jueves, 10 de diciembre de 2015

Santa Eulalia: himnos para la niña mártir

 
I.
El 10 de diciembre se celebra la festividad de Santa Eulalia, la niña mártir de Mérida cuyas reliquias se conservan en la catedral de Oviedo.
Santa Eulalia —esa misma "ñeña" que Antón de Marirreguera cantó en versos fundacionales de la literatura astur y cuyas cenizas hace entrar en Oviedo, en tiempos del rey Silo, "con gaites y procesión"— fue destinataria de muchas composiciones musicales a lo largo de los siglos. Y también lo fue de una liturgia específica en el Oviedo del siglo XVII.
Dicho rezo propio no sólo resultaba operativo para la diócesis asturiana sino que, tras diversas gestiones ampliamente estudiadas por el profesor Justo García, el oficio pasa a ser aceptado en otras diócesis y, en consecuencia, acabará siendo incluido oficialmente en los breviarios romanos del momento dentro del santoral hispano.
En el documentado estudio de Justo García no hay ninguna alusión a la música de dicha liturgia. Sin embargo, indagaciones de cierto tiempo atrás me permitieron conocer el revestimiento musical de este oficio propio de Santa Eulalia. Y aunque ya hemos escrito sobre el asunto en medios académicos, reiteramos aquí que en la colección de libros de coro de la catedral ovetense se encuentran varios que incluyen la lógica atención litúrgico-musical a la santa. Las partes musicadas son, obviamente, las antífonas, responsorios e himnos, que alternan con las distintas lecturas, salmos, capítulos, etc., preceptivos en cualquier oficio. Algunas de estas piezas las interpretó el grupo Melisma, dirigido por Fernando M. Viejo, en recitales y actos dedicados a la santa.


II.
Mención específica merecen los himnos, muy en particular el de laudes, titulado Postrema lampades. Como es frecuente en el género himnódico, la estructura textual se ciñe a unos cánones que permiten la utilización de melodías preexistentes, como ocurre en nuestro caso.
La letra, contrariamente, es nueva y se nutre de versos sáficos con adónicos. Este último himno del oficio es especialmente emotivo. Cuenta el momento final del martirio —que es el nacimiento para Dios— cuando el verdugo le aplica a la niña antorchas de fuego que ella hace penetrar en su pecho, atrayendo la llama con la boca abierta.
Su espíritu, ante el espanto del verdugo, se eleva en forma de blanca paloma y entra en el Cielo, del que mana una nieve protectora que cubre los desnudos y atormentados miembros de la mártir.
Ya cerca del final del himno figura una estrofa en la que se llama a la santa "firme columna de Mérida", al tiempo que se pide el favor para los "fuertes astures" que siempre le atribuyen todo su bien y la tienen por patrona.
Sirva este pequeño extracto de trabajos anteriores para recordar a esa niña, obstinada hasta preferir el martirio a la renuncia de su fe, cuya memoria inundó la hagiografía y la literatura europeas desde Prudencio (de fines del siglo IV) hasta nuestros días, pasando por autores como Ambrosio de Morales, Juan de Mariana o Federico García Lorca, que le dedica el “Romance del martirio de Santa Olaya” en su Romancero gitano, lleno de impactantes imágenes, luminosas y turbias al mismo tiempo.

Referencias
Véase una información más completa y la edición de los himnos en Ángel Medina: “Los himnos del oficio ovetense de Santa Eulalia de Mérida”. Memoria Ecclesiae, XXXV, pp. 453-467. Asociación de Archiveros de la Iglesia en España, 2011.

