“Madrid, Madrid, Madrid.
pedazo de la España en que nací".
Agustín Lara
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Firma invitada: Luis Bodelón
“Museo del organillo típico. Centro de Música Popular. Antonio Apruzzese (Compositor técnico). Carrera de San Francisco (El Grande), 7. 28005 Madrid (España)”. Leemos en la tarjeta de presentación del músico que dio vida a las fiesta de Mayo del patrón de Madrid, San Isidro; no sólo como compositor, sino com técnico, creando nota a nota, vuelta a vuelta y púa a púa, hasta 22.000, las piezas que componen este prodigioso instrumento que es el organillo, animador de bailes, amores y amoríos.
De modo que viviendo cerca, en la Cava Alta, 23, uno mismo, joven estudiante de música, no pudo dejar de acercarse y sorprenderse con el magisterio de un hombre cuya familia está tan unida a las alegrías, letras y canciones de una época cuyo esplendor acabó con el último giro de cilindro y manubrio de quien fue alma viva del pueblo de Madrid: don Antonio Apruzzese. —¿Por qué la música?
—Mi padre vino en el año 88, era italiano, con otro hermano, Gerardo, a Madrid. Antes de venir aquí se estableció en Salamanca. Entonces no había organillos. Allí afinaba los pianos de los acaudalados salmantinos, entre ellos, el maestro Bretón. Hacia el 90 encargó que trajeran dos organillos de Italia –pues el organillo es de origen italiano–, y vinieron también siete u ocho italianos, constructores de organillos. El organillo fue muy bien acogido. Cuando, más tarde, el maestro Bretón se trasladó a Madrid, animó a mi padre para cambiar de ciudad y, así, nos vinimos aquí. Mi padre, Luis Apruzzese, era de Caserta, pueblo pesquero, cerca de Nápoles, en el sur de Italia... Mi padre estudió en el campo.
—Escucho atento, admirado, a este hombre grande, que gusta llevar boina grande, negra, de ojos azules tornados blanquecinos por el paso del tiempo y el trabajo incesante. Sentado frente a mí, desgrana detalles de su vida. Y, junto a él, sus queridos instrumentos: un piano de cola y otro de pared, que usa para componer y tocar... Y varios organillos que alquila en las fiestas, o tiene listos para algún cliente....
“Así que de Salamanca a Madrid”–digo, animándole a continuar–: ”Con la música siempre, ¿verdad?”
—Los primeros organillos se tocaron en los merenderos de Amaniel (en Cuatro Caminos) y, luego, en la Dehesa de la Villa. En vista del resultado tan bueno que tuvo, los organillos comenzaron a extenderse por pueblos y ciudades. Mi padre, entonces, se puso en contacto en Barcelona con amigos italianos que colaboraron en la construcción. En Madrid trabajaron con mi padre y su hermano. Yo soy el último que continué la tradición. Hemos sido seis hermanos. Yo tengo ahora 82 años.
Desde los 6 años comencé a estudiar música y luego, a los 9, en el Conservatorio. También tuve clases particulares. A la vez, cuando volvía del Conservatorio me poniá a aprender el oficio, el arte de construir organillos. Desde que empecé, a los 11 años, estuve formándome.
En 1915, Luis Apruzzese ganó el Primer Premio de Pianos de Manubrio, y la Cámara de Comercio ha distinguido nuestro Taller y Museo con la placa de plata en los años 81, 86 y 88.
Desde 1911, estamos aquí, yo tenía entonces 5 años; por aquí pasaba el tranvía. Entonces, todo era empedrado, no había asfalto, tampoco había coches. Sólo había carros y mulas, y, claro, las mulas, como se sabía, se agarran mejor en el empedrado.
—Don Antonio, ¿podría usted explicar qué es lo más importante en la construcción de un organillo?
—Para hacer un organillo hay que tener en cuenta muchas cosas; sobre la imagen del organillero, que es el que toca la manivela, está lo que hace a un organillo, la parte técnica, que es el conocimiento musical, la composición, y para esto uno tiene que cuidar muchas cosas: a sí mismo, en principio, no fumar, no beber.
—¿Y cuáles son las partes del organillo?
—Está el cilindro, de madera de chopo, limpio, no combeado, y sobre él se clavan las púas, que mueven los resortes que nos darán el sonido al golpear las cuerdsas los martillos. Un rodillo suele tener 22.000 púas que dan el repertorio de 10 temas.
Para comprender esto hay que entender que un tema de organillo construido en un cilindro, para ser tocado necesitaría de tres pianistas: uno tocando el bajo, otro el centro, y otro los tiples. Además, sobre una partitura original hay que hacer floreos y adornos que hay que crear... Esto es lo que hago yo, como grabador; para esto hay que conocer mucha música: por ejemplo en un vals, en el tiple puedo poner un contrapunto armónico que se parezca al canto de un canario, mientras que en las octavas bajas redoblan las campanas o una armonía se transforma en arpegio o en una rápida cadencia... El acompañamiento es la base de una melodía, hay que subrayar su importancia: los acordes y, sobre todo, los adornos.
Se necesita una semana para el clavado del cilindro y con tenazas especiales, cada púa, una a una; mucha precisión. No puedes desviarte ni un milímetro.
Una pieza lleva más música que otras; cada pieza suele tener, como mínimo, 2000 púas. Cada canción es una vuelta del cilindro, con todos los compases.
