano: media nota, cuarto de nota, octavo de nota, etc. (blanca, negra, corchea, etc.). Había párrafos incomprensibles. Acredité que varios de estos libros habían sido vertidos al español por el mismo traductor en un tiempo récord. Cabe deducir que el oficio de traductor está mal pagado, salvo en contadas excepciones de autores, obras y traductores. Ello da lugar a que sea necesario trabajar en modo Stajánov y producir rápida e incesantemente. Como consecuencia, los resultados pueden no ser los deseables. También he visto en otros textos la expresión ‘punto de órgano’, calco del francés ‘point d´orgue’. Ahora bien, las cartillas de solfeo más elementales no hablan de ‘punto de órgano’, sino de ‘calderón’.

 

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Tritono y tritón

Como último ejemplo, recordemos el caso de cierta traducción de El sobrino de Rameau, de Diderot. En lugar de ‘tritono’ (intervalo de tres tonos) nos encontramos cara a cara con un ‘tritón’: es decir, con un «anfibio urodelo», según precisa la RAE. O bien, en otra acepción, con un ser mitológico cuya mitad superior del cuerpo es humana, en tanto que la mitad inferior es de pez. Entre Fa y Si hay un tritono, calificado antiguamente como el diablo en la música. No contentos con la fuerte personalidad de este intervalo, algunos lo adornan con anfibios o seres mitológicos. ¡Que le vamos a hacer! No todo acaba aquí, pues en la misma edición se habla de «fragmentos inarmónicos», lo que sugiere que no son armónicos, cuando en verdad habría que utilizar la palabra ‘enarmónicos’ (‘enharmoniques’ en el original), de milenaria tradición en la teoría musical, aunque no siempre con el mismo significado.

Una cosa más. En estas líneas se mencionan diversos casos y algunas obras, pero no se alude a ningún traductor, por aquello de que se dice el pecado, pero no el pecador. Y también porque no pocos errores son comunes a diversos traductores de la misma obra y no es plan de citar a unos y olvidar a otros.

 

Ilustración

Fuelles y entonadores de órgano (detalle). Praetorius: Syntagma musicum, 2 (Wolfenbüttel, 1619), Web:

https://www.google.es/url?sa=t&source=web&rct=j&opi=89978449&url=https://archive.org/details/imslp-musicum-praetorius-michael&ved=2ahUKEwjKmKTizYmLAxX0BNsEHYmeGy0QFnoECBYQAQ&usg=AOvVaw0O4I4ehR_ZFrIlyTt2fTUX