viernes, 1 de mayo de 2026

Stefan Zweig: retazos musicales de El mundo de ayer


El mundo de ayer es el título de la autobiografía del escritor austriaco Stefan Zweig (Viena, (1881; Petrópolis, Brasil, 1942). Fue publicado póstumamente en 1944. El subtítulo (Memorias de un europeo) es ya de por sí toda una declaración de intenciones y adelanta uno de los motivos recurrentes de sus preocupaciones vitales: la unidad espiritual de Europa. . 

Zweig tuvo que padecer cinco años de escuela y ocho de Gymnasium (enseñanza secundaria), Aquellas dos primeras etapas escolares le resultaron verdaderamente tediosas a causa de la rigidez e inmovilismo del sistema pedagógico en uso por entonces. No era raro que, ya en los cursos altos del Gymnasium, los alumnos estuviesen leyendo subrepticiamente a los nuevos literatos –mientras los profesores explicaban de manera rutinaria los mismos conceptos y autores de mucho tiempo atrás– o que se ausentasen masivamente de las clases para asistir a determinados estrenos musicales o teatrales. Zweig se tituló en Filosofía en la Universidad de Viena, aunque lo que realmente le interesaba era su vocación literaria. 

En Viena se había ido creando un ambiente sumamente propicio para el cultivo de las artes. Como capital imperial tenía la obligación de deslumbrar a propios y extraños y a ello contribuía particularmente el esplendor de la corte. Fue así como se desarrolló una auténtica pasión por el teatro, la música y la conjunción de ambos en la ópera. Cuenta Zweig que el mero hecho de “ver a Gustav Mahler por la calle era un acontecimiento que uno contaba al día siguiente a sus compañeros como un triunfo personal”. Si fallecía una prima donna o un célebre actor la conmoción afectaba a toda la ciudad. El propio Zweig recuerda fascinado el día que, siendo un niño, tuvo el honor de saludar a Brahms y cómo este le obsequió con “un golpecito amistoso  en el hombro”. Los grandes creadores gozaban de una popularidad y aprecio solo comparables a la admiración que habían disfrutado algunos legendarios castrati de antaño o al furor de los fans de las modernas estrellas de la música popular o del cine.

II. 

En una sociedad tan orgullosa de su cultura y de su manera de ser –optimista, equilibrada, integradora de numerosas influencias como centro de un imperio supranacional–, siempre acechaba el peligro de la mitomanía y el fetichismo. Con motivo del cierre por demolición del Burgtheater, los asistentes al concierto de despedida no acababan de levantarse de sus asientos a su término; y no se fueron sin llevarse de recuerdo no pocos trozos de madera del escenario. Refiere Stefan Zweig que muchos de los asistentes conservaron aquellas astillas en primorosas cajitas, como si fuesen “fragmentos de la vera cruz”. 

No faltaban las sombras en este contexto y, así, mientras seguían sonando los valses en la corte, se mantenía vigente una moral decididamente patriarcal, al tiempo que se producía un auge insospechado de la prostitución, entre otros hechos que delataba la condición de gigante con pies de barro del imperio austrohúngaro, por decirlo acon una imagen muy usada por diversos autores, entre ellos Robert Musil.

A sus 19 años, Stefan Zweig publica su primer libro, una colección de poemas titulada Cuerdas de plata, que fue rechazado por el escritor en su madurez. Sin embargo, le proporcionó una inmensa alegría cuando Max Reger le pidió permiso para musicar seis de aquellos poemas. También recibió un libro a modo de felicitación de parte de su admirado Rilke, de quien posteriormente sería entrañable amigo.

Es de sobra conocido que Zweig era un extraordinario melómano y que tuvo amplio trato con los músicos más representativos del momento. Zweig escribe: “Una estrecha amistad me unía a Busoni, a Toscanini, a Bruno Walter y a Alban Berg. Pero no conocía a ningún compositor de su época al que estuviera más dispuesto a servir que a Richard Strauss”. También tuvo como huéspedes en su casa de Salzsburgo a figuras como,Ravel, Bartók o a algunos de los ya antes citados; o, entre los literatos, a Thomas Mann, Hofmannsthal, H. G. Wells, Joyce, Paul Valery, así como a su gran amigo Romain Rolland, escritor y musicólogo, entre otros. Pero antes de aludir con más detalle a R. Strauss, me permito unas líneas sobre la pasión coleccionista del escritor.

 

III.

El coleccionismo fue un fenómeno muy extendido en su generación. El joven Stefan conseguía que los grandes músicos y actores le firmasen autógrafos, como también hacían muchos de sus compañeros de instituto. Con el paso del tiempo, comenzó a pulir su colección de un modo casi profesional, pues se dedicó a recopilar manuscritos, tanto de borradores como de obras acabadas. Muchas veces se trataba de simples folios sueltos; otras, conseguía la obra manuscrita completa. Por cierto, su colección no se limitaba a la música, sino que daba cabida a este mismo tipo de documentos procedentes del ámbito de la literatura, el arte o la filosofía. Así fue construyendo unos fondos valiosos y singulares que incluía originales de Bach, Mozart, Beethoven, Leonardo de Vinci, Goethe o Balzac, entre otros. 