Foto: Remate del pequeño oratorio eulaliano conocido como El Hornito, en referencia al martirio de Santa Eulalia. Mérida. Fotografía de David Medina (2015).

sábado, 5 de diciembre de 2015

La Joven Asociación de Musicología (Asturias)

 

I.
El 12 de abril de 2012 participé en la presentación de la JAM-Asturias en el Club Prensa Asturiana, del diario La Nueva España de Oviedo. Acompañé en aquella ocasión a las entonces directivas de la JAM (Diana Díaz, Begoña Velasco y Míriam Mancheño) y al director del Departamento de Hª del Arte y Musicología, Ramón Sobrino, que facilitó los medios para que la JAM pudiera reunirse y desarrollar sus actividades en las dependencias universitarias del Campus de Humanidades.
Agradecí entonces aquella invitación y, puesto que he seguido colaborando con la JAM, aprovecho esta oportunidad para extender mi gratitud a los actuales directivos  —María García (presidente), Sheila Martínez (Vicepresidente), Mario Guada (secretario) y Vera Fouter (tesorera)—, pues me siguen honrando con su confianza.
En las siguientes líneas se deja constancia de aquellas reflexiones.

II.
 Como no soy un joven musicólogo, intuyo que estoy aquí por otras razones. La primera que se me ocurre es que estoy aquí precisamente por lo contrario, pues ya habito en la edad provecta. Y también creo que de esa comunicación entre diversas generaciones de musicólogos podemos salir todos enriquecidos.
Mi admirado Ramón Barce solía hablar de dos momentos distintos en el proceso creador. Por un lado está la fase de conquista; por otro, la fase de colonización. En la primera, el compositor es beligerante, audaz, rompedor, vanguardista. En la segunda, es reposado, pragmático y no gasta energías innecesarias. Ha aprendido a cultivar la materia sonora, no sólo a dominarla casi por la fuerza.
Me parece que los jóvenes musicólogos que ahora se asocian reúnen todo el empuje propio de la juventud. Están dispuestos a conquistar sus territorios. Pero simultáneamente saben que hay que pasar a la fase de cultivo.
Y esta fase tiene que ver con la producción científica. La Musicología, si me permiten parafrasear la célebre consigna, es para quien la trabaja. No importa el lugar de procedencia intelectual del musicólogo. Lo que importa es reflexionar sobre la música del pasado y del presente, recuperar patrimonio y tratar de gestionarlo adecuadamente, contribuir desde esta parcela a que la sociedad sea más libre y más rica espiritualmente. En suma, el musicólogo ha de dejar a la sociedad sus obras en forma de libros, artículos, ediciones, trabajos de campo, etc. Además ha de promover iniciativas para el mejor conocimiento de las músicas que son objeto de su estudio, sean históricas, modernas, populares, tradicionales, etc.
Y para ello, la creación de una asociación es un buen método. Máxime si está federada con otras de su mismo formato y objetivos.

III.
Charles Fourier, socialista utópico del siglo XIX, explicó que una de las doce pasiones necesarias para alcanzar la felicidad, la armonía universal y lo que llamaba el “uniteísmo” era precisamente la pasión asociativa. Ésta nace primero con los lazos del parentesco, luego con los de la amistad y por fin mediante la corporación.
Los jóvenes musicólogos y musicólogas que ahora se presentan tienen lazos de amistad, desde luego, pero están aquí por los vínculos de la corporación, que mueve la pasión asociativa, por seguir con los términos de Fourier.
Eso quiere decir, por expresarlo llanamente, que todos los que estén flojos en pasión corporativa ya saben dónde pueden solucionar el problema y acercarse un poco más a la felicidad. De modo que espabílese todo el mundo a hacerse socio de la JAM cuanto antes.