En el Homenaje al presidente de Argentina, Alfonsín, tocamos La comparsita. Y en El último cuplé, de Sara Montiel, sale nuestra música, con la composición de El relicario, del maestro Padilla, con muchos adornos y efectos.
He trabajado pasodobles como Por la calle de Alcalá, de Las Leandras, la revista musical del maestro Alonso; el dos por cuatro del rigodón y del charleston (A el Uruguay); o el ternario del vals con Cielito lindo. Y temas muy populares como el chotis de La violetera, o Madrid, Madrid, Madrid, de Agustín Lara. Y luego están los temas que siempre pedían, como Soldadito español, La banderita, o El Pichi.
Todo esto, teniendo siempre en cuenta las tres partes del teclado: por ejemplo, en el pasodoble Mi jaca, de Estrellita Castro, está el trote del caballo. O en Suspiros de España, de Conchita Márquez Piquer, puse mucha atención a la voz principal y al acompañamiento.
La reina Sofía ha visitado el Taller y la Tienda–Museo. Franco regaló alguno a Eva Perón y a la reina Fabiola, en su boda. El marqués de Mondéjar se llevó dos cilindros.
Este año he tenido un Homenaje de la Asociación de Castizos de Madrid.
Mucho trabajo: 10 o 12 horas diarias; y los domingos y festivos hasta las tres de la tarde. No dábamos abasto para atender tanto cliente.
El maestro Alonso, el maestro Guerrero, eran amigos míos. Traían las partituras para que las marcáramos. Yo he conocido el estilo de todos los maestros: pero el tema está en la creación, no sólo en el estudio.
Hemos grabado ahora en cassettes para el extranjero, que se pueden encontrar en Ribera de Curtidores.
En mi casa se unían la música y el negocio: tocábamos en las fiestas de jubilados, por Castilla la Nueva y la Vieja; por Ávila, en Navas del Marqués, Guadalajara, Segovia; por la sierra de Madrid, por Torrelaguna... Teníamos muchos organillos alquilados. Se juntaban 12 o 14 mozos bailando en el ayuntamiento, sin pagar
Después de la guerra se hacía pan artificial y yo traía hogazas cuando tocábamos en los pueblos, un kilo de jamón, dos kilos de tocino...
—Y así, entre recuerdos, música, canciones.... Toda una época pasa ante nosotros al son de las cuerdas tocadas por percusores de madera que sustituyeron a los mazos de fieltro, cambio introducido por el catalán Subirana que dio ese sonido tan peculiar y distinto al organillo.
Toca don Antonio Por la calle de Alcalá, El Pichi... Y no quiero entretenerlo más, pues su mujer lo llama: –“Es casi la hora de comer, Antonio”.
Y salgo a la carrera de San Francisco, invadido por la nostalgia de un mundo perdido: el del Viejo Madrid, aún aquí, resistiendo en esta casa de la música que es el Taller–Tienda–Museo de don Antonio Apruzzese, músico, compositor, grabador de partituras en troncos circulares de madera de chopo, maestro....¡y amigo!
¿Mundo...¿perdido? Me pregunto. Y me digo que no: no, mientras continúe la música, y podamos escuchar pasodobles, chotis o cuplés a través de los organillos del maestro Apruzzese.
Ilustración
Antonio Apruzzese en su Taller. Tienda. Museo.
ANTONIO APRUZZESE: REPARACIÓN Y ADDENDA
Luis Bodelón. Mayo, 22, 2026.
Diría uno que la gratitud es la otra cara de la generosidad... Igual que de la admiración, la humildad... Y las cuatro virtudes, sin ser teologales, parecen unirse como un centro en la amistad y en el amor de personas que reciben el tesoro de la vida y responden a su riqueza, repartiendo, a su vez, riqueza.
Tal es el caso de tantos maestros de la vida, conocidos o ignorados, cuyo ejemplo, obras, o destino, nos estimula y orienta. Sea en la propia familia, por la abnegación y cuidados de una madre y un padre. Sea en la Escuela de la Vida.
Celebremos pues esta recuperación de la figura, vida, trabajo, significado y legado del buen y gran don Antonio Apruzzese, quien tanto hizo y dio por la cultura popular siendo, después, ignorado y olvidado por las mismas instituciones oficiales que, en su día, tanto contaron con él, desde ayuntamientos de pueblos y ciudades de las dos Castillas a la propia ciudad de Madrid, que llegó a identificar su fiesta con la música nacida de las manos de Antonio, prometiendo respetar y conservar su casa, taller, herramientas, pianos, organillos..., como Museo del Organillo y Centro de Música Popular, y, como tantas promesas, cayó en saco roto.
Hoy hacemos una pequeña contribución a una modesta familia italiana que tanto trabajó por nuestra “España siglo XX”, difundiendo alegría y simpatía donde otros difundieron –y difunden– odio y rencor.
Una familia de inmigrantes.
“Bienvenidos los viajeros que a su pueblo son fieles”, canta el poema de Kavafis y recuerda uno. Porque en ese pueblo estamos todos los que somos seres humanos y creemos en la Humanidad, algo que Antonio Apruzzese, hijo de Madrid, tanto demostró con su música.
Y un entrañable y firme abrazo a Angel Medina por abrir esta ventana a tantos recuerdos... Y tanta vida..

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ANTONIO APRUZZESE Músico, compositor y constructor de organillos