jueves, 1 de enero de 2026




Hoy traigo una pequeña curiosidad a este blog. Se trata de la confrontación entre la música y la pintura que el militar, pintor y escritor Xavier de Meistre (1763-1852) expone en su célebre libro Viaje alrededor de mi habitación, publicado a fines del siglo XVIII. El singular y paródico título alude a las observaciones hechas por Maistre durante los cuarenta y dos días que pasó en arresto domiciliario por causa de cierto duelo. El autor toma la condena con humor y empieza a recorrer su estancia, encontrando que está llena de maravillas, especialmente las encerradas en su biblioteca. De forma que en los cuarenta y dos breves capítulos de que consta su libro se tratan casi otras tantas cuestiones.

En las primeras páginas de su obra el autor canta las virtudes de esta modalidad de viaje que no necesita cambiar de espacio para regalar extraordinarias aventuras. No se olvida de subrayar lo barato que es este periplo y lo apto que resulta para las personas de cualquier latitud o estamento social, para las gentes temerosas de los peligros de los viajes reales y aun para quienes están enfermos y no conviene que salgan de casa.

Maistre describe su habitación como escenario de su viaje y se detiene para valorar, muy entusiasmado, la existencia de libros, escritorio y pluma, extraordinarios recursos para que el tiempo pase sin darse uno cuenta. A este equipaje espiritual añade una cama (de color rosa, muy a la moda), mueble del que dice que pasamos en él media vida para descansar de los inconvenientes de la otra media. También hay una silla para arrellanarse en plena meditación; y una chimenea, tan grata en los días de invierno. El oficial saboyano toca los asuntos más variados que uno se pueda imaginar. Así, concibe al ser humano como un compuesto de alma y bestia, partes no siempre bien coordinadas. Esta temática metafísica no impide que, a las pocas páginas, nos topemos con la cotidiana presencia de su fiel criado Joannetti, encargado de vencer la pereza del oficial a la hora de abandonar el lecho con el sistema de permanecer inmóvil y silencioso ante su aún medio dormido señor. Ya se sabe que el reproche mudo es más severo que el que se muestra con más alboroto. Precisas son igualmente las menciones a su perrita Rosina, de la que valora, sobre todo, que nunca se olvida de él, como fue el caso de no pocos amigos, amantes y conocidos.

Las referencias culturales son abundantes y sutiles. Hay guiños al Werther, de Goethe, a Laurence Sterne (Tristam Shandy), entre otros. A través de los cuadros y reproducciones de pinturas que adornan las paredes de su habitación nos ofrece un paseo por una exposición de escenas , como la muy tremenda de Ugolino y sus hijos, que recoge Dante, o La pastora de los Alpes, iconografía repetida por diversos pintores.

En el día veinticuatro de su arresto (capítulo 24 del libro) observa que ha concluido sus anteriores reflexiones en un tono un tanto sinestro, por lo que se ve obligado a introducir una «disertación» que lo tranquilice y que actúe –dice– como «un pedazo de hielo sobre mi corazón». Su meditación se centrará en la pintura comparada con la música; o, más en concreto, sobre «la preeminencia del arte delicioso de la pintura con respecto al de la música»

Maistre fue un pintor reconocido que combinó esta dedicación con su vida militar y otras actividades, de manera que su visión parece un tanto sesgada a favor de la pintura. Por esta razón, el primer punto de comparación entre ambas artes es más bien tramposo. Sostiene Maistre que la pintura nos lega obras que permanecen eternamente, en tanto que la música, aunque deja partituras, está sujeta a los caprichos de la moda. Que no es un tipo demasiado impuesto en la música, se ve a la legua; pero incluso sorprende lo que dice de la pintura, como si un cuadro de su admirado Rafael, otro de Caravaggio y un tercero de cualquier pintor de cuadros de historia en estilo pompier, tan característico de su tiempo, no fuesen distintos y no sufriesen la influencia de las corrientes de opinión sobre los estilos artísticos. Para argumentar la idea de que «la música está sujeta a la moda, y la pintura, no», el arrestado lanza un párrafo donde no caben sutilezas y distinciones, por lo que resulta tendencioso: «Las piezas de música que enternecían a nuestros abuelos son ridículas para los aficionados de nuestros días, y se las pone en las zarzuelas bufas para hacer reír a los nietos de aquellos a los que antaño hicieron llorar». En el francés de la edición original se habla de «opéras bouffons» (o sea, «óperas bufas» y no «zarzuelas bufas»). Aquí procede distinguir entre el mercado de la pintura y la industria del teatro lírico de fines del siglo XVIII. Una persona acomodada podía tener los mismos cuadros en su casa (algún retrato, una escena sacra…) durante toda su vida, pero ese mismo burgués asistía de continuo a la ópera, que, lógicamente, iba cambiando su repertorio con frecuencia. Podía ocurrir que algunas arias triunfasen en los estrenos y entonces se popularizaban y circulaban dentro de las veladas de música doméstica que se celebraban por doquier. Por tanto, a un nivel mundano, el repertorio lírico estaba limitado por una cierta condición efímera. El noventa por ciento de las óperas que se escribieron en Europa está olvidado, pero no menos lo está una buena parte del patrimonio pictórico de los últimos cinco siglos. Sin embargo, también en la música existe la eternidad, como se ve en la polifonía clásica de los Palestrina, Victoria, Morales…; o en Bach, que casi nunca dejó de escucharse y cuya fortuna crítica aumentósustancialmente desde la revaluación del siglo XIX hasta el culto que se le rindió en el siglo XX y que se prolonga hasta la actualidad. .