IV.
Más allá de utopías, el simple hecho de crear una asociación ya es de por sí valioso. Nada como el desarrollo del tejido asociativo para construir una auténtica sociedad civil fuerte. Un tejido que en España sólo ahora podemos considerar razonable.
Cuando uno echa un vistazo, por ejemplo, a las asociaciones de baile que había en Madrid a mediados del siglo XIX queda sorprendido. Sólo con ellas podríamos elaborar una nutrida lista, teniendo algunas nombres tan sonoros como Guante de Oro, Terpsícore, Buen Tono o La Floreciente, entre otras que conocen muy bien mis colegas Ramón Sobrino y Encina Cortizo.
Cien años después, a mediados del siglo XX, la situación era distinta pues la propia libertad de asociación estaba muy limitada, incluso lo siguió estando con la Ley Fraga de asociaciones de 1964.
Los años de la Transición fueron decisivos en el desarrollo de un tejido asociativo musical y musicológico que fuese más allá de las sociedades corales, bandísticas o filarmónicas. De hecho, la Sociedad Española de Musicología se funda en 1977, año muy difícil en la transición hacia la democracia, y poco antes se había fundado la Sociedad Catalana de Musicología.
Y, por supuesto, los tiempos recientes han sido fructíferos para el asociacionismo musicológico, especialmente entre los jóvenes.

V.
Sólo quiero añadir dos últimas consideraciones, ahora ya sólo referidas a la Universidad de Oviedo. Primero, recordar que no venimos de la nada sino del esfuerzo pionero en el que algunos (profesores y alumnos) nos embarcamos tres décadas atrás. Y segundo, que conforta ver lo mucho que han cambiado las cosas desde entonces, lo mucho que han mejorado en medios y realizaciones. Y dado que Asturias es tierra de musicólogos, esta Asociación viene que ni pintada y constituye un paso más en el desarrollo de nuestra disciplina.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Músicos ¿discapacitados?


 
I.
Esta entrada se publica un 3 de diciembre, declarado en 1992 por la ONU "Día Internacional de las Personas con Discapacidad". Me he parado a pensar qué podría hacer la música por las personas con discapacidad (y viceversa) y así a bote pronto se me ocurren tantas cosas que darían para mucho más que una modesta entrada de blog.
De momento, el simple hecho de que, a diferencia de otros años, me haya enterado de la celebración, me hace pensar que este Día de la discapacidad de 2015 ha tenido una mayor visibilidad que en otras ocasiones. O será uno, que ha ido adquiriendo con el paso del tiempo y las propias dificultades una mayor concienciación al respecto.

II.
Son muy diversos los casos donde la música y la discapacidad se entrecruzan. Me conmueven, por ejemplo, las historias de compositores que escribieron obras para intérpretes afectados por alguna limitación física. Todo el mundo conoce el Concierto para la mano izquierda de Ravel, escrito para el pianista Paul Wittgenstein, hermano por cierto del célebre filósofo Ludwig Wittgenstein.
Dicho pianista había perdido el brazo derecho en la I Guerra Mundial. Algo menos citado es que este intérprete ya había estrenado algún concierto para la mano izquierda antes del de Ravel y que siguió encargando nuevas composiciones a otros célebres compositores, como R. Strauss o B. Britten, por sólo citar a dos de los más conocidos.
Por otro lado, no se olvide que el repertorio pianístico para una sola mano no se agota con el promovido por Wittgenstein. De hecho, hay un número de obras relativamente amplio dedicado a otros intérpretes en estas circunstancias.

III.
En cuanto a discapacidades sensoriales tenemos, por un lado, la casi ancestral relación de la ceguera con la música; y, por otro, las relaciones tradicionalmente conflictivas de nuestro arte con el mundo de los sordos, si bien en este último terreno la cosa está cambiando mucho actualmente en función de novedosas investigaciones y experimentos.
No me extenderé en este segundo aspecto, pero lo cierto es que aún recuerdo con asombro la primera vez que escuché hablar de una obra de música en la que participaban sordos. Fue hacia 1980 y el que nos lo contaba era el compositor navarro Agustín González Acilu. Su Cantata semiofónica, de 1975, requiere (entre otros efectivos convencionales) un coro mixto de sordos. Las aportaciones de este coro resultan sencillamente estremecedoras y nos retrotraen de algún modo a momentos primigenios de la humanidad en su conquista del lenguaje.

