domingo, 1 de noviembre de 2026


 Stefan Zweig (Foto de la Fundación Erich Fitz Bauer)

                                                                                            “De lo felices
                                                                                              que en otro tiempo
                                                                                              fuimos”.
                                                                                                   
                                                                                Johann Wolfgang Goethe

 

 

Firma invitada, autor del artículo: Luis Bodelón

Reconocerse en la vida es reconocerse en sus signos, miradas y caracteres que nos van retratando un cuadro que, siempre más hacia adentro, termina por aclararnos que no es él quien cambia, sino nosotros, los muy pequeños, para quienes él se levantó una vez, mientras nos íbamos demorando en huellas que nos enseñaron a ver y a vivir en ruta, cuando la perspectiva es grande.

Los momentos se pronuncian, callan, se aquietan... Hay la historia y hay los días, y una ciudad: Viena. Ella parece soñar aún con los pasos de sus hombres y recuerda que sin ellos ya no sería la misma, hija y sin fin de la música. Pero es tarde. El kavalier ha visto con nostalgia cómo se ha demolido la muralla y el propio Francisco José, descendiente de la casi milenaria Habsburgo, la monarquía más vieja de Europa, no puede oponerse al ritmo de los cambios. Ha prohibido edificios nuevos en la ciudad y la existencia de ascensores en los castillos imperiales. Pero no puede evitar que haya automóviles y que todo parezca más veloz que en el pasado. Sin duda existe cierta incomprensión por su parte, pero no importa, las tierras del Danubio son tan grandes como antes y florecen con la misma primavera que hacía escribir a otro emperador, a Marco Aurelio, pensamientos tan acertados como: “El Universo es el Estado más antiguo y el mejor legislador”, en la ribera derecha del Danubio, en la Panonia, hacia el año 170, tras de Cristo.

Y Marco Aurelio, que supo ser rey y sabio porque antes que rey fue filósofo, seguramente no se habría desconcertado si al acudir a Vindonoba, esa pequeña castrum que defendía la frontera de la luz que, aunque con mil sombras, proyectaba Roma frente a los hombres rubios, no se habría desconcertado si la hubiera visto cambiar y transformarse de repente en Viena. No. ¿Por qué iba a a hacerlo? Él amaba la música. Y la literatura, la filosofía, el arte, no eran allí desconocidos.

Uno podía pasear por la Mölkerbastei, donde vivió Beethoven, o por la Votivkirche, donde viviera Schubert, y conversar, con esos recuerdos favorables, de lo que había significado la última dirección de Mahler o aquella conferencia de Rainer María Rilke sobre Rodin, el 13 de Noviembre de 1907:

“La sala permaneció iluminada; así pude observar las impresiones personales de los asistentes; había rostros en los que yo constataba, con alegría, la animación, el despertar de la acción interior. Había mujeres dulces y bellas; había toda una juventud. Al final sólo fue un silencio, uno solo y vibrante, tal como una campana que acabase de tocar...”.

Y las campanas sonaban. En los Gymnasium son muchos los jóvenes qe copian poemas en los márgenes del libro de latín y que anotan sentencias, con entusiasmo, enseñándose unos a otros los primeros, y los segundos, y los terceros poemas, aprendiendo juntos.

Tiempos en los que Stefan George escribe: “... ríen flor y juventud y el canto es entonado”, o  tiempos en los que Sigmund Freud escribe a Lou Andreas Salomé: “Usted tiene ahora probablemente dos fotos mías y yo ninguna de usted. ¿Le parece a usted esto justo? Por supuesto, el remedio no consiste, a mi entender, en que usted me devuelva una de las dos”, o, más aún, tiempos en los que Norbert Hellingrath redescubre a Hölderlin y versos como: “Nunca comprendí las palabras de los hombres. Me hice grande en brazos de los dioses.” 

Es en este mundo de luz en el que creció Stefan Zweig. Su obra apunta hacia la voz del sol, es cierta, bella y, sobre todo, mantiene siempre, por encima de los colores, como valor más alto, el de la dignidad, la ética y la verdad humana. 

Como Vigny, él ama la majestad del sufrimiento humano en la medida en que se convierte en superación de sí mismo y en creador de alegría. Ahí ya no hay condición, sino dignidad. Y de la dignidad a lo sereno solamente hay un paso, un paso que, sin embargo, una época ciega, la que siguió, iba a tender a romper.

Sus personajes se debaten a menudo entre esos dos polos: la superación y la condición. Confusión de sentimientos, Miedo, Amok, Carta de una desconocida, La piedad peligrosa, Venticuatro horas en la vida de una mujer, trazan siempre existencias en las que como en el fatum griego, el personaje no puede hacer otra cosa que lo que hace, por encima suyo, y, sin embargo, manteniendo siempre un sentido interior de grandeza, un saber qué es lo cierto, que es suficiente para deshacer la mirada equívoca de las acciones y mostrar que, no obstante lo trágico, en la mudez se vence.

