martes, 12 de mayo de 2020



La inesperada noticia
El pasado domingo, 10 de mayo de 2020, fallecía en Salamanca el padre José López-Calo (Nebra, A Coruña, 5/2/1922). Había cumplido 98 años y nada hacía presagiar su muerte. De hecho, habiendo sido visitado de oficio a las 7 de la mañana por el servicio sanitario de la residencia de los jesuitas donde vivía, no se registró ninguna incidencia y saludó a la enfermera con normalidad, como me contó María Teresa, hermana del fallecido; pero solo media hora más tarde la situación había dado un vuelco: lo encontraron mal y ya nada se pudo hacer. Doy desde aquí mi más sentido pésame a su familia, amigos, colegas, académicos, hermanos de Orden y, muy especialmente, a su hermana María Teresa, persona imprescindible con la que formaba un tándem de asombrosa eficiencia a la hora de trabajar en los archivos catedralicios que tan a fondo conocía.

Una formación completa y esmerada
El P. Calo fue una personalidad poliédrica, que destacó en diversos ámbitos. Para ello, partía de una excelente formación, recibida en los seminarios de Santiago y Granada y en la Universidad Pontificia de Comillas. Más allá de la obligada formación en liturgia, teología, lenguas bíblicas y demás disciplinas que son propias de la condición sacerdotal, ha de mencionarse el importante papel que maestros como el P. Otaño y el P. Prieto consiguieron para la música en el último de los centros mencionados. El P. Calo tuvo inquietudes y formación musical desde muy niño, pero fue el P. Prieto quien le introdujo en provincias de la música que resultaron absolutamente decisivas para su futuro. 
El traslado a Roma era inevitable por muchas razones. Allí se licenció en Música Sagrada y en Musicología, en la Escuela Superior de Música Sagrada y en el Pontificio Instituto de Música Sagrada respectivamente. Los maestros de Roma supusieron un segundo salto cualitativo en su formación musical. Entre ellos, cabe recordar a D. Bartolucci, a su admirado H. Anglés (a quien veló y cerró los ojos en su lecho de muerte y del que publicaría tres cuidados volúmenes de su obra musicológica), y a E. Cardine, excelente gregorianista. 
En su larga estancia romana acabaría siendo profesor y ostentando altos cargos directivos en el Pontificio Instituto de Música Sagrada. Fue requerido como asesor en el complejo contexto que se vivió en los años conciliares y posconciliares de mediados de los 60 en adelante. Dicho sea de paso, el P. Calo no había quedado nada satisfecho con los resultados prácticos de las propuestas musicales del Vaticano II y legislación derivada. La caída de facto del gregoriano, así como la difícil tarea de unir calidad y la participación en el canto generaron muchas tensiones que el P. Calo vivió como un espectador privilegiado.

La Musicología universitaria
El P. Calo se había ordenado sacerdote en 1955 y tras contar con varias titulaciones eclesiásticas, se planteó obtener reconocimientos oficiales en la Universidad pública española. Fue así como se licenció en Filosofía y Letras (Universidad de Granada) y se doctoró en Geografía e Historia (Universidad de Santiago). Por esta razón, su ingreso como profesor de Historia de la Música en la Universidad de Santiago se sitúa en una fecha relativamente tardía, pues por edad podría haber sido mucho antes. En verdad resultan un punto melancólicas las palabras del profesor Emilio Casares en la laudatio que pronunció con motivo de la jubilación del P. Calo, cuando reconoce que hay algo de “singular” en esta situación, “porque singular es que el Dr. López-Calo se haya visto obligado a abandonar la Universidad en la plenitud de su vida científica”. Esto ocurría a fines de los 80. Con todo, la condición de emérito y su propio empeño en la causa de la Musicología en España (pues fue una causa en toda regla) permitieron que su experiencia y consejo estuviesen presentes en algunos de los hitos de esta disciplina desde los ochenta hasta el cambio de siglo: estudios oficiales de Musicología (iniciados en Oviedo en 1985), Congreso Internacional de Salamanca (1985) o el monumental proyecto del Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana, publicado por el ICCMU y la SGAE entre 1999-2002 pero en el que se venía trabajando desde 1985). 
No es nuestra intención enumerar los méritos que adornan la biografía del P. Calo, ni dar cuenta de todos los puestos que desempeñó, ni presentar un listado de los muchos honores recibidos a lo largo de su fructífera vida. Baste decir que fue correspondiente de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, numerario de la Academia Gallega de Bellas Artes, miembro de diversas sociedades internacionales y hombre clave en el origen de algunas (como la propia Sociedad Española de Musicología), Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes del Gobierno de España (1998), Premio das Letras e Artes de Galicia (2002), entre otras distinciones. 
Reconocido bibliófilo, músico y humanista, dejó una obra musicológica ingente, un legado que seguirá inspirando a la Musicología actual y futura con una luz propia y poderosa. 

