que en otro tiempo
fuimos”.
Johann Wolfgang Goethe
Firma invitada, autor del artículo: Luis Bodelón
Reconocerse en la vida es reconocerse en sus signos, miradas y caracteres que nos van retratando un cuadro que, siempre más hacia adentro, termina por aclararnos que no es él quien cambia, sino nosotros, los muy pequeños, para quienes él se levantó una vez, mientras nos íbamos demorando en huellas que nos enseñaron a ver y a vivir en ruta, cuando la perspectiva es grande.
Los momentos se pronuncian, callan, se aquietan... Hay la historia y hay los días, y una ciudad: Viena. Ella parece soñar aún con los pasos de sus hombres y recuerda que sin ellos ya no sería la misma, hija y sin fin de la música. Pero es tarde. El kavalier ha visto con nostalgia cómo se ha demolido la muralla y el propio Francisco José, descendiente de la casi milenaria Habsburgo, la monarquía más vieja de Europa, no puede oponerse al ritmo de los cambios. Ha prohibido edificios nuevos en la ciudad y la existencia de ascensores en los castillos imperiales. Pero no puede evitar que haya automóviles y que todo parezca más veloz que en el pasado. Sin duda existe cierta incomprensión por su parte, pero no importa, las tierras del Danubio son tan grandes como antes y florecen con la misma primavera que hacía escribir a otro emperador, a Marco Aurelio, pensamientos tan acertados como: “El Universo es el Estado más antiguo y el mejor legislador”, en la ribera derecha del Danubio, en la Panonia, hacia el año 170, tras de Cristo.
Y Marco Aurelio, que supo ser rey y sabio porque antes que rey fue filósofo, seguramente no se habría desconcertado si al acudir a Vindonoba, esa pequeña castrum que defendía la frontera de la luz que, aunque con mil sombras, proyectaba Roma frente a los hombres rubios, no se habría desconcertado si la hubiera visto cambiar y transformarse de repente en Viena. No. ¿Por qué iba a a hacerlo? Él amaba la música. Y la literatura, la filosofía, el arte, no eran allí desconocidos.
Uno podía pasear por la Mölkerbastei, donde vivió Beethoven, o por la Votivkirche, donde viviera Schubert, y conversar, con esos recuerdos favorables, de lo que había significado la última dirección de Mahler o aquella conferencia de Rainer María Rilke sobre Rodin, el 13 de Noviembre de 1907:
“La sala permaneció iluminada; así pude observar las impresiones personales de los asistentes; había rostros en los que yo constataba, con alegría, la animación, el despertar de la acción interior. Había mujeres dulces y bellas; había toda una juventud. Al final sólo fue un silencio, uno solo y vibrante, tal como una campana que acabase de tocar...”.
Y las campanas sonaban. En los Gymnasium son muchos los jóvenes qe copian poemas en los márgenes del libro de latín y que anotan sentencias, con entusiasmo, enseñándose unos a otros los primeros, y los segundos, y los terceros poemas, aprendiendo juntos.
Tiempos en los que Stefan George escribe: “... ríen flor y juventud y el canto es entonado”, o tiempos en los que Sigmund Freud escribe a Lou Andreas Salomé: “Usted tiene ahora probablemente dos fotos mías y yo ninguna de usted. ¿Le parece a usted esto justo? Por supuesto, el remedio no consiste, a mi entender, en que usted me devuelva una de las dos”, o, más aún, tiempos en los que Norbert Hellingrath redescubre a Hölderlin y versos como: “Nunca comprendí las palabras de los hombres. Me hice grande en brazos de los dioses.”
Es en este mundo de luz en el que creció Stefan Zweig. Su obra apunta hacia la voz del sol, es cierta, bella y, sobre todo, mantiene siempre, por encima de los colores, como valor más alto, el de la dignidad, la ética y la verdad humana.
Como Vigny, él ama la majestad del sufrimiento humano en la medida en que se convierte en superación de sí mismo y en creador de alegría. Ahí ya no hay condición, sino dignidad. Y de la dignidad a lo sereno solamente hay un paso, un paso que, sin embargo, una época ciega, la que siguió, iba a tender a romper.