Lo mismo ocurre en sus biografías. María Estuardo, María Antonieta, son dos  mujeres que a la vez son reinas y es en la balanza entre el peso específicamente humano y la situación histórica donde se nos descubrirá el carácter. En estos dos casos, como en Fouché, toda acción interior se resuelve en suceso, toda reflexión en acto. Se diría que lo personal no puede hacer otra cosa que acceder a ese alrededor de sí mismo porque lo individual ha sido puesto, indefectiblemente, en el lado de lo social y, en este caso, en un tiempo tan violento que lo salvaje toma carta de justicia y hace morir a dos mujeres, sólo porque se las llamaba reinas, bajo una misma palabra: Decapitación.

Algo que tiñe irremediablemnete de inocencia a la víctima y de culpabilidad al juez, porque, ¿cómo levantar en juicio lo que no es, en sustancia, humano, lo que sólo puede llamarse, con paciencia, ignorancia, porque una palabra más grave heriría el aire y que parece recordar a una especie anfibia, inhumana, que, entre lo animal y el hombre, parece recorrer –parece– el azul del mundo?

Pero también hay montañas, pasos que se pueblan en soledad y olas que se escuchan sólo en lugares lejos, cuando la brevedad es misterio y el silencio alzar. Entonces, ya, estamos fuera de cualquier época. Lo personal se olvida y se parece al mundo o, por el contrario, no queda libre y vaga entre sí y su época en un azorado exilio entre el ideal y el viento. 

Nos encontramos ahora con vidas que han crecido en una especie de tierra de nadie, lejos de los límites de la aldea, interiores que se han probado en su distancia y que no han dudado en avanzar, porque, precisamente, en ellos no se daba otra posibilidad que la que tiende a explorar y a plantar las raíces con más profundidad que antes y en una tierra que no podía ser la misma que la de la aldea porque en ella era extraño ese modo de sentir, o de querer, o hacer... Por qué nuevas tierras, por qué nuevas plantas? ¿No tenemos ya, con suficiencia,  trigo y leche y casa y comida para vivir? ¿Pero quiénes sois vosotros, aventureros, no os dais cuenta de que ya es suficiente, de que ya es suficiente, con lo que hay? Pero no. No es suficiente. Desde siempre no ha sido suficiente y esa “insuficiencia” ha sido la que ha hecho avanzar lo humano y la que nos da la distancia de su grandeza, ese “ser en sobrepasar de sí”.

Pero, ¿qué ocurre..., qué acentos son esos, por qué esos plantadores, esos sembradores, se pierden de repente y no encuentran sus pasos o, incluso, quienes los conocen ya no los conocen? ¿Qué horizonte han visto que han quedado mudos, ellos, que tanto lo conocen y que en él tanto han crecido? ¿No es como si lo humano no pudiera más, como si se rebasara el vaso que puede en una mano y, todo fuera ya, agua, para el agua de donde se comenzó a beber? Kleist. Nietzsche. Hölderlin. Ya todo es lejano. El hombre olvida ahí su parte de tragedia y se vuelve a la leyenda. Fuente de Diana. Gnosis, ¿quién te ha contemplado...? ¿No es como si la tierra necesitara de sí esos signos para reconocer su estirpe? Y ellos, que nos dejaron signos, ¿no son ellos los mensajeros de una latitud sin bordes? Como el halcón, que antes de describirse se convirtió en misterio.

Haz de llamadas. Así son los mensajes de Zweig. Se escuchan resonar desde cerca las voces del corazón y uno no puede dejar de incorporarse al canto. Balzac, Sthendal, Dickens, Dostoievsky, Rolland, Freud... ¿Cómo no sentirse asustado ante la ingente obra de documentación y búsqueda que él llevaría a cabo. Y los museos, archivos, bibliotecas y casas privadas consultadas no significan nada si estimamos la actividad interior que significa mantener, desde los 19 años, fecha en que Stefan Zweig publica sus primeros poemas, hasta 1940, época en que escribirá su Brasil, país del futuro, esa necesaria vibración que nos da el tono creativo y su concrección en obras no obstante el desconcierto de que se rodeará aquel tiempo.

Hay cuatro décadas, cuarenta años, que expresan una trayectoria vital que no deja de sostenerse y de impulsarse. En su lugar de trabajo, en Salzburgo, le visitarán James Joyce, Thomas Mann, Wassermann, Wells, Valéry, George Brandes, Emil Ludwig, Hofmannsthal, Bruno Walter, Alban Berg, Bartok, Richard Strauss, Toscanini... Sus libros alcanzarán tiradas inusuales, Amok y Carta de una desconocida serán llevados a la pantalla. Momentos estelares de la Humanidad se leerá en los colegios y alcanzará al poco tiempo, en la “Colección Isla”, los doscientos cincuenta mil ejemplares. Y es en esta época del primer cuarto de siglo cuando la estadística de la Cooperación Intelectual de la Liga de las Naciones lo sitúa como el autor más traducido del mundo.