Unos botones de muestra
Recorrer el catálogo de publicaciones del padre López-Calo es adentrarse en un universo lleno de variedad que aporta importantes claves sobre el patrimonio musical hispánico. No es fácil seleccionar algunos ejemplos, pero nos atrevemos a pensar en los siguientes:
1. La investigación sobre las catedrales españolas. Sin duda, es la labor más intensa, sólida y continuada en la producción del musicólogo gallego. Se cuentan por decenas los libros que parten de las fuentes primarias de los archivos catedralicios (Santiago, Granada, Ávila, Palencia, Zamora, La Calzada, y tantas otros). y que están dedicados a catalogar el repertorio musical, a ofrecer valiosísimos documentarios de la vida musical de las catedrales y/o a interpretar todas esas informaciones en estudios monográficos sobre compositores, períodos o catedrales concretos. 
2. Los estudios sobre los instrumentos en el Pórtico de la Gloria y la música del Calixtinus. Para destacar este bloque de actividades es preciso mencionar al profesor Carlos Villanueva, catedrático de la Universidad de Santiago y discípulo del P. Calo. La gran capacidad de gestión del profesor Villanueva, su sentido de una musicología medievalista atenta a la propia práctica interpretativa, unido a los excelentes contactos del P. Calo con entidades privadas, muy en particular con la Fundación Barrié de la Maza, propiciaron el desarrollo de ambiciosos proyectos donde hubo congresos, talleres de construcción de instrumentos, conciertos y publicaciones en las que se pudo contar con figuras relevantes del panorama internacional. Se produjeron muchas novedades y aportaciones. En uno de esos congresos llegamos a pensar que se presentaría una solución a los problemas de transcripción de la polifonía del Calixtino, algo en lo que precisamente el P. Calo llevaba indagando muchos años. Pero me temo que eso sigue siendo una asignatura pendiente para la Musicología medievalista.
3. La edición de la Misa Scala Arettina de Francisco Valls. Esta misa motivó una sonada polémica en su tiempo (principios del siglo XVIII). Fue editada por nuestro musicólogo (Novello, 1978) y analizada muy posteriormente en un brillante estudio (La controversia de Valls. Granada, Centro de Documentación Musical de Andalucía, 2005).
4. El volumen 3 de la Historia de la Música Española de Alianza. Dedicado al siglo XVII, su relevancia en el momento de su publicación viene dada por el hecho de que pone las bases para abordar el estudio musical de un siglo que había quedado un tanto relegado –en comparación con el prestigio del siglo XVI, edad de oro de nuestra polifonía– y que, sin embargo, cuanta con maestros y creaciones de primer nivel.
Pero ha de saber el lector que estos cuatro puntos son, como se anunció, simples botones de muestra. Podían haber sido otros, pues el P. Calo ha sabido reflexionar sobre la música sacra, la ópera o el cuplé, publicar valiosos índices de revistas (como los de Tesoro Sacro Musical), recensionar libros, discos y partituras, escribir solventes notas al programa y disertar en los más variados foros internacionales, entre otras muchas actividades. Y preocuparse también de la Extensión Universitaria, con sus célebres Jueves Musicales de Santiago. 
El P. Calo nos deja tras una vida larga y provechosa y nos regala un legado intelectual que solo pudo haber construido un gigante, convertido ya en una leyenda de la Musicología. i

