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jueves, 22 de diciembre de 2016

Vuelve la Revista de Flamencología

Estos días los aficionados al flamenco estamos de enhorabuena, pues ha reaparecido la Revista de Flamencología. Puede considerarse como la tercera etapa de la publicación y probablemente con visos de mayor estabilidad que las anteriores, porque ahora se nos ofrece en formato digital, lo que elimina bastantes costes. Es de libre acceso.
Hay que decir que en su origen ostentaba otro nombre —Flamenco— y que sólo vieron la luz tres números, espaciados entre 1960 y 1964, así que el balance no puede ser demasiado halagüeño. Recordemos que la Cátedra de Flamencología de Jerez, de la que dependió esta revista (y sus continuadoras) se había fundado en 1958.
Tras un largo paréntesis, se publicaron 28 números de una nueva etapa, entre 1995 y 2011, ya con el nombre de Revista de Flamencología. Ambas cabeceras, nos indica en la presentación de la nueva fase  Manuel Pérez Celdrán, presidente de la Cátedra de Flamencología de Jerez, tuvieron como director a Juan de la Plata Franco Martínez, fallecido en 2015, que también era presidente de la citada cátedra.
Esta Navidad de 2016 ha sido el marco elegido para la reaparición de la revista, ahora en edición digital. Precisamente por tratarse de las navidades, está dedicada a la zambomba, un instrumento que, en muchos sitios sigue siendo cifra de la música navideña. La dirección de la Revista de Flamencología es ahora responsabilidad de Manolo Naranjo, etnomusicólogo de reconocido prestigio y probada eficiencia en el estudio y tratamiento del patrimonio tradicional andaluz.
Cabe añadir que la revista está pensada para ser consultada de manera interactiva. El usuario puede bajarse toda la revista o sólo los artículos que le interesen. Está también abierto un proceso de digitalización de los números de las anteriores etapas y se plantea que la revista permita acceder a archivos audiovisuales. Contiene magníficas ilustraciones y ejemplos musiales de cuidada escritura. Un simple vistazo a la Revista de Flamencología sugiere, como se dice en la presentación antes citada, que “a la tercera va la vencida”.
El índice no puede ser más jugoso, particularmente centrado en la zambomba. No se trata de un instrumento que, de entrada, asociemos con el flamenco, pero sí es cierto que está enraizado en muchas manifestaciones de la cultura tradicional de la zona de Jerez, que es la protagonista de parte de los estudios y que es igualmente central en lo tocante a las más esmeradas soleras de vinos y cantes flamencos..
Recuerda uno cierta errata que padeció en la que se le anunciaba como conferenciante sobre la zambomba. En realidad iba a presentar una antigua zanfona del Museo Arqueológico de Oviedo, pero los duendes de la imprenta hicieron de las suyas. Naturalmente, por aquel entonces muy poco podría uno haber dicho sobre la zambomba, pero leyendo la revista se descubren cosas interesantísimas que darán juego seguramente en una entrada específica. De momento, inserto el sumario y el enlace a la Revista de Flamencología porque sin duda los amables lectores de este blog no podrán resistirse a la tentación de explorar en dicha publicación.
Lo dicho: todos estamos de enhorabuena, así que felicitamos a los responsables de este nuevo —y esperemos que definitivo— empeño en el estudio y la difusión del arte flamenco y sus músicas aledañas.
Por cierto, aprovechamos para felicitar las Pascuas a ritmo de zambomba jerezana.