Y, “así, trabajando y viajando, leyendo y aprendiendo, disfrutando del placer del coleccionismo pasaron para mí los años... Poseía una hoja del libro de trabajo de Leonardo, una versión primitiva de El Origen de la Tragedia, de Nietzsche, que él, mucho antes de su publicación, escribió para su amada Cósima Wagner; una cantata de Bach y el aria de Alcestes, de Gluck; otra aria de Haendel, cuyos manuscritos musicales son los más raros de todos... En algunos casos conseguí incluso reconstituir el proceso total de la vida de una individualidad creadora. Así, poseía una página de Mozart con los torpes rasgos del niño de once años, y también como muestra de su arte de la canción, la inmortal “Violeta”, sobre el poema de Goethe. De su música bailable, los minuetos que parafraseaban el “Non piu andrai”, de Fígaro; y también de Fígaro, el aria del Querubín. Además, las cartas cautivadoramente inmorales (nunca publicadas íntegramente) dirigidas a una prima; un canon escabroso, y, por último, una hoja que había escrito poco antes de su muerte: un aria de Tito. No estaba menos redondeado el arco de la vida de Goethe: la primera página era una traducción de latín que hizo a los nueve años; la última, un poema escrito a los ochenta y dos, poco antes de su muerte; y  entre ambas, una enorme hoja perteneciente a la obra cumbre de su creación, un folio del Fausto; un manuscrito de su producción sobre ciencias naturales, numerosas poesías y algunos dibujos de las más diversas épocas de su vida. En aquellas quince láminas se abarcaba toda la vida de Goethe... Mi propósito, bien meditado, era legar aquella colección sin par a un instituto que se aviniera a cumplir la condición de destinar anualmente una suma determinada para seguir completando la colección tal como yo lo hacía...”. (Die Welt von Gestern, Stefan Zweig, El mundo de ayer,  Juventud, Barcelona, 1968). 

Mundo de continuidad, mundo de hechos... Europa, no obstante, vacila en el espejo del agua. Hay naves aún, hay confianza, ¿pero qué son esos ademanes que nada dicen de altura? ¿Qué significa esa sed? ¿Qué esas redes de miedo y qué esas miradas cerradas? ¿No apunta la historia un naufragio...?

Pero habrá aún el agua. Pasada la tormenta serán muchos los que inicien, si no con ilusión, sí con fortaleza, la nueva ciudad de madera en la ribera del mar. Tan débil como antes, sí, pero también con aquella esperanza que hizo trabajar, con su deseo, a tantos seres humanos en la realidad de un mundo.

Cuando se llega a la orilla acuden a los labios nombres que la tormenta tocó. Uno de ellos sería el de Stefan Zweig. Su humanismo sobrevivió a su muerte, una muerte que él y su esposa encontrarían, por elección propia, un 23 de Febrero de 1942. ¿Por elección propia? ¿No sería aquella elección una elección por la Vida? ¿Por una Vida que amaban tanto como para morir por ella?

Tierra, que siempre sean tus huellas tan ligeras.




Luis Bodelón. 
 Octubre. Noviembre.
1983.

jueves, 1 de octubre de 2026



Sor Ángeles Álvarez Prendes “
ha entregado su vida en las manos del Padre a los 94 años de edad y 78 de vida monástica”. Con estas palabras, que tanto dicen, arrancaba la esquela que la comunidad benedictina de San Pelayo de Oviedo difundió tras el fallecimiento de la monja el pasado 31 de agosto. He sentido profundamente su muerte. Emanaba de ella un halo de santidad y de natural bondad que, junto a sus sobresalientes dotes musicales, iluminaron el día a día de su comunidad durante casi ocho décadas con luz inextinguible.

La conocí en febrero de 1984 como alumno del Primer curso de canto gregoriano, curso al que seguirían otros muchos con diversas temáticas en las décadas de los 80 y 90. En estos cursos –y conferencias– hubo profesores de la talla de Javier Lara, Jean Jeanneteau, Daniel Saulnier, Ismael Fernández de la Cuesta o José López-Calo, entre otros; y, por supuesto, sor Ángeles. Era única enseñando los cantos gregorianos a personas de dispar formación en este ámbito. También comentaba audiciones con singular acierto. Y cuando tenía que impartir una sesión de teoría, preparaba previamente un esquema que copiaba (o casi dibujaba) en la pizarra del salón de actos y, luego, provista de un puntero de madera, iba desarrollando el esquema con total claridad. Escribí en diversas ocasiones sobre ella y el coro del monasterio (en Vivir Oviedo, en La Nueva España, en notas al programa y también en el Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana), de modo que sor Ángeles ya conoció en vida el aprecio y respeto que le tuve y le tengo. 