Agradecimiento personal
. Hasta aquí hemos tratado de presentar un modesto boceto que, de todos modos, permite captar la grandeza del P. López-Calo como musicólogo. Pero este blog está escrito al hilo de la experiencia y, por tanto, sumido en el sereno dolor que me causa esta muerte, no puedo dejar de recordar algún detalle personal. En concreto, uno por el que le estaré agradecido toda la vida y que no versa tanto sobre mis asuntos como sobre su generosidad. Antes de ello, diré que escuché al P. Calo por primera vez en una conferencia que impartió en Oviedo a mediados de los 70 en el marco de las Semanas de la Música de la Universidad –luego convertidas en Festival de Música y Danza de Asturias–, que organizaba el profesor Emilio Casares. Por cierto, allí escuché también al ya fallecido Francesc Bonastre, a Tomás Marco y a Antonio Martín Moreno. 
En los primeros años de la década de los 80 hubo muchas reuniones y gestiones para lograr la entrada de la Musicología en la Universidad española. El P. Calo estuvo en muchas de estas citas, aportando su experiencia y conocimiento de la Musicología internacional. Yo era un simple doctorando, pero gozaba de la confianza de mi director, Emilio Casares, y solía ponerme a la máquina de escribir precisamente bajo la supervisión del P. Calo que era muy preciso y prudente en el lenguaje que había que emplear en nuestros escritos a rectores y otras autoridades. Añadiré que la máquina de escribir que teníamos en Oviedo era (es) un armatoste con margaritas de tipos intercambiables que solo yo sabía manejar, así que la cosa tampoco tiene mayor mérito. 
Coincidimos luego en infinidad de ocasiones, muchas veces en compañía de su hermana María Teresa, pero el hecho que quiero relatar es su impagable ayuda durante el curso 1984-1985 para la preparación de una parte de la asignatura Paleografía Musical, que iba a impartir el curso siguiente para los alumnos del cuarto curso de Geografía e Historia (y aquí está lo novedoso) en el marco de la recién creada Especialidad de Musicología.
Yo había ido formándome en una serie de temas paleográficos como la semiología gregoriana de Cardine, la notación franconiana y algunos otros, pero me faltaba una buena orientación para abordar la notación blanca proporcional del Renacimiento. El profesor Casares hizo una llamada a un compañero de generación del P. Calo, cuyo nombre no citaré porque también está muerto, y ciertamente estaba dispuesto a darme clases de paleografía en esa parte que me interesaba, pero cobrando una cantidad que uno, con un sueldo simbólico en la Universidad, no podía pagar. Comentándolo el profesor Casares con el P. Calo, este le dijo: “Mándemelo para acá inmediatamente”. Y así comencé a ir periódicamente a Santiago. Me daba clases intensas e intensivas a lo largo de media mañana. Luego me ponía deberes y tenía que entregárselos hechos al día siguiente. Pilar Alén se acordará de las primeras sesiones, porque asistió, pero con el tiempo quedé yo solo. Insisto en que el ritmo era muy duro. A veces tenía que quedarme en el hotel sin salir a dar un paseo, llenando de restos de goma la habitación, para ser capaz de entregar el trabajo a tiempo. Pasados esos dos o tres días de trabajo en Santiago, regresaba a Oviedo con más tarea para resolver. 
En cierta ocasión, ya con no pocas sesiones realizadas, me puso un canon enigmático de la Missa Quinque prudentes vírgenes de Alonso Lobo. Había que sacar el bajo de la música del tenor. El enigma parafraseaba en latín un pasaje del evangelio de san Juan donde se cuenta que María Magdalena encuentra el sepulcro vacío y se dirige hacia dos discípulos (Pedro y el discípulo amado), los cuales corren juntos hacia el sepulcro (Currebant duo simul…). Uno corría más rápido (citius) que el otro, así que llega antes. Al maestro Lobo se le ocurrió establecer un juego de proporciones que explicase musicalmente este hecho. Para ello, hizo que, a partir de una voz dada, se obtuviese la que faltaba introduciendo una proporción de tiempo perfecto partido. De este modo, los valores de las figuras valen la mitad, en tanto que la voz dada se leería en tiempo íntegro. No tengo a mano los materiales a causa del confinamiento, así que pido disculpas si hay algún detalle impreciso.
En aquel tiempo, sin Internet y con las bibliotecas cerradas porque era fin de semana, no era fácil aclararse, pero conseguí que me dejasen consultar una Biblia en una librería y luego de mucho esfuerzo, el domingo me “licenció”, con gran satisfacción por su parte (y no digamos por la mía) pues consideraba que ya me había encauzado convenientemente en lo que se le había pedido. ¿Qué hay de sorprendente en que no me haya olvidado, después de 35 años, de su generosidad y altruismo y que sea raro el curso que no cito al P. Calo en mis clases de Paleografía musical? Además, para rematar la faena, en el curso 1985-86 vino a Oviedo para impartir a alumnos y profesores un seminario de fin de semana dedicado a la notación del Calixtino, San Marcial y Notre Dame.
¡Gracias de corazón, admirado P. Calo!



