miércoles, 1 de abril de 2020

Instrumentos bíblicos: prohibido tocar


La Iglesia tuvo que buscar respuestas ante la evidente contradicción que suponía denostar el uso de los instrumentos musicales en el templo a la vez que se reiteraba su mención en diversas lecturas bíblicas de las ceremonias religiosas, especialmente las extraídas del Libro de los Salmos. Para ello, los Padres de la Iglesia y otros autores cristianos que no llegaron a alcanzar esta condición, construyeron un argumentario que resultó útil en varios frentes.
Por un lado, se partía de la crítica a los instrumentos, por cuanto que formaban parte indispensable de los espectáculos callejeros de mimos y danzas, con frecuencia impregnados de connotaciones eróticas, asi del teatro clásico. Pero esto no solucionaba el hecho de que los instrumentos abundasen en los libros sagrados, sobre todo en el Antiguo Testamento. Entonces, se puso en circulación la idea de que las gentes antiguas, las que habían vivido antes de la llegada de Cristo y su buena nueva, eran personas un tanto veleidosas a las que Dios les hacía la concesión de dejarles usar instrumentos en los templos, como era el caso de los judíos. Contrariamente, los seguidores del Evangelio ya no necesitaban estas sonoridades pues podían vivir en plenitud con la sola palabra revelada. Recuerda uno a Clemente de Alejandría criticando al tracio y al tebano -o sea, a Orfeo y a Anfión respectivamente- como engañadores amigos de los demonios, en oposición a la nueva vida que peredicaban los cristianos.
Con todo, hubo una línea de pensamiento que afrontó el problema en su pura y contradictoria esencia: los salmos y otros libros bíblicos dicen que hay que honrar a Dios con cítaras y salterios (entre otros instrumentos) y las autoridades eclesiásticas afirman, por su parte, que no se debe tolerar la presencia de instrumentos en la casa de Dios. La solución se produjo mediante la llamada “interpretación simbólica de los instrumentos”, cuyo estudio clásico se debe a Th. Gérold. Por ejemplo, si la Biblia nos aconseja que alabemos a Dios con el “salterio decacordo”, no es para que llevemos dicho instrumento a la iglesia, sino para que cumplamos los diez mandamientos. Pues, del mismo modo que un salterio de diez cuerdas suena mal si falta una sola de ellas, así el cristiano disuena a los oídos de Dios si incumple un solo mandamiento.
Los Padres de la Iglesia y los teólogos cristianos expresaron estas ideas en sus cartas, sermones y, muy particularmente, en el género de los “comentarios a los salmos”. Ejemplificaremos con el caso de san Agustín, uno de los más brillantes en esta justificación simbólica de los instrumentos bíblicos.
Los comentarios a los salmos se estructuran poniendo tras cada versículo de los 150 salmos la correspondiente interpretación. El salmo 150 es precisamente uno de los más notables para esta práctica. Empieza el salmo indicando que hay que honrar a Dios en su firmamento y en sus proezas. Rápidamente entran en juego los instrumentos: Alabadle con sonido de trompeta, lo que Agustín interpreta como símbolo de  la “nitidísima claridad de la alabanza”. 
Después, empareja dos instrumentos y establece una sucesión simbólica con imágenes contrastantes: Alabadle con el salterio y la cítara. Hemos de señalar que las diversas traducciones al castellano difieren seriamente en cuanto a los términos empleados, pues en unos casos salen los aquí citados y en otros aparecen bocina, salterio y arpa (Reina-Valera), más correctos, en lugar de trompeta, salterio y cítara. Es evidente que el término “trompeta” puede inducir a engaño, pero también ocurre eso mismo con el salterio y con el genérico cítara. El salterio, según Agustín, tiene la caja de resonancia arriba (o sea, que es un instrumento distinto al que nosotros llamamos de ese modo) y la cítara la tiene abajo. El termino salterio es la traducción más usual de nébel, pero entendiendo que esta denominación se referiría, según algunos estudiosos, a una especie antigua de arpa. De ahí lo de la caja de resonancia arriba. Esto es lo esencial, pues entonces el salterio es celeste, en tanto que la cítara es terrestre, pero ambos son complementarios a la hora de alabar a Dios, “como si se le alabase porque hizo el cielo y la tierra” . Recordamos haber leído en otro comentario de san Agustín parecidas interpretaciones de la dualidad salterio-cítara, asociadas a la predicación y a las obras respectivamente; es decir, siempre con el predominio del salterio sobre la cítara por la mencionada ubicación en lo alto de su caja de resonancia.
Alabadle con tímpano y danza. Según san Agustín, “El tímpano, atabal o tambor alaba a Dios cuando ya no existe flaqueza alguna de corrupción terrena en la carne cambiada, puesto que el tambor se hace de piel desecada y consolidada”. La idea de que la piel seca es grata a Dios se puede encontrar en otros autores, que comparan la piel del pandero con la carne de Jesús tras el ayuno en el desierto. Por otro lado, la referencia a la danza es interesante porque, en general, suele estar mal vista por los autores cristianos. De hecho, el argumento recurrente para la crítica es la danza de Salomé ante Herodes, la cual pidió a cambio la cabeza del Bautista.
Comenta luego los versículos Alabadle con címbalos sonoros, alabadle con címbalos de júbilo, donde recuerda que los estos pequeños platillos ya habían sido comparados por otros con los labios. Añade interesantes observaciones sobre los tipos de sonido -voz, soplo y pulsación- y su respectiva asociación con la mente, el espíritu y el cuerpo; y concluye dejando claro que esos instrumentos del salmo solo han de servirnos como recordatorio de que hemos de honrar a Dios, “pues Vosotros sois la trompeta, el salterio, la cítara, el tambor, el coro, las cuerdas, el órgano, el címbalo sonoro de regocijo de las cosas que suenan bien, porque son armónicas”.
La estrategia de la Iglesia era muy inteligente, pero las continuas prohibiciones de los instrumentos a lo largo de los siglos medievales prueban que, en la práctica, los instrumentos fueron conquistando un espacio en el interior de los templos. Y con esto no me refiero solo al órgano, sino al arpa, a los instrumentos de arco, a sacabuches y bajones que empezaron a resultar indispensables en los siglos modernos. 
Parece que a los ministriles e instrumentistas del ámbito sacro tampoco les gustaba aquello de “prohibido tocar".

Ilustración: Teatro romano de Mérida.