Nacida en Oviedo el 29 de enero de 1932, sor Ángeles tuvo temprana vocación religiosa y musical. Ingresó en el Monasterio de San Pelayo en 1948 y pasó prácticamente de inmediato a ejercer como Directora del Coro. De hecho, su bagaje musical –en construcción por entonces–, fue su dote para el ingreso en el monasterio. Su personalidad inquieta la llevó a seguir profundizando en su formación musical. Tras un paréntesis de varios años, retoma los estudios de piano en el Conservatorio de Oviedo, obteniendo su titulo en 1965. Prácticamente al mismo tiempo (1961-1964) se tituló en Órgano bajo la dirección de la eminente profesora y concertista catalana Montserrat Torrent, centenaria (y en activo) en la fecha en que escribo estas líneas. No contenta con todo esto, aborda el estudio del violín, finalizando esta nueva especialidad en Oviedo (1975), habiendo sido su profesor Prudencio Álvarez Morán. Estamos hablando, por tanto, de una educación musical esmerada y muy completa.

A sor Ángeles le tocó vivir los momentos de cambio litúrgico debidos a las directrices del concilio Vaticano II. Su gusto por el canto gregoriano no le impidió adquirir una clara comprensión de las reformas y supo colaborar en esta puesta al día de la Iglesia, viajando a diversos monasterios a fin de explicar la manera de realizar una liturgia digna, acorde con las nuevas normas (participación plena de la asamblea y uso de las lenguas vernáculas, por ejemplo) y sin concesiones al mal gusto. O bien ofreciendo seminarios en su propia casa sobre estas mismas cuestiones, a los que acudían hermanas de toda España. 

Me contó sor Ángeles que en cierta ocasión un periodista se quedó muy sorprendido al saber que solo ensayaban un cuarto de hora al día. Cierto, puede parecer poco, pero si se hace durante décadas el resultado es que el canto se integra en la vida de las monjas con absoluta naturalidad. Mas no es suficiente un alto grado de espiritualidad para el buen discurrir de las oraciones en el plano musical. Hace falta también una mano rectora, una dirección que haga a la comunidad progresar en la correcta interpretación del canto eclesiástico. Esa guía corrió a cargo de sor Ángeles. 

A la fallecida directora, compositora y organista, y al propio coro no le faltaron diversos reconocimientos. Sor Ángeles recibió distinciones como el Premio de Órgano “Andrés Segovia-José Miguel Morales”, la Medalla de oro de la Escolanía san Salvador o, ya con el coro, el Premio “Bravo” de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social por uno de sus discos de canto gregoriano. Algunos de sus siete registros fonográficos  obtuvieron discos de oro y de platino. Otro cedé estuvo consagrado al rito mozárabe. Nos complace recordar también los dos discos titulados Cítara ( Salmos y Cítara / Lira, respectivamente). El primero contiene  composiciones de sor Ángeles y piezas de cítara interpretadas por sor María Covadonga Querol de Bascarán, su gran compañera de labores musicales e introductora de este cordófono en el monasterio, que ya desde hace años se viene encargando de mantener viva esa mezcla de solemnidad y cercanía que es toda una seña de identidad de las monjas “pelayas” como cariñosamente se las conoce en Oviedo. En el segundo disco tenemos a sor Ángeles a cargo de la lira y a sor María Covadonga como citarista.

Podría extenderme en otras muchas consideraciones y recuerdos, pero no quiero fatigar a los lectores y lectoras. Dejo constancia, eso sí, del agradecimiento y admiración que siempre sentí hacia sor Ángeles. Agradecimiento, porque –además de lo mucho que aprendí de ella– su presencia y su recuerdo le hacen a uno ser mejor o, al menos, intentarlo; y admiración, por lo bien que sabía expresar el sentido profundo de las oraciones que cantaba y dirigía a sus compañeras de clausura.

Que mi más sentido pésame llegue, desde la esperanza, a toda la comunidad. 

 

Referencia

Ángel Medina: “Álvarez Prendes, sor Ángeles”. Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana. Vol. 1. Madrid, 1999 SGAE, Coord. E. Casares. 

 Ilustración

Foto de Ángel Medina (2025)

 

martes, 1 de septiembre de 2026


 


Los instrumentos musicales son objetos hermosos y muchas veces de notable valor. Por tanto, no es extraño que sus usuarios se encariñen con ellos, los protejan guardándolos en estuches adecuados y les tomen un apego que despierta una serie de reacciones, como la preocupación por su cuidado mediante una escrupulosa limpieza tras su uso. Porque ¿qué violinista es capaz de dejar que la resina que se desprende del arco al pasarlo por las cuerdas acabe restando regularidad a estas y tapizando la madera de la tapa del violín a modo de insufrible y pegajosa caspa? ¿Qué intérprete de ciertos instrumentos de viento se olvida de drenar la saliva y el vapor acumulados en su interior?