Fotografía realizada y facilitada por la profesora María Sanhuesa (Universidad de Oviedo). Homenaje que se tributó al P. José López-Calo en Santiago (16 de marzo de 2017) en la iglesia de la Compañía, en el marco del VII Congreso Internacional del Órgano Hispano. De izquierda a derecha, D. Enrique Campuzano (presidente de la Asociación del Órgano Hispano), P. López-Calo y, D. Óscar Valado (Delegado de Liturgia de la Conferencia Episcopal en el Curso Nacional de Organistas Litúrgicos).

Nota bibliográfica. Aunque su figura aparece glosada en los principales diccionarios internacionales, la entrada realizada por Emilio Casares para el citado Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana (ICCMU, 1999-2002) es la más completa de todas. Su antecedente es la presentación a cargo del mismo musicólogo de los dos volúmenes ofrecidos en su homenaje: “José López-Calo: trayectoria vital y musicológica”. En De música hispana et aliis, eds. Emilio Casares y Carlos Villanueva, Santiago, 1990.


viernes, 1 de mayo de 2020

Apunte sobre la peregrinación simbólico-musical*

En el arranque de la muy notable escalera de la Universidad de Salamanca se halla esculpido un peregrino. Viendo el resto del relieve de la escalera —estudiada iconográficamente por Luis Cortés-Vázquez (1)— se advierte que este peregrino no va a Santiago ni a ningún otro centro de peregrinación, sino que trata de llegar a una meta celeste simbolizada por un ángel músico que lo espera al final del tercer y último tramo de la escalinata. La mirada del peregrino hacia lo alto nos parece especialmente significativa.
Años después de construirse esta escalera, Juan de la Encina —universitario salmantino mucho tiempo atrás— expresaría también el anhelo de mirar a lo alto en los versos que relatan su peregrinación a Tierra Santa: 
¡Oh alma, mi alma, ya tiempo sería 
tus ojos y míos alzarlos de tierra!
Y siendo tu objeto la Celestial Sierra
que allá se enderece la esperanza mía (2).