IV.
Y luego está el universo de los ciegos, cuyas relaciones con la música son tan antiguas y estrechas que casi acaba uno creyendo aquello de que la merma del sentido de la vista tiene algo que ver con un mayor desarrollo del sentido del oído. La cuestión no es ésa, desde luego, y por lo demás excede mis conocimientos. Pero los muchos nombres de músicos afectados por la ceguera que me vienen a la cabeza sin demasiado esfuerzo atestiguan que el arte de los sonidos ha sido uno de los grandes compañeros de viaje de los invidentes, su consuelo y su entretenimiento, su placer y su vocación.
De Homero y los rapsodas griegos a los ciegos que recitan o cantan coplas de ídem (y que eran falsos ciegos en algunas pícaras ocasiones) no hay más que un paso. Si en la literatura y el arte de la profecía (ahí está Tiresias, por ejemplo) encuentran los ciegos —reales o legendarios— una aureola de respetabilidad y, en sentido figurado, un frondoso y aristocrático árbol genealógico, la música es su verdadera patria o, al menos, su hospitalaria tierra de asilo.
Repárese en Francisco Salinas.¿Quién no se dejaría sacar los ojos a cambio de que un Fray Luis de León le compusiese una oda como la que le dedicó a Salinas? Tómese nota de Antonio Cabezón, que deleitó al emperador Carlos V. Súmese el caso del maestro Joaquín Rodrigo y su Concierto de Aranjuez, al que el tópico de ‘universal’ no le viene grande.
Sin salir de Aragón —a título de ejemplo autonómico repetible en cualquier otra demarcación del planeta—, consignamos al organista Pablo Bruna, al tratadista Pablo Nasarrre, ambos en la Edad Moderna, y al magnífico compositor Juan Briz, que vivió su corta vida ya en la Edad de la ONCE y de cuya música escribí con entusiasmo tiempo atrás.
Si no nos limitamos a las altas esferas del arte académico, la relación de ciegos músicos es como para hacer una tesis, si es que no se ha hecho ya. Lo que sí se hizo y me complace citarlo es un documentado estudio titulado Historia de la enseñanza musical para ciegos en España: 1830-1938, firmado por Esther Burgos (Madrid, ONCE, 2004).
Stevie Wonder (“si bebes no conduzcas”, aconsejaba en un anuncio recordable) y José Feliciano (¡cuánto me gustaba escuchar aquello de  “Pueblo mío que estás en la colina…”!) son dos muestras americanas, para que se sepa que el asunto es global. ¿Y qué me dicen de de la Niña de la Puebla, madre de todos los campanilleros de Andalucía,  o de Andrea Bocelli, o bien del compositor alicantino Rafael Rodríguez Albert? El listado podría adquirir dimensiones fabulosas y no sería difícil que, si los ponemos a todos en orden alfabético, hubiese que conceder el último lugar al inefable Serafín Zubiri, el del albo piano.
Y para que no se canse la vista el amable lector que haya llegado hasta aquí, pongo punto final, solidarizándome desde este rincón de la Red con el Día Internacional de las Personas con Discapacidad.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Erratas