Además de los cuidados, también observamos la propia humanización de los instrumentos basada en sus respectivas propiedades sonoras. No es ningún secreto que el violonchelo brilla como rey en este punto. Se habla de su voz cuando se pretende exaltar la humanidad de su sonido y se analiza su ámbito sonoro asociándolo a las propias tesituras de las voces humanas. El escritor mexicano Arturo Azuela aludió, en El tamaño del infierno, a “la dicción profunda del violonchelo”. Y es ya un tópico que la posición que se adopta para tocar el violonchelo implica todo un abrazo a su alrededor, tanto de manos como de rodillas. Esta postura ha despertado la imaginación erótica en variados relatos. La escena del violonchelo de Susan Sarandon y Jack Nicholson en Las brujas de Eastwick es de obligada cita a este respecto. Y en la prestigiosa serie danesa L´Orchestre (Filmin) por poner un ejemplo que he visto recientemente, el protagonista –tan suelto de lengua como excelente al clarinete– pregunta a una chelista ucraniana si ensaya desnuda en su casa. El debate queda servido en dicha ficción televisiva, pero también afianza la imagen humanizada del violonchelo, visto como un cuerpo amado o amante. 

Por otra parte, la conocida como musicología corporal se interesa, entre otras cosas, por las reacciones del intérprete ante las distintas prácticas performativas, que varían según estilos, épocas y repertorios; y con el violonchelo hay mucho jugo que sacar a la cuestión. En realidad, cualquier interpretación musical posee un lado gestual, a veces intencionadamente potenciado por el compositor. De todos modos, lo cierto es que de los instrumentos más usuales en cada entorno es posible extraer historias de querencias que bordean lo sublime y que están llenas de amor, la más grande de las pasiones humanas. 

 

***

 

 

 

Las relaciones de los instrumentos con el resto del reino animal son todavía más ricas y variadas que las concernientes a lo propiamente humano y se pueden ordenar en varios frentes. Por un lado está el hecho innegable de que abundan los instrumentos para cuya construcción se requieren tripas, huesos, caparazones, cuernos, pieles o pelos de animales; animales muertos, sí, pero que trascienden su existencia a través de sus nuevas funciones sonoras. Ahí están, respectivamente, ciertas cuerdas, las flautas de hueso, el charango (con su caja fabricada antiguamente con el caparazón del armadillo, hoy en día en peligro de extinción), los cuernos de caza, los parches de tambores y panderos o las cerdas de la cola del caballo para los arcos de determinados cordófonos, entre otros.

Los animales forman asimismo parte del tema o argumento de muchísimas creaciones musicales. El Carnaval de los animales, de Saint-Saëns, podría ser un ejemplo, advirtiendo que, además de evocaciones a distintos animales –el canguro, el elefante, las gallinas...–, se incluyen en la suite parodias de ciertos colectivos musicales, todo ello en medio de numerosos juegos intertextuales. 

Un buen número de composiciones –la Pastoral de Beethoven podría servir de muestra– solicitan la imitación de los cantos de los cuclillos, los ruiseñores, las perdices o las oropéndolas, entre otras especies de pájaros, a instrumentos como la flauta o el oboe. Los pájaros son seres esencialmente musicales. No solo por militar en la “alada orquesta”, que decía Rubén Darío, sino también por ser habitantes del aire, el más musical de los antiguos cuatro elementos. Más allá de las imitaciones literales introducidas para crear determinados ambientes sonoros, solo un místico como Messiaen sería capaz de meterse a fondo en el canto de los pájaros, hasta el punto de conformar los cimientos de parte de sus singulares procesos creativos. 

La música dedicada a otros animales, sobre todo a las mascotas, es tan abundante que no sería propio intentar abordar aquí este tema. Me puse con el caso de los gatos y solo de estos he anotado un buen puñado de obras de los más variados autores y géneros. Como referencia obligada, cito el Dúo de los gatos, atribuido a Rossini, revisitado muy sugerentemente en L´enfant et les sortilèges, de Ravel. ¡Miau! Sin embargo, uno diría que la más fértil fuente de inspiración musical de los gatos no radica en sus maullidos, sino en esas notas aleatorias que producen sus pisadas sobre el teclado de un piano. El silencioso caminar de los gatos se hace música del azar cuando marchan sobre las teclas; y sus dueños, orgullosos, les agradecen el minirrecital con alguna suave caricia bajo la barbilla. Salvo si se trata del gato de D. Scarlatti, porque entonces el dueño se apresura a tomar nota de los sonidos producidos por el minino en su paseo sobre el teclado del clavecín y los convierte en el tema de una fuga, como la leyenda cuenta de la Sonata K 20 del catálogo de Kirkpatrick. 