Enlace:
Sumario:
Presentación, por Manuel Pérez Celdrán, Presidente de la Cátedra de Flamencología

La zambomba no es flamenco, por M. Jesús Ruiz

La Nochebuena de Jerez: Imaginario estético de una fiesta, por Manuel Naranjo Loreto

Análisis de algunos Romances recogidos en Jerez, por Marcelo Gálvez Jiménez

La fiesta de la zambomba en Arcos y Jerez: un estudio preliminar, por Belén Moreno Gil

Reseña:
José Manuel Fraile Gil: Tradición oral y zambomba, Editorial Lamiñarra, 2016, por Belén Moreno Gil

Juan de la Plata: escribir hasta el final, por Francisco Sánchez Múgica
"
Me he acostado con Jerez y no ha servido de nada", entrevista con Juan Pedro Aladro, por Francisco Sánchez Múgica

Noticias de la Cátedra de Flamencología de Jerez

Dibujos de Nochebuena, por Riudavets




jueves, 7 de abril de 2016

La meditada solera flamenca de Manuel Lorente

  
A Manuel Lorente le miran mal algunos flamencos porque anduvo demasiado entre libros, esas amistades peligrosas. A Manuel Lorente tampoco le ponen buena cara los académicos remilgados. Sospechan que no puede ser bueno haber vivido tanto, ser tan artista y haber surcado las aguas turbulentas del flamenco con plena identificación y compromiso. No es que Lorente sea antropólogo a unas horas y flamenco a otras. En verdad, es ambas cosas siempre y a tiempo completo, pero en la práctica ha distribuido o jerarquizado estas dos facetas en etapas generalmente alternantes de su vida. Y ha de quedar claro que su obra como estudioso no se explica sin sus vivencias como cantaor y empresario flamenco. Y viceversa.
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Nuestro hombre es flamenco desde la cuna, por parte de padre. Mas quiso la fortuna que pudiese acceder a una formación superior y cursar estudios de Antropología. en la Universidad de Granada. Apenas licenciado conoce a Camarón de la Isla y se mete de lleno en los entresijos del arte. Se convierte en una especie de mánager, amigo y confidente de Camarón. Resulta pasmoso escucharle contar algunas historias vividas con el incomparable cantaor, a veces resumidas en lo que Lorente llama, con mucha gracia, el “dispendio disipativo”, que es toda una teoría sobre la manera de ganar y de gastarse los cuartos de no pocos clásicos del género.
Pero vuelve a la Universidad de Granada para hacer la tesis, tutelado por una persona que no sólo es alguien sumamente cualificado y respetado en su campo sino que se acabaría convirtiendo en su auténtico mentor. Me refiero al catedrático de antropología José Antonio González Alcantud.
Bajo la dirección del citado profesor, Lorente realiza su tesis sobre el flamenco y con el tiempo colabora en las actividades de la Casa Molino Ángel Ganivet, que entonces dirige Alcantud. Fue en ese marco —casi mágico y con siglos de historia—donde le conocí, en el contexto de una serie de congresos inolvidables en los que se tocaban diversos temas relativos a los diálogos entre la música y la antropología. Después pasó a coordinar la revista Música Oral del Sur, donde se publicaron las actas de algunos de aquellos encuentros. Casi todo ello ocurría en los años noventa.
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El gusanillo del flamenco no se había dormido, así que el presente siglo trajo consigo una nueva metamorfosis en la vida de Manuel Lorente. Abandona la Universidad de Granada y se lanza al arte como cantaor. El tirón de la bohemia.
Su disco de 2003 es una joya, con textos propios renovados sobre antiguas maneras de hacer que Lorente conoce como estudioso y como simple y cabal flamenco amante de las raíces. Ahí está, por ejemplo, el fino sensualismo de los tangos “Por debajo del agua”, sobre letra del poeta José Ángel Valente. Se suceden las actuaciones, pero también la reflexión y el estudio. Lo dicho: dos en uno y con nota en las dos caras de la moneda.
En 2015 sacó su segundo disco como cantaor. Dicho sea de paso, Lorente tiene en su haber otros registros de música incidental realizada con técnicas electroacústicas para vídeos y documentales diversos, lo que no deja de tener su interés. Pero vayamos al Cd de 2015.