Hubo un grupo de música que se llamaba Fe de Ratas. Y la verdad es que hay que tener fe de ratas —y esperanza y caridad— para creer que el ser humano, en el estadio actual de su evolución, puede vencer a las erratas de imprenta. Ni siquiera nos consuela esa carilla que se imprime al final del libro o en hoja suelta —la fe de erratas— porque sabemos que no pasa de ser un parche.
Como a lo largo de mi vida no he parado de escribir en medios muy diversos, he llegado a acumular una serie numerosa de erratas. Hubo un tiempo en que me indignaban, pero desde hace años las asumo con tranquilidad, como las arrugas que impone el paso del tiempo.
Hay erratas que tienen que ver conmigo, pero de las que no soy su autor ni puedo considerarme culpable porque no estuvo en mi mano evitarlas. Ahí van unos ejemplos.
Con motivo de una conferencia que iba a pronunciar sobre Joaquín Turina en el centenario de su nacimiento (en 1982), el periódico La Voz de Asturias de Oviedo insertó un anuncio, en el peor estilo del pareado, donde se decía que Medina iba a dar una conferenciar taurina. Eso sí, la hora y el sitio estaban bien indicados. En otros medios la información era enteramente correcta. Comencé mi intervención aludiendo a dicha errata, pero animé a quedarse a los que pudiesen haber venido por el reclamo taurino, pues una de las audiciones previstas era un pasaje de La oración del torero. Los duendes de la imprenta se vengaban así de los atrevimientos críticos que yo me había permitido cuando colaboraba en dicho diario.
La maldición me persiguió hasta muchos años después. El Museo Arqueológico de Oviedo organizaba unas visitas guiadas de sus fondos y me pidieron que preparase una charla sobre las zanfonas que en él se conservaban. El Comercio (5 de abril de 1997, edición de Oviedo) anunció mi intervención diciendo que Ángel Medina iba a disertar sobre la zambomba, instrumento dignísimo pero del que no sería uno capaz de hablar con demasiado entusiasmo ni conocimiento de causa. Me imagino a mis alumnos o a aquellos de mis conocidos que sólo tuviesen información a través de este periódico pensando en que mi cerebro estaba ya al mismo nivel neuronal de una zambomba.
Lo cierto es que me animé a preguntar a los asistentes y nadie venía confundido.
Por esas mismas fechas aparecí en un folleto como "el catedrático de musicología Emilio Medina", curioso híbrido entre Emilio Casares y Ángel Medina que ni siquiera la veterana amistad de ambos había sido capaz de producir hasta el momento.

domingo, 22 de noviembre de 2015

La isla Sonante

 
I.
Asombra la erudición, cultura clásica y bíblica de Rabelais. El lector ve que está creando la gran lengua francesa, por más que ya hubiese existido Villon o que fuese coetáneo de Du Bellay. Y su espíritu crítico es único: jueces, médicos, papimanos (papistas), monjes glotones, todos están en su punto de mira.
Además de los lances que viven los personajes de su Gargantúa y Pantagruel, no hay tema del momento que no salga a relucir de alguna manera: el erasmismo, la lentitud de la justicia (que no es cosa de ahora), la ceguera de los censores de La Sorbona —sorbonícolas o “doctores cum fraude” les llama—, la rivalidad entre Francisco I y Carlos I, los ideales del príncipe cristiano, las supersticiones, etc.
Y luego no hay obscenidad que no aparezca, ni imagen escatológica que no se presente con todo detalle: beber, comer, defecar y “jugar al animal de dos lomos” son asuntos centrales en la obra.
Es un libro para lectores con gusto por la erudición. Lo cierto es que todas las cosas que uno ha ido aprendiendo a lo largo de los años resultan muy oportunos en el empeño de llegar a ser un lector aceptable de esta obra magna, algo que ya había intentado (sin conseguirlo) en anteriores ocasiones.
La admirable traducción manejada —con un gran estudio preliminar y los útiles comentarios previos a los capítulos— ha sido fundamental a la hora de llegar a este entusiasmo de lector más que satisfecho. Merece la pena citar la referencia completa:
François Rabelais: Gargantúa y Pantagruel, Barcelona, Ed. Acantilado, 2011, 1505 p., introducción de Guy Demerson y traducción de Gabriel Hormaechea).