 

***

 

Pero si hay una imagen que a quien suscribe le causó una honda impresión, esa es la que Cortázar utiliza en su cuento “Las Ménades” (Final de viaje, 1956). Como contexto, diré que el relato describe el concierto de una orquesta que celebra las “bodas de plata con la música” de su director; el cual, dicho sea de paso, la está sacando de su manido gusto provinciano. El ambiente, primero normal, va ganando en entusiasmo. En la segunda parte, con la quinta de Beethoven, sobreviene un estado colectivo de éxtasis, del que solo se escapa inicialmente el narrador y un ciego. Empiezan a aparecer imágenes en torno al color rojo: la dama de rojo que lidera el proceso del creciente frenesí, las manos enrojecidas de tanto aplaudir, las caras arreboladas por la emoción, espectadores vistos como langostinos sudorosos o rabanitos... De repente, algunas mujeres y luego también los hombres empiezan a entrar en una especie de trance que se convierte en un delirio generalizado, con docenas de personas que suben al escenario con intenciones no precisamente santas. Empieza la fase del destrozo –al fin y al cabo el cuento se titula Las ménades– y, en un momento determinado, vemos al narrador que se pasa al bando de los entusiasmados y escribe:

“Fue demasiado, entonces ya no pude seguir asistiendo, me sentí partícipe mezclado en ese desbordar del entusiasmo y corrí a mi vez hacia el escenario y salté por un costado, justamente cuando una multitud delirante rodeaba a los violinistas, les quitaba los instrumentos (se los oía crujir y reventarse como enormes cucarachas marrones) y empezaba a tirarlos del escenario a la platea, donde otros esperaban a los músicos para abrazarlos y hacerlos desaparecer en confusos remolinos”.

Violines aplastados como enormes cucarachas marrones, y sépase que las hay y son más claras o más oscuras, tirando algunas a rubias o rojizas, como los violines. Siguiendo los pasos de las mitológicas ménades, las mujeres y los hombres de aquel auditorio entran en una fase de frenesí dionisíaco, sembrando el caos en el reino apolíneo de la orquesta y atacando furiosamente a los herederos de Orfeo –con quien habían acabado atrozmente en el mito–, que son el propio director, los profesores de la centuria sinfónica y sus instrumentos. El narrador no participa en los actos excesivos que se suceden, pero está metido en el flujo humano, observándolo todo con cierta indiferencia. Lo que ocurre es una forma mayor de homenaje, donde el entusiasmo y los aplausos son solo una primera etapa de una celebración más arriesgada, que da rienda suelta a la locura (manía) del espíritu dionisíaco y al puro desbordamiento del instinto, con los daños colaterales que se derivan de ello.

 

Ilustración

Fotomontaje de David Medina

 

Entradas relacionadas

El otro a ratos ha dedicado un buen número de entradas a los aspectos simbólicos de los instrumentos y a las imágenes literarias que pueden suscitar. Por ello, insertamos a continuación el enlace a algunas de dichas entradas.

 

---Instrumentos bíblicos, prohinido tocar. http://elotroaratos.blogspot.com/2020/04/instrumentos-biblicos- prohibido-tocar.html

---Dios, citarista del cielo y tañador del salterio de la Cruz.

http://elotroaratos.blogspot.com/2020/01/dios-citarista-del-cielo-y-tanedor-del.html

---Algunas metáforas y comparacions músico-literarias.

http://elotroaratos.blogspot.com/2024/10/algunas-metaforas-y-comparaciones.html

 

Referencia

Julio Cortazar: “Las Ménades”, en Final del juego, 1956. Disponible en 

https://www.google.es/url?sa=t&source=web&rct=j&opi=89978449&url=https://www.literatura.us/cortazar/menades.html&ved=2ahUKEwj7kP-phbGVAxVI3AIHHUZVIaQQFnoECBcQAQ&usg=AOvVaw1xPkjHH1d8GXfWWaY943G8

--- Sobre la tumba de Janko susurran los abetos. http://elotroaratos.blogspot.com/2018/11/sobre-la-tumba-de-janko-susurraban-los.html

 

lunes, 1 de junio de 2026

  

“Madrid, Madrid, Madrid.

pedazo de la España en que nací".

Agustín Lara


Firma invitada, autor del artículo: Luis Bodelón


“Museo del organillo típico. Centro de Música Popular. Antonio Apruzzese (Compositor técnico). Carrera de San Francisco (El Grande), 7. 28005 Madrid (España)”. Leemos en la tarjeta de presentación del músico que dio vida a las fiesta de Mayo del patrón de Madrid, San Isidro;  no sólo como compositor, sino com técnico, creando nota a nota, vuelta a vuelta y púa a púa, hasta 22.000, las piezas que componen este prodigioso instrumento que es el organillo, animador de bailes, amores y amoríos. 

De modo que viviendo cerca, en la Cava Alta, 23, uno mismo, joven estudiante de música,  no pudo dejar de acercarse y sorprenderse con el magisterio de  un hombrecuya familia está tan unida a las alegrías, letras y canciones de una época cuyo esplendor acabó con el último giro de cilindro y manubrio de quien fue alma viva del pueblo de Madrid: don Antonio Apruzzese.                                                                                                              

Luis Bodelón

Mayo, 7. 1988


—¿Por qué la música?