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El título de este Cd es una declaración de principios: Flamenco y solera. Paso por alto la inadecuada combinación de colores de la carátula que hace muy poco accesibles los datos editoriales y otros textos. Dicho título va más allá de una simple imagen y prolonga el espíritu del disco antes citado de 2003. El propio artista lo considera ese una metáfora estructural.
Se da la circunstancia de que Lorente ha realizado trabajos de campo en la zona de Jerez. Por cierto, su artículo sobre la matrifocalidad, las procesiones de Semana Santa y el cante jondo en Jerez es de los que más me han llamado la atención. Pero en relación con lo que aquí se trata es obvio que el mundo de las bodegas jerezanas resulta más relevante. pues lo determina casi todo en el plano social y económico. La solera alude sobre todo a un concepto dinámico del tiempo. Los vinos necesitan tiempo, ciertamente, pero también trasiego.
Lo que hace Lorente es ahondar en esas soleras, que son como fuentes primigenias del flamenco. Conoce como pocos la obra de los grandes (Chacón, El Flecha de Cádiz, Manolo Caracol, etc.) y sabe tratar esa solera con mimo y respeto, pero no pretende imitarla sino darle nuevo impulso. En suma, un diálogo constructivo entre lo nuevo y lo viejo al objeto de conservar la excelencia.
Para sus objetivos artísticos puede servirse de nuevos textos. Por ejemplo, los “Tangos del Piyayo” ofrecen en el primer corte del disco una nueva letra del propio Lorente, muy metida en el imaginario del flamenco, con versos como “de lágrimas son mis fuentes” y otros que se insertan en la mejor tradición del flamenco jondo. Versos que el cantaor sabe decir con un sentido innato del fraseo, con la riqueza tímbrica del denso y noble metal de su voz, con un depurado dominio de las inflexiones de cada sílaba y de todo lo que se precisa para poner de relieve el texto y la emoción que contiene. También sobriedad e intimismo que, como ha explicado Dolores Fernández Figares en el disco de 2003, son elementos centrales en la configuración de su granadino estilo de cante.
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Dos detalles más. Uno de ellos tiene que ver con el guitarrista que le acompaña en esta grabación, Raúl Mannola. Empezó a tocar con Lorente por una sustitución y ahora es su acompañante habitual. Y no, no hay errata en su apellido que es finlandés y, al parecer, ha de pronunciarse como esdrújulo. Estamos ante un guitarrista extraordinario, discípulo de Manolo Sanlúcar, con talla de solista y amplios conocimientos de la tradición, o sea, de la solera, mismamente. No quiero olvidarme, por otra parte, del percusionista Guillermo García “El Guiller”, si es que he conseguido leer bien su casi invisible nombre para quienes no somos de la estirpe del lince ibérico.
Lo de Mannola pone sobre la mesa (y éste es el segundo detalle) la idea de la desfocalización del flamenco, sobre la que Lorente sabe y ha escrito lo suyo. Quiere decirse que el flamenco ya no es un arte vivo sólo en determinadas partes de España, sino que hay focos internacionales muy activos. En Japón, por ir muy lejos.
A esos focos y a esos nuevos públicos, que muchas veces son casi devotos, nutridos por aficionados entregados que hacen las delicias de los artistas, es a los que más se ha dirigido Lorente en su trayectoria como cantaor. Guarda como un tesoro el recuerdo de memorables actuaciones en Brasil y en Marruecos. Ha cantado, entre otros lugares, en Francia y en Finlandia, en las Antillas francesas y en diversos puntos de España.
Curiosamente, reconoce Lorente que las cosas son más difíciles en nuestro país, quizá por el peso de las relaciones humanas, las piquillas profesionales, la tendencia al clientelismo y la cortedad de miras de algunos gestores del gremio. No lo pongo en duda, pero reconozco que es un mundo que no conozco. Pero cosas parecidas se ven de continuo en el territorio de la música clásica, así que tampoco me extraña demasiado.
En todo caso, me complace y me basta —habida cuenta de mis limitados conocimientos sobre el flamenco, del que sin embargo soy entusiasta— con seguir penetrando en algunas de sus claves de la mano de Manuel de Lorente, antropólogo y cantaor de solera.