Juan de la Encina acude a Jerusalén para celebrar su primera misa. Alza igualmente los ojos desde lo material a lo inmaterial y busca elevarse a la condición sacerdotal en los escenarios fundacionales del Cristianismo. El peregrino de piedra y el poeta comparten el simbolismo de la peregrinación puesto que a ambos les espera un cambio cualitativo y espiritual por vía de elevación. 
En términos genéricos y no estrictamente cristianos, el peregrino simbólico desea regresar a un lugar que, en unas culturas, es la patria celeste de donde habría salido (3) o, en otras, el Paraíso perdido con el que se sueña. 
Ahora bien, por el medio hay dificultades de diversa índole, pruebas y tentaciones. La caída, la propia vida y el cielo son los tres eslabones del itinerario de nuestro peregrino de piedra, como la partida, los avatares del camino y el gozo de la llegada lo son del que realiza el peregrino de carne y hueso. 
Pues bien, lo primero que tenemos que destacar es que buena parte de la teoría musical medieval y renacentista puede entenderse de manera clara, sistemática y en su sentido más profundo y superestructural, como una guía que muestra el camino de perfección capaz de elevarnos hasta la deslumbradora e inefable presencia de la divinidad. Exactamente igual a como ocurre en la peregrinación simbólica. 
(…) Será a partir del Renacimiento carolingio cuando la música cotidiana —es decir, el canto gregoriano de la liturgia— se conciba, cada vez con más fuerza, como un adelanto de la música que está más allá de nuestros oídos; o sea, como una música que, en realidad, mira hacia lo alto, al igual que el peregrino de Salamanca y como pide Juan de la Encina a su alma. 
Regino de Prüm (s. IX) lo expresó así: «La música natural precede con mucho a la artificial, pero nadie puede reconocer la fuerza de la música natural a no ser mediante la artificial».Y luego añade: «de la misma manera que mediante una cosa visible podemos demostrar lo invisible » (4).
La peregrinación y la teoría musical recorren trayectos comparables y, así como el camino se fragmenta en las sucesivas etapas, el ascenso místico-musical se organiza de manera discreta (5) en tramos que lo son a la vez en el plano acústico y en el moral. La tradición hermética gustó de las formas piramidales, equivalentes a la montaña escalonada y coronada por un templo que encontramos en diversas culturas y épocas. Mas una escalera —como aquella del sueño de Jacob, recorrida por ángeles que suben y bajan— anclada firmemente en la tierra y elevada hasta el cielo, puede erigirse en el símbolo más apropiado para el ascenso músico-espiritual, merced al firme paralelismo entre los tramos del itinerario musical por excelencia —la escala— y los tramos del trayecto místico, iniciático o cosmológico. Como lo expresó Jean de Gerson, autor que vivió entre los siglos XIV XV: «es necesario que suba de grado en grado quien quiere alcanzar el extremo superior de la escala o de la torre» (6) .Tal subida se opera at ravés de un instrumento místico-musical llamado precisamente «Canticordum du pèlerin» (Canticordo del peregrino) y cuyo contrario es el «discordum». 
El tratadista inglés Robert Fludd representa —por poner un ejemplo que limita cronológicamente con la caída de este tipo de entramados teóricos— acaso el máximo grado de articulación y matización de la potente corriente de neoplatonismo que había alimentado la teoría musical desde el siglo IX. Su sistema, llamado indistintamente sistema o escala, enseña a «ascender a través de las cinco fuerzas internas del alma «hacia las regiones superiores y hacia el solio del Creador para la inefable armonía del alma» (7). Esas fuerzas, naturalmente, van desde lo sensible hasta la fusión con la divinidad y la sabiduría. La imagen que ilustra sus explicaciones (y esta entrada) no puede resultar más clara. 
Todavía en la España del siglo XVIII Diego de Rojas explicaba el solfeo exacordal nacido después de Guido (siglo XI) mediante un soporte manifiestamente simbólico deducido de los peldaños de una escalera, el estrechamiento asociado a la agudeza y a la elevación y el remate con un castillete de órgano como pars pro toto de la Jerusalén celeste. 
Para concluir, citemos de nuevo a Gerson, ahora con las palabras que cierran su Canticordum du pèlerin
«Hemos hablado del canto que le es propio a una criatura razonable, en tanto que su canto aproxima más a ésta del paraíso en perdurable eternidad; cuyo canto del corazón llamamos canticordo de la alta escala, que pertenece al corazón después de haber sido sensual, y después de espiritual ha llegado a ser celestial, a saber, de la devoción a la especulación y luego a la contemplación» (8).

* Esta entrada recoge unos pocos párrafos de un antiguo artículo nuestro. Angel Medina: “Notas sobre la simbólica musical del camino”. CUADERNOS DEL CEMYR nº 6,1998 (pp. 63-80). Disponible completo en el Repositorio de la Universidad de Oviedo: 
http://digibuo.uniovi.es/dspace/handle/10651/22325

Notas
1, Luis Cortés Vázquez, Ad summum caeli. El programa alegórico humanista de la escalera de la Universidad de Salamanca, Salamanca, Ediciones de la Universidad de Salamanca, 1984, 104 págs. 
2. Juan de la Encina, Viaje y peregrinación que hizo..., Madrid, Pantaleón Aznar, 1786, p. 14. El viaje del poeta tuvo lugar en 1519, «terciado ya el año», precisa el propio autor. Viajó desde Roma a Jerusalén, vía Venecia. 
3. Juan Eduardo Cirlot, «Peregrino», en Diccionario de símbolos. Madrid, Ed. Siruela, 1997. 
4. Regino de Prum, Epistola de harmonica institutione, Gerbert, Scriptores..., I, p. 236. 
5. Desde la tratadística griega se distingue el sonido discreto o graduado interválicamente, del continuo, que presenta fluctuaciones libres. 
6. Jean Gerson, Canticordum du pèlerin. Œuvres complètes, París, Tournai, Roma, Nueva York, Desclée & Cie., vol. VIII, p. 124. 
7. Robert Fludd, («De la práctica de la música compuesta del alma», 1619) en Escritos sobre música, edición de Luis Robledo, Madrid, Editora Nacional, 1979, p. 209. 
8. Gerson, op. Cit.