—Mi padre vino en el año 88, era italiano, con otro hermano, Gerardo, a Madrid. Antes de venir aquí se estableció en Salamanca. Entonces no había organillos. Allí afinaba los pianos de los acaudalados salmantinos, entre ellos, el maestro Bretón. Hacia el 90 encargó que trajeran dos organillos de Italia –pues el organillo es de origen italiano–, y vinieron también siete u ocho italianos, constructores de organillos. El organillo fue muy bien acogido. Cuando, más tarde,   el  maestro  Bretón  se  trasladó  a  Madrid,   animó a mi padre para cambiar de ciudad y, así,  nos vinimos aquí. Mi padre, Luis Apruzzese, era de Caserta, pueblo pesquero, cerca de Nápoles, en el sur de Italia... Mi padre estudió en el campo.

    —Escucho atento, admirado, a este hombre grande, que gusta llevar boina grande, negra, de ojos azules tornados blanquecinos por el paso del tiempo y el trabajo incesante. Sentado frente a mí, desgrana detalles de su vida. Y, junto a él, sus queridos instrumentos: un piano de cola y otro de pared, que usa para componer y tocar... Y varios organillos que alquila en las fiestas, o tiene listos para algún cliente.... 

“Así que de Salamanca a Madrid”–digo, animándole a continuar–: “Con la música siempre, ¿verdad?”

—Los primeros organillos se tocaron en los merenderos de Amaniel (en Cuatro Caminos) y, luego, en la Dehesa de la Villa. En vista del resultado tan bueno que tuvo, los organillos comenzaron a extenderse por pueblos y ciudades. Mi padre, entonces, se puso en contacto en Barcelona con amigos italianos que colaboraron en la construcción. En Madrid trabajaron con mi padre y su hermano. Yo soy el último que continué la tradición. Hemos sido seis hermanos. Yo tengo ahora 82 años.

   Desde los 6 años comencé a estudiar música y luego, a los 9, en el Conservatorio. También tuve clases particulares. A la vez, cuando volvía del Conservatorio me ponía a aprender el oficio, el arte de construir organillos. Desde que empecé, a los 11 años, estuve formándome.      

 En 1915, Luis Apruzzese ganó el Primer Premio de Pianos de Manubrio, y la Cámara de Comercio ha distinguido nuestro Taller y Museo con la placa de plata  en los años 81, 86 y 88.

   Desde 1911, estamos aquí, yo tenía entonces 5 años; por aquí pasaba el tranvía. Entonces, todo era empedrado, no había asfalto, tampoco había coches. Sólo había carros y mulas, y, claro, las mulas, como se sabía, se agarran mejor en el empedrado.

 —Don Antonio, ¿podría usted explicar qué es lo más importante en la construcción de un organillo?

  —Para hacer un organillo hay que tener en cuenta muchas cosas; sobre la imagen del organillero, que es el que toca la manivela, está lo que hace a un organillo, la parte técnica, que es el conocimiento musical, la composición, y para esto uno tiene que cuidar muchas cosas: a sí mismo, en principio, no fumar, no beber.

—¿Y cuáles son las partes del organillo?

 —Está el cilindro, de madera de chopo, limpio, no combeado, y sobre él se clavan las púas, que mueven los resortes que nos darán el sonido al golpear las cuerdas los martillos. Un rodillo suele tener 22.000 púas que dan el repertorio de 10 temas.

Para comprender esto hay que entender que un tema de organillo construido en un cilindro, para ser tocado necesitaría de tres pianistas: uno tocando el bajo, otro el centro, y otro los tiples. Además, sobre una partitura original hay que hacer floreos y adornos que hay que crear... Esto es lo que hago yo, como grabador; para esto hay que conocer mucha música: por ejemplo en un vals, en el tiple puedo poner un contrapunto armónico que se parezca al canto de un canario, mientras que en las octavas bajas redoblan las campanas o una armonía se transforma en arpegio o en una rápida cadencia... El acompañamiento es la base de una melodía, hay que subrayar su importancia: los acordes y, sobre todo, los adornos.

Se necesita una semana para el clavado del cilindro y con tenazas especiales, cada púa, una a una; mucha precisión. No puedes desviarte ni un milímetro. 

Una pieza lleva más música que otras; cada pieza suele tener, como mínimo, 2000 púas. Cada canción es una vuelta del cilindro, con todos los compases.

En el Homenaje al presidente de Argentina, Alfonsín, tocamos La comparsita. Y en El último cuplé, de Sara Montiel, sale nuestra música, con la composición de El relicario, del maestro Padilla, con muchos adornos y efectos.

He trabajado pasodobles como Por la calle de Alcalá, de  Las Leandras, la revista musical del maestro Alonso; el dos por cuatro del rigodón y del charleston (A el Uruguay); o el ternario  del vals con Cielito lindo. Y temas muy populares como el chotis de La violetera, o Madrid, Madrid, Madrid, de Agustín Lara. Y luego están los temas que siempre pedían, como Soldadito español,  La banderita, o El Pichi. 

