Sor Ángeles Álvarez Prendes “ha entregado su vida en las manos del Padre a los 94 años de edad y 78 de vida monástica”. Con estas palabras, que tanto dicen, arrancaba la esquela que la comunidad benedictina de San Pelayo de Oviedo difundió tras el fallecimiento de la monja el pasado 31 de agosto. He sentido profundamente su muerte. Emanaba de ella un halo de santidad y de natural bondad que, junto a sus sobresalientes dotes musicales, iluminaron el día a día de su comunidad durante casi ocho décadas con luz inextinguible.
La conocí en febrero de 1984 como alumno del Primer curso de canto gregoriano, curso al que seguirían otros muchos con diversas temáticas en las décadas de los 80 y 90. En estos cursos –y conferencias– hubo profesores de la talla de Javier Lara, Jean Jeanneteau, Daniel Saulnier, Ismael Fernández de la Cuesta o José López-Calo, entre otros; y, por supuesto, sor Ángeles. Era única enseñando los cantos gregorianos a personas de dispar formación en este ámbito. También comentaba audiciones con singular acierto. Y cuando tenía que impartir una sesión de teoría, preparaba previamente un esquema que copiaba (o casi dibujaba) en la pizarra del salón de actos y, luego, provista de un puntero de madera, iba desarrollando el esquema con total claridad. Escribí en diversas ocasiones sobre ella y el coro del monasterio (en Vivir Oviedo, en La Nueva España, en notas al programa y también en el Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana), de modo que sor Ángeles ya conoció en vida el aprecio y respeto que le tuve.
Nacida en Oviedo el 29 de enero de 1932, sor Ángeles tuvo temprana vocación religiosa y musical. Ingresó en el Monasterio de San Pelayo en 1945 y pasó prácticamente de inmediato a ejercer como Directora del Coro. De hecho, su bagaje musical fue su dote para el ingreso en el monasterio. Su personalidad inquieta la llevó a seguir profundizando en su formación musical. Cursa la carrera de Piano en el Conservatorio de Oviedo y la concluye en 1965, pero ya antes se había titulado en Órgano bajo la dirección de la eminente profesora y concertista Montserrat Torrent, centenaria (y en activo) en la fecha en que escribo estas líneas. No contenta con todo esto, aborda el estudio del violín, finalizando esta nueva especialidad en 1975. Estamos hablando, por tanto, de una educación musical esmerada y muy completa.
A sor Ángeles le tocó vivir los momentos de cambio litúrgico debidos a las directrices del concilio Vaticano II. Su gusto por el canto gregoriano no le impidió adquirir una clara comprensión de las reformas y supo colaborar en esta puesta al día de la Iglesia, viajando a diversos monasterios a fin de explicar la manera de realizar una liturgia digna, acorde con las nuevas normas (participación plena de la asamblea y uso de las lenguas vernáculas, por ejemplo) y sin concesiones al mal gusto. O bien ofreciendo seminarios en su propia casa sobre estas mismas cuestiones, a los que acudían hermanas de toda España.
Me contó sor Ángeles que en cierta ocasión un periodista se quedó muy sorprendido al saber que solo ensayaban un cuarto de hora al día. Cierto, puede parecer poco, pero si se hace durante décadas el resultado es que el canto se integra en la vida de las monjas con absoluta naturalidad. Mas no es suficiente un alto grado de espiritualidad para el buen discurrir de las oraciones en el plano musical. Hace falta también una mano rectora, una dirección que haga a la comunidad progresar en la correcta interpretación del canto eclesiástico. Esa guía corrió a cargo de sor Ángeles .
A la fallecida directora, compositora y organista y al propio coro no le faltaron diversos reconocimientos. Sor Ángeles recibió distinciones como el Premio de Órgano “Andrés Segovia-José Miguel Morales”, la Medalla de oro de la Escolanía san Salvador o, ya con el coro, el Premio “Bravo” de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social por uno de sus discos de canto gregoriano. Algunos de sus siete registros fonográficos obtuvieron discos de oro y de platino. Otro cedé estuvo consagrado al rito mozárabe. Nos complace recordar también los discos dedicados a la cítara y a esta y a la lira, con mención especial a su gran compañera de labores musicales e introductora de estos cordófonos en el monasterio, sor Covadonga Querol de Bascarán, que ya desde hace años se viene encargando de mantener viva esa mezcla de solemnidad y cercanía que es toda una seña de identidad de las monjas “pelayas” como cariñosamente se las conoce en Oviedo. Por cierto, en el disco Cítara / Lira, este último instrumento lo toca sor Ángeles.
Desde un punto de vista técnico, la base teórica del modo de interpretación del gregoriano que sor Ángeles imprimía a su coro de monjas se halla en la tradición de las reformas promovidas por la Abadía de Solesmes desde el siglo XIX. De hecho, se formó allí con el eminente gregorianista dom Gajard. Pero las enseñanzas recibidas de Eugène Cardine y el uso de las ediciones triplex han permitido matices de articulación rítmica impensables en la teoría solesmense. Bien es verdad que sor Ángeles ha ido introduciendo estas novedades de la semiología gregoriana en pequeñas dosis, que se bastan, sin embargo, para obtener ese resultado de calma y de fluidez que caracteriza su modo de hacer.
Podría extenderme en otras muchas consideraciones y recuerdos, pero no quiero fatigar a los lectores y lectoras. Dejo constancia, eso sí, del agradecimiento y admiración que siempre sentí hacia sor Ángeles. Agradecimiento, porque –además de lo mucho que aprendí de ella– su presencia y su recuerdo le hacen a uno ser mejor o, al menos, intentarlo; y admiración, por lo bien que sabía expresar el sentido profundo de las oraciones que cantaba y dirigía a sus compañeras de clausura.
Que mi más sentido pésame llegue, desde la esperanza, a toda la comunidad.
Referencia
Ángel Medina: “Álvarez Prendes, sor Ángeles”. Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana. Vol. 1. Madrid, 1999 SGAE, Coord. E. Casares.
Ilustración
Foto de Ángel Medina (2025)


Sor Ángeles Álvarez Prendes (Oviedo, 1932-2026), in memoriam