II.
Si bien mi particular aprovechamiento de esta lectura camina por muy diversos derroteros, no me resisto (dado el perfil de este blog) a seleccionar un detalle musical o simplemente sonoro —de entre los muchos posibles— que me parece bastante llamativo.
Hay que tener en cuenta que cuando se describe la educación de Gargantúa —puesta en manos de sofistas y otros pedagogos—, no se olvida Rabelais de incluir la música. Gargantúa canta piezas a cuatro y cinco voces, realiza variaciones y toca un puñado de instrumentos, pues esta familia de gigantes todo lo hace a lo grande: “el laud, la espineta, el arpa, la flauta travesera y la de nueve agujeros, y el trombón” (I, XXIII).
Rabelais conoce muy bien la música de su tiempo y a veces ensarta nombres de compositores en apabullantes listados. Mas no se queda en el lado académico de la música sino que se revela como un excelente constructor de paisajes sonoros mediante la palabra. Su literatura está llena de sugerencias acústicas, de alusiones, de descripciones que nos entran por la vista y por el oído. Quizá el caso más notable sea el de la isla Sonante.
Los territorios insulares han atraído siempre la imaginación de los pueblos y de los fabuladores de todos los tiempos. Hay islas afortunadas, islas para la utopía, islas donde habita el horror, islas para tesoros y robinsones y otras muchas a cual más singular. El propio Rabelais proporciona un selecto abanico de estas ficciones.
Cuando Pantagruel y sus amigos llegan a la isla Sonante (V, I) se sorprenden por el “ruido” incansable de las campanas, semejante al que se escucha en las fiestas mayores de París y otros lugares, con campanas grandes, medianas y pequeñas que repican a la vez. Parece que este sonido es sumamente molesto y gratuito, lo que encaja con anteriores críticas del autor a las campanas, algo que siglos después harán los ilustrados por razones bastante más claras y no del todo distintas.
Visto desde otro punto de vista, este ambiente ensordecedor no deja de ser un adecuado preludio para presentar una isla sumamente rara, donde se agasaja a los invitados con ayuno y donde los seres que la pueblan son humanos caracterizados como aves y con nombres apropiados para la invectiva contra ciertos estamentos del clero.

III
Rabelais recurre a su erudición para denunciar ese ruido tremendo y repetitivo, que lógicamente aumenta al aproximarse a tierra.
Primero lo compara con los calderos de Dodona, por lo que el lector ha de recordar a Estrabón o a otros autores antiguos a fin entender que se trata unos vasos de bronce interconectados que había en el santuario de Dodona y que, precisamente por estar en contacto, expandían el sonido y constituían un medio de adivinación para los sacerdotes.
Acto seguido coteja el estrépito de las campanas con el Pórtico Heptafónico de Olimpia. Ello significa que, como quien no quiere la cosa, está obligando al lector a pensar en Plinio el Viejo o en Plutarco (a los que no cita, naturalmente) pues en esos autores se encuentran mencionados sendos pórticos (el de Olimpia en el caso de Plutarco) que por su estructura arquitectónica multiplicaban la voz hasta siete veces. Y si el eco ordinario ya es de por sí portentoso y alimenta muchas leyendas populares, este eco múltiple no deja de introducir un punto de tensión a la hora de ir conformando en nuestra imaginación el panorama acústico la isla Sonante.
La tercera comparación, para seguir introduciendo al lector en el incesante sonar de la isla, evoca un sonido que actuaría como un telón de fondo bajo la barahúnda percutiva ya descrita. Este sonido sugiere un bordón, acaso como el derivado en el plano real de la narración de las resonancias y armónicos de las campanas. Se trata del sonido que, según la tradición, salía del conocido como “coloso de Memnón”, en Tebas de Egipto.
Aunque las dos monumentales estatuas de este complejo palaciego representaban al faraón, la leyenda fue asimilando una de ellas a un valiente hijo de la Aurora que se había ido a ayudar a los troyanos y que moriría a manos de Aquiles. Un terremoto fracturó esta estatua en el año 27 y parece ser que la piedra crujía y sonaba al pasar del frío de la noche al tibio abrazo de la Aurora. Se interpretó, pues, que ese sonido de la piedra en la estatua con fisuras era el lamento del valiente Memnón y sonaba sólo cuando su madre, la Aurora, lo consolaba al despertar el día.
El cuarto elemento de ambientación acústica es casi pavoroso. El editor, que ha dado referencias orientativas sobre todo lo anterior en la presentación del capítulo, considera que la leyenda de la tumba de la isla de Lípari “es una alusión que permanece oscura”. Sin embargo, figura en Filosofía oculta del alquimista Cornelio Agrippa (que a su vez cita a Aristóteles) con bastante detalle. Alude Agrippa a címbalos, crótalos, risas, extraños rumores y otros sonidos.