Todo esto, teniendo siempre en cuenta las tres partes del teclado: por ejemplo, en el pasodoble Mi jaca, de Estrellita Castro, está el trote del caballo. O en Suspiros de España, de Conchita Márquez Piquer, puse mucha atención a la voz principal y al acompañamiento.

La reina Sofía ha visitado el Taller y la Tienda–Museo. Franco regaló alguno a Eva Perón y a la reina Fabiola, en su boda. El marqués de Mondéjar se llevó dos cilindros.

Este año he tenido un Homenaje de la Asociación de Castizos de Madrid.

Mucho trabajo: 10 o 12 horas diarias; y los domingos y festivos  hasta las tres de la tarde. No dábamos abasto para atender tanto cliente. 

 El maestro Alonso, el maestro Guerrero, eran amigos míos. Traían las partituras para que las marcáramos. Yo he conocido el estilo de todos los maestros: pero el tema está en la creación, no sólo en el estudio.

Hemos grabado ahora en cassettes para el extranjero, que se pueden encontrar en Ribera de Curtidores.

En mi casa se unían la música y el negocio: tocábamos en las fiestas de jubilados, por Castilla la Nueva y la Vieja; por Ávila, en Navas del Marqués, Guadalajara, Segovia; por la sierra de Madrid, por Torrelaguna... Teníamos muchos organillos alquilados. Se juntaban 12 o 14 mozos bailando en el ayuntamiento, sin pagar.

Después de la guerra se hacía pan artificial y yo traía hogazas cuando tocábamos en los pueblos, un kilo de jamón, dos kilos de tocino...

 —Y así, entre recuerdos, música, canciones.... Toda una época pasa ante nosotros al son de las cuerdas tocadas por percusores de madera que sustituyeron a los mazos de fieltro, cambio introducido por el catalán Subirana que dio ese sonido tan peculiar y distinto  al organillo.

Toca don Antonio Por la calle de Alcalá, El Pichi... Y no quiero  entretenerlo más, pues su mujer lo llama: –“Es casi la hora de comer, Antonio”.

Y salgo a la carrera de San Francisco, invadido por la nostalgia de un mundo perdido: el del Viejo Madrid, aún aquí, resistiendo en esta casa de la música que es el Taller–Tienda–Museo de don Antonio Apruzzese, músico, compositor, grabador de partituras en troncos circulares de madera de chopo, maestro....¡y amigo!

¿Mundo...¿perdido? Me pregunto. Y me digo que no: no, mientras continúe la música, y podamos escuchar pasodobles, chotis o cuplés a través de los organillos del maestro Apruzzese. 

Ilustración

Antonio Apruzzese  en su Taller. Tienda. Museo.


ANTONIO APRUZZESE: 

REPARACIÓN Y ADDENDA                                                   


Luis Bodelón . 

Mayo, 7, 2026


Diría uno que la gratitud es la otra cara de la generosidad... Igual que de la admiración, la humildad... Y las cuatro virtudes, sin ser teologales, parecen unirse como un centro en la amistad y en el amor de personas que reciben el tesoro de la vida y responden a su riqueza, repartiendo, a su vez, riqueza.

 Tal es el caso de tantos maestros de la vida, conocidos o ignorados, cuyo ejemplo, obras, o destino, nos estimula y orienta. Sea en la propia familia, por la abnegación y cuidados de una madre y un padre. Sea en la Escuela de la Vida.

  Celebremos pues esta recuperación de la figura, vida, trabajo, significado y legado del buen y gran don Antonio Apruzzese, quien tanto hizo y dio por la cultura popular siendo, después, ignorado y olvidado por las mismas instituciones oficiales que, en su día, tanto contaron con él, desde ayuntamientos de pueblos y ciudades de las dos Castillas a la propia ciudad de Madrid, que llegó a identificar su fiesta con la música nacida de las manos de Antonio, prometiendo respetar y conservar su casa, taller, herramientas, pianos, organillos..., como Museo del Organillo y Centro de Música Popular, y, como tantas promesas, caída en saco roto.

Hoy hacemos una pequeña contribución a una modesta familia italiana que tanto trabajó por nuestra “España siglo XX”, difundiendo alegría y simpatía donde otros difundieron –y difunden– odio y rencor. 

Una familia de inmigrantes.

“Bienvenidos los viajeros que a su pueblo son fieles”, canta el poema de Kavafis y recuerda uno. Porque en ese pueblo estamos todos los que somos seres humanos y creemos en la Humanidad, algo que Antonio Apruzzese, hijo de Madrid, tanto demostró con su música.

 Y un entrañable y firme abrazo a Ángel Medina por abrir esta ventana a tantos recuerdos...  Y tanta vida.