No hay biografía de Zweig, por sintética que sea, que no recoja esta afición del literato. Sin embargo, no se suele destacar el valor de algunas de las razones que le movían a este tipo de coleccionismo, que son las de servirse de tales fuentes para indagar a fondo en las intenciones del creador. En otras palabras, el escritor nos recordó las posteriores teorías de Molino/Mattiez sobre el análisis de una obra musical. En su célebre tripartición, distinguen entre la fase de poiesis, el nivel neutro y la estesis. Pues bien, la poiesis tiene que ver con los procesos de génesis, con la intencionalidad del autor, con la pulsión que guía la mano del compositor a la hora de crear una obra. El nivel neutro habla de esta como un ente acabado, inmanente; y la estesis estudia la recepción de la obra en la sociedad. Beetoven fue el compositor favorito de los primeros analistas musicales, pues sus abundantes borradores permitían reconocer por dónde habían discurrido los derroteros de una melodía desde su fase de ideación hasta haber adquirido su forma definitiva. Es recomendable acudir a El mundo de ayer para captar todo el énfasis que pone Zweig en su esfuerzo para ahondar en esos primeros momentos genesíacos que pocas veces sabemos a ciencia cierta cómo se producen. Y aquí vendría bien la distinción entre los creadores inspirados en el sentido del Ion platónico y los longinianos (De lo sublime, de Pseudo Longino), dualidad sobre el genio creador estudiada por  el filósofo de la música Peter Kivy. 

 

IV.

Como cierre de estas líneas, recordaré algunas de las circunstancias que rodearon la génesis de su libreto para la ópera La mujer silenciosa, de Richard Strauss. El caso es que Zweig se había dedicado poco al teatro, en parte por una serie de casualidades funestas, como el fallecimiento de varios de los actores que iban a estrenar su Jeremías. Tal como lo cuenta Zweig,, parece que la obra estaba gafada por algún hechizo.

El escritor describe su relación con Richard Strauss de un modo que no oculta su respeto y admiración para quien era considerado el mejor exponente de la música germánica de su tiempo. El contacto entre Strauss y Zweig se inicia de forma epistolar en 1931, a través de un amigo común. Strauss pronto le consulta sobre la posible realización de un libreto de ópera. Dicho sea de paso, el compositor frisaba los 70 años por entonces y reconocía una cierta falta de energía para la música instrumental, pero la ayuda del texto le permitía seguir activo en la ópera. Hay que tener en cuenta que Hugo von Hofmannstthal, el gran poeta y libretista de sus mayores éxitos en el teatro lírico, había fallecido en 1929. 

Zweig no se lo acababa de creer, si bien se puso manos a la obra inspirándose en una comediade Ben Jonson (ss. XVI-XVII). En 1933, coincidiendo con la toma del poder del nacional socialismo, el libreto de la ópera estaba ya prácticamente acabado. Muy sorprendido por lo cordial de las relaciones que mantenía con el compositor, tanto en persona como por carta, se admira de que a R.Strauss le pareciese perfecto el material que le iba entregando. Y lo cierto es, asegura, que Strauss no le hizo cambiar ni una coma en su libreto, salvo un añadido puntual de unos pocos versos. Ciertamente, las relaciones entre ambos artistas fueron buenas, pero la correspondencia que sostuvieron –y que Luis Bodelón aprovecha inteligentemente en su monografía, abajo citada–, deja a la luz una discusión aún más rica que la que pudiera deducirse de las memorias del libretista y que indaga sobre el propio hecho creador, literario y compositivo.

El giro de guion vino dado por las circunstancias políticas. Hitler había alcanzado el poder y había lntensificado la persecución a los judíos. Se prohibieron las estrenos de autores no arios y, como Zweig pertenecía a una familia judía, supuso que Strauss abandonaría el tándem y se buscaría otro libretista, Esto ocurría en 1935, con la obra ya acabada y a punto de ser estrenada. Pero el escritor se confundía, pues Strauss no lo dejó en la estacada y forzó una excepción haciendo uso de su enorme prestigio y de que, paralelamente, había sido elevado a presidente de la Cámara de Música del Reich, colaboracionismo que fue bastante criticado por algunos de sus biógrafos. 

La mujer silenciosa, se estrenó con éxito en Dresde, en junio de 1935. A los pocos días fue cancelada por los nazis. Zweig no asistió, pues por entonces ya no vivía permanentemente en su país.  Cierta carta privada de Strauss llegó a manos de la cúpula nazi y forzó la prohibición de la ópera y su cese como presidente de la Cánara de Música del Reich. Resultan muy interesantes las cartas que ambos artistas se crruzan antes del estreno, cuando, por iniciativa de Strauss, los dos autores se plantean nuevos proyectos de colaboración, entre las dudas de Zwejg por la prohibición nazi y el optimismo de Strauss. Barajaron incluso temáticas españolas, como La Celestina y diversas obras de Calderón, todo lo cual está muy bien analizado en el libro de L. Bodelón antes mencionado, que recomiendo vivamente para mayor información.

Como curiosidad, no está de más recordar que, en octubre de 1942. ocho meses después de que Zweig y su esposa se suicidaran en su residencia brasileña de de Petrópolis, Strauss estrenaba su última ópera, Capriccio. El germen de este trabajo crepuscular se hallaba en un texto de Stefan Zweig. Era solo el punto de partida. De hecho, el libreto fue obra de dos autores (Joseph Gregor y el director Clemens Krauss), pero viene a simbolizar una prolongación del lazo existente entre ambos extraordinarios creadores cuando Zweig ya había abandonado sus mundos de ayer y de hoy para entrar en la eternidad de la gloria artística.

 

 Ilustración

Palacio Belvedere (Viena). Foto de Ignacio Medina. 

 

 Referencias

Bodelón, Luis: La mujer silenciosa. Historia de una ópera. Richard Strauss y Stefan Zweig (1931-1935). Ed. Sapere aude, 2020.

Nattiez, Jean-Jacques: Musicologie génerale et sémiologie, Christian Bourgois Ed.1987.

Zweig, Stefan: El mundo de ayer. Trad. De Joan Fontcuberta y Agata Orzeszek Ed. Acantilado. Versión en audiolibro de la platafoma Aurible, Ed. Staryside, 2024.

 

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