Sus personajes se debaten a menudo entre esos dos polos: la superación y la condición. Confusión de sentimientos, Miedo, Amok, Carta de una desconocida, La piedad peligrosa, Venticuatro horas en la vida de una mujer, trazan siempre existencias en las que como en el fatum griego, el personaje no puede hacer otra cosa que lo que hace, por encima suyo, y, sin embargo, manteniendo siempre un sentido interior de grandeza, un saber qué es lo cierto, que es suficiente para deshacer la mirada equívoca de las acciones y mostrar que, no obstante lo trágico, en la mudez se vence.
Lo mismo ocurre en sus biografías. María Estuardo, María Antonieta, son dos mujeres que a la vez son reinas y es en la balanza entre el peso específicamente humano y la situación histórica donde se nos descubrirá el carácter. En estos dos casos, como en Fouché, toda acción interior se resuelve en suceso, toda reflexión en acto. Se diría que lo personal no puede hacer otra cosa que acceder a ese alrededor de sí mismo porque lo individual ha sido puesto, indefectiblemente, en el lado de lo social y, en este caso, en un tiempo tan violento que lo salvaje toma carta de justicia y hace morir a dos mujeres, sólo porque se las llamaba reinas, bajo una misma palabra: Decapitación.
Algo que tiñe irremediablemnete de inocencia a la víctima y de culpabilidad al juez, porque, ¿cómo levantar en juicio lo que no es, en sustancia, humano, lo que sólo puede llamarse, con paciencia, ignorancia, porque una palabra más grave heriría el aire y que parece recordar a una especie anfibia, inhumana, que, entre lo animal y el hombre, parece recorrer –parece– el azul del mundo?
Pero también hay montañas, pasos que se pueblan en soledad y olas que se escuchan sólo en lugares lejos, cuando la brevedad es misterio y el silencio alzar. Entonces, ya, estamos fuera de cualquier época. Lo personal se olvida y se parece al mundo o, por el contrario, no queda libre y vaga entre sí y su época en un azorado exilio entre el ideal y el viento.
Nos encontramos ahora con vidas que han crecido en una especie de tierra de nadie, lejos de los límites de la aldea, interiores que se han probado en su distancia y que no han dudado en avanzar, porque, precisamente, en ellos no se daba otra posibilidad que la que tiende a explorar y a plantar las raíces con más profundidad que antes y en una tierra que no podía ser la misma que la de la aldea porque en ella era extraño ese modo de sentir, o de querer, o hacer... Por qué nuevas tierras, por qué nuevas plantas? ¿No tenemos ya, con suficiencia, trigo y leche y casa y comida para vivir? ¿Pero quiénes sois vosotros, aventureros, no os dais cuenta de que ya es suficiente, de que ya es suficiente, con lo que hay? Pero no. No es suficiente. Desde siempre no ha sido suficiente y esa “insuficiencia” ha sido la que ha hecho avanzar lo humano y la que nos da la distancia de su grandeza, ese “ser en sobrepasar de sí”.
Pero, ¿qué ocurre..., qué acentos son esos, por qué esos plantadores, esos sembradores, se pierden de repente y no encuentran sus pasos o, incluso, quienes los conocen ya no los conocen? ¿Qué horizonte han visto que han quedado mudos, ellos, que tanto lo conocen y que en él tanto han crecido? ¿No es como si lo humano no pudiera más, como si se rebasara el vaso que puede en una mano y, todo fuera ya, agua, para el agua de donde se comenzó a beber? Kleist. Nietzsche. Hölderlin. Ya todo es lejano. El hombre olvida ahí su parte de tragedia y se vuelve a la leyenda. Fuente de Diana. Gnosis, ¿quién te ha contemplado...? ¿No es como si la tierra necesitara de sí esos signos para reconocer su estirpe? Y ellos, que nos dejaron signos, ¿no son ellos los mensajeros de una latitud sin bordes? Como el halcón, que antes de describirse se convirtió en misterio.
Haz de llamadas. Así son los mensajes de Zweig. Se escuchan resonar desde cerca las voces del corazón y uno no puede dejar de incorporarse al canto. Balzac, Sthendal, Dickens, Dostoievsky, Rolland, Freud... ¿Cómo no sentirse asustado ante la ingente obra de documentación y búsqueda que él llevaría a cabo. Y los museos, archivos, bibliotecas y casas privadas consultadas no significan nada si estimamos la actividad interior que significa mantener, desde los 19 años, fecha en que Stefan Zweig publica sus primeros poemas, hasta 1940, época en que escribirá su Brasil, país del futuro, esa necesaria vibración que nos da el tono creativo y su concrección en obras no obstante el desconcierto de que se rodeará aquel tiempo.