En el capítulo 25 continúa el debate. El escritor hace comparecer a una cierta señora de Haut Castel, quien, muy enérgicamente replica que nada importa que la música de Cherubinj o de Cimarosa sea distinta a la de quienes les precedieron; tampoco importa que la música del pasado haga reír a algunos si la del presente emociona a su público; y, en fin, aduce la dama que sus gustos no tienen por qué ser como los de su tatarabuela. Para remachar sus argumentos, la señora de Haut Castel pasa al ataque: « ¿A qué viene usted con la pintura, con un arte que no es apreciado más que por una clase muy reducida de personas, mientras que la música seduce a todo lo que respira?» El escritor reconoce haber quedado sin respuesta ante las observaciones de la dama. No sin humor, jura que no es una estrategia de músico y que acaso no hubiese argumentado como se ha dicho de haber estado avisado. Da entonces un giro a su posición y admite que tanto la música como la pintura podrían tener igual mérito. Pero, acto seguido, apunta que no ocurre lo mismo si hablamos del músico y del pintor; es decir, no del arte sino de los artistas. Explica que existen niños capaces de tocar el clave como maestros, pero afirma asimismo que «no se ha visto jamás un buen pintor de doce años». Ello es así (y de nuevo se le ve el plumero) porque «la pintura, además del buen gusto y del sentimiento, exige una cabeza que piense, sin la cual pueden pasarse los músicos». 

Salen aquí a relucir dos temas de interés. Por un lado, los niños prodigios, de los que se ha comentado su difícil situación personal y artística. Y, por otro, la antiquísima desconsideración hacia la práctica musical, de la que se va saliendo en los siglos finales de la Edad Media. Mas de nuevo la comparación es engañosa, pues en la música no solo hay ejecutantes, sino también compositores que son los agentes creadores con los que se podría comparar a los artistas plásticos. Por cierto, estaba uno pensando en esta objeción cuando descubre que, al final del capítulo, Maistre reconoce que esta misma refutación le dejaría desarmado. Además –añado–, la propia interpretación musical cuenta con numerosas tradiciones y escuelas interpretativas y posee también procedimientos que van más allá del oficio mecánico. La retórica musical, por ejemplo, aún se usaba en la época de Maistre y no solo era cosa del compositor, sino también del intérprete. Así se puede comprobar en los textos de Mersenne y en las exigencias que dispone para desatar las pasiones del alma en los oyentes. Sin embargo, el saboyano insiste en que ve a diario no ya a los niños, sino a «hombres sin cerebro ni corazón sacar de un violín, de un arpa, sonidos melodiosos que transportan nuestras almas». El mílite refuerza este razonamiento con sus propios términos. La bestia humana puede aprender a tocar el clave y luego el alma se complace con la mecánica de los dedos, actividad que nada tiene que ver con ella. Pero el pintor ha de poner toda el alma en cada pincelada, lo que no deja de ser sugerente pero gratuito. 

Concluye el capítulo con otra concesión: «Al principiar el examen de una cuestión se adopta de ordinario un tono dogmático, porque está uno en sus adentros ya». Y añade una sensata confesión: «decidido, como yo lo estaba realmente a favor de la pintura, a pesar de mi hipócrita imparcialidad, pero la discusión suscita la objeción, y todo acaba en la duda».

Esta disertación de Maistre ha de entenderse en el contexto de las clasificaciones y jerarquías de las artes en la época de la Ilustración. Aquí ya no hay espacio para ello, pero lo cierto es que, desde un tono jovial y a veces humorístico, Xavier de Maistre se muestra como un hombre culto y de ingenio, capaz de plantear dudas y cuestiones de un interés que atraviesa los siglos. Naturalmente, esta idea de explorar la totalidad desde un ámbito reducido tendría fortuna (y no solo en El Aleph de Borges). 

 

 

Ilustración

La pastora de los Alpes. Grabado de Auguste I Blanchard. Frontispicio de la edición de 1796 citada más abajo..

 

Ediciones usadas

Xavier Maistre, Viaje alrededor de mi habitación. Bogotá, Libro al Viento, 2020.

Xavier Maistre, Voyage autour de ma chambre. Parìs, Impr. Dufart, 1796. Disponible en Gallica, BNF:

 https://gallica.bnf.fr/ark:/12148/btv1b8615773p/f161.vertical#