Nadie iba a esa tumba de noche. Pero ocurrió que un joven acabó durmiendo la borrachera en la cueva de dicha tumba. Lo encontraron a los tres días. Y justo cuando le estaban haciendo el funeral (pues seguía como muerto) se despertó y contó con mucho detalle los prodigios que había visto y oído en ese trance.
Pero tal vez la maestría de Rabelais se manifieste con mayor fuerza aún en las líneas que siguen a las alusiones clásicas, pues en ellas abunda en su sátira en términos mucho más directos y coloquiales.
Para tal fin vuelve a presentar un elemento sonoro a modo de continuum, que en este caso es un enjambre de abejas que parece querer escaparse, al lado de otros componentes percutivos realizados con un instrumental procedente del ajuar doméstico. Pues, como en ciertas obras experimentales de las vanguardias, o, si se prefiere, en una cacerolada reivindicativa, o mejor aún en una cencerrada (que sería lo que Rabelais pudo haber tomado como modelo), el vecindario organiza un notable “barullo de sartenes, calderos, barreños y címbalos coribánticos de Cibeles”.
 “Escuchemos” —propone Pantagruel.
Pero al lector avisado le sobra el consejo, pues ya lleva escuchando desde varios párrafos atrás.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Siri aprueba en audiciones

La mayor parte de los profesores de Historia de la Música incluye audiciones en sus exámenes. A partir de ahí, lo que se exige puede ser muy variado en función de los distintos niveles de la enseñanza. Pero a nadie se le escapa que identificar lo que está sonando ayuda a enfocar la prueba.
Y aquí es donde Siri, la asistente virtual de Apple, vuelve a sorprendernos. Si fuese una alumna y en la prueba se puntuase generosamente el reconocimiento de las obras propuestas, saldría bastante bien parada.
Lo empecé a comprobar (partiendo siempre de grabaciones comerciales) con un aria de Riccardo Broschi. A los pocos segundos Siri conjeturaba que aquello “tenía toda la pinta” (pues Siri se expresa muchas veces de manera coloquial al tiempo que prudente) de ser el aria “Son qual nave”, cantado por la Bartoli, sin olvidarse del nombre del autor y del título de la ópera. ¡Bravo!
Escuchó después la “Obertura” de Pygmalion, de Rameau.
Siri pide tiempo:
—“Afinando el oído”, —explica.
 Y pronto añade, como admitiendo filosóficamente que nunca nada es del todo seguro;
 —“Yo diría que…”—, antes de proporcionar con toda exactitud el título, autor e intérpretes de la obra.
La tercera audición tenía como protagonista a Josquín y de nuevo, en menos de medio minuto, había identificado la pieza y la concreta versión de la misma con todos los datos pertinentes.
Pero Siri, formada en la cultura anglosajona, no está fuerte en música española y pide disculpas humildemente por no saber de qué obra se trata cuando le pongo algo de José de Torres.
“Vaya, no conozco esta canción”, se lamenta.
Y le perdonamos que llame “canción” a cualquier cosa que suena y le perdonamos mucho más que no haya identificado el pasaje de Torres porque es lo que le ocurriría a al 99,99 por ciento de los españoles.
Algunos otros ejemplos arrojaron resultados similares. La razón de estas lagunas de Siri ¿tendrá que ver con el (escaso) grado de internacionalización de parte de la industria discográfica española? Podría ser. Lo cierto es que Siri no puede etiquetar lo que no está en las bases de datos a su alcance.
 Finalmente tuvo que vérselas con un ejemplo muy conocido de canto gregoriano: el “Kyrie” de la Misa de angelis. No lo reconoció en la grabación de un grupo español, pero sí en la versión mucho más difundida de Alberto Turco con la Nova Schola Gregoriana.
Vale, este curso Siri no se llevará la matrícula de honor en audiciones, pero seguro que el próximo lo hace mejor.
Ella aprende rápido.