Hay cuatro décadas, cuarenta años, que expresan una trayectoria vital que no deja de sostenerse y de impulsarse. En su lugar de trabajo, en Salzburgo, le visitarán James Joyce, Thomas Mann, Wassermann, Wells, Valéry, George Brandes, Emil Ludwig, Hofmannsthal, Bruno Walter, Alban Berg, Bartok, Richard Strauss, Toscanini... Sus libros alcanzarán tiradas inusuales, Amok y Carta de una desconocida serán llevados a la pantalla. Momentos estelares de la Humanidad se leerá en los colegios y alcanzará al poco tiempo, en la “Colección Isla”, los doscientos cincuenta mil ejemplares. Y es en esta época del primer cuarto de siglo cuando la estadística de la Cooperación Intelectual de la Liga de las Naciones lo sitúa como el autor más traducido del mundo.
Y, “así, trabajando y viajando, leyendo y aprendiendo, disfrutando del placer del coleccionismo pasaron para mí los años... Poseía una hoja del libro de trabajo de Leonardo, una versión primitiva de El Origen de la Tragedia, de Nietzsche, que él, mucho antes de su publicación, escribió para su amada Cósima Wagner; una cantata de Bach y el aria de Alcestes, de Gluck; otra aria de Haendel, cuyos manuscritos musicales son los más raros de todos... En algunos casos conseguí incluso reconstituir el proceso total de la vida de una individualidad creadora. Así, poseía una página de Mozart con los torpes rasgos del niño de once años, y también como muestra de su arte de la canción, la inmortal “Violeta”, sobre el poema de Goethe. De su música bailable, los minuetos que parafraseaban el “Non piu andrai”, de Fígaro; y también de Fígaro, el aria del Querubín. Además, las cartas cautivadoramente inmorales (nunca publicadas íntegramente) dirigidas a una prima; un canon escabroso, y, por último, una hoja que había escrito poco antes de su muerte: un aria de Tito. No estaba menos redondeado el arco de la vida de Goethe: la primera página era una traducción de latín que hizo a los nueve años; la última, un poema escrito a los ochenta y dos, poco antes de su muerte; y entre ambas, una enorme hoja perteneciente a la obra cumbre de su creación, un folio del Fausto; un manuscrito de su producción sobre ciencias naturales, numerosas poesías y algunos dibujos de las más diversas épocas de su vida. En aquellas quince láminas se abarcaba toda la vida de Goethe... Mi propósito, bien meditado, era legar aquella colección sin par a un instituto que se aviniera a cumplir la condición de destinar anualmente una suma determinada para seguir completando la colección tal como yo lo hacía...”. (Die Welt von Gestern, Stefan Zweig, El mundo de ayer, Juventud, Barcelona, 1968).
Mundo de continuidad, mundo de hechos... Europa, no obstante, vacila en el espejo del agua. Hay naves aún, hay confianza, ¿pero qué son esos ademanes que nada dicen de altura? ¿Qué significa esa sed? ¿Qué esas redes de miedo y qué esas miradas cerradas? ¿No apunta la historia un naufragio...?
Pero habrá aún el agua. Pasada la tormenta serán muchos los que inicien, si no con ilusión, sí con fortaleza, la nueva ciudad de madera en la ribera del mar. Tan débil como antes, sí, pero también con aquella esperanza que hizo trabajar, con su deseo, a tantos seres humanos en la realidad de un mundo.
Cuando se llega a la orilla acuden a los labios nombres que la tormenta tocó. Uno de ellos sería el de Stefan Zweig. Su humanismo sobrevivió a su muerte, una muerte que él y su esposa encontrarían, por elección propia, un 23 de Febrero de 1942. ¿Por elección propia? ¿No sería aquella elección una elección por la Vida? ¿Por una Vida que amaban tanto como para morir por ella?
Tierra, que siempre sean tus huellas tan ligeras.


Personas. Stefan Zweig: Una vida de Europa. Por la Humanidad.