lunes, 2 de marzo de 2020

Vitruvio músico: los vasos del teatro



Todo el mundo sabe que Vitruvio es el autor del célebre tratado Los diez libros de arquitectura, escrito unos pocos años antes de Cristo, cuyos resúmenes circularon hasta el Renacimiento como texto imprescindible para la construcción de todo tipo de obras. Un hombre culto de la época de Julio César no podía dejar de asumir que el buen arquitecto ha de estar instruido en distintas disciplinas; entre ellas, la música. Partía de que algunas de las leyes musicales son determinantes en cierto tipo de espacios o ingenios. De hecho, además del ámbito de los teatros, explica la importancia de la música en la construcción de los órganos hidráulicos y en ciertas máquinas de guerra (ballestas, catapultas y escorpiones), provistas de unos orificios que tenían que dar el unísono cuando la tensión era la adecuada y así calcular la correcta aproximación al blanco. 
Por esta razón, Vitruvio habla de la música en varios epígrafes de su tratado, no sin precisar que la armonía es una “ciencia música difícil y oscura”, en parte porque para esta disciplina es preciso dominar el vocabulario griego. Ciertamente, los romanos no modificaron la terminología musical griega y así lo vemos en este autor, que alude al diapason, diapente, diatésaron, etc., que son nuestra octava, quinta y cuarta; es decir, los intervalos básicos de la teoría griega. Cita a Aristógenes de Tarento y nos propone una síntesis teórica donde no falta el estudio de la voz continua o discreta, los nombres de las notas (proslambanómenos, hypate, lichanos, etc., asociados a sus tetracordos) y donde distingue las notas invariables de las variables, lo que da lugar a los tres géneros: diatónico, cromático y enarmónico, términos cuyo significado es, en  los dos últimos casos, distinto al actual. 
Lo que hoy queremos comentar es el tema de los llamados vasos del teatro, pues Vitruvio señala explícitamente que están hechos matemáticamente sobre tales leyes musicales. Estos vasos eran de bronce (aunque en teatros modestos los hacían de cerámica) y se situaban en unas celdillas abovedadas debajo de las gradas. Era importante que no tocasen ninguna pared, para lo cual se disponían sobre unos pies que lo evitaban en lo posible en cuanto a la parte de reposo. Se colocaban invertidos. . En el paramento de las gradas se practicaban unas fisuras, cuyos tamaños detalla el tratadista.
En los teatros medianos se introducía, a media altura, un solo orden de celdillas con vasos en género enarmónico. En los grandes teatros, se distribuían en el graderío tres órdenes de celdillas con sus vasos, con la particularidad de que cada hilera estaba afinada en un género distinto (enarmónico, cromático, y diatónico, de abajo a arriba). Vitruvio indica las notas que han de ir en cada celdilla con toda precisión y cita con respeto a Aristógenes.  Como establece que haya trece celdillas, la del medio actúa como un eje axial, pues la 1 y la 3 son la misma nota, la 2 y la 12, la 3 y la 11, etc. No suenan todas las notas en los bronces sino las fijas, pero teniendo en cuenta que se integran las del sistema perfecto mayor y las del sistema perfecto menor, con repeticiones simétricas. Es decir, son pocas notas en conjunto, pero tienen un carácter fuertemente estructural.
El funcionamiento era sencillo. Partimos de que el teatro clásico era cantado. La voz de los actores, del coro o el sonido de los instrumentos sale de la escena y ya la propia estructura de los teatros ayuda a su buena percepción por parte del público. Además, las máscaras de los actores tenían en la zona de la boca uns cierta forma de bocina para esos mismos fines. Pero en teatros preparados con los vasos bajo las gradas, todo se multiplicaba. Como dice Vitruvio, la voz que “se difunde por todas partes, al herir lo cóncavo de cada vaso, tomará incremento de claridad, ayudada de aquel vaso que en tono concordare con ella”.
Nótese que no es cuestión de volumen, sino de claridad. En otro lugar alude a la “suavidad” y al “deleite”, de modo que detectamos una cierta función retórica en esta tecnología sonora. Pero más allá de este fenómeno de simpatía acústica, hemos de imaginar la sensación que podría producir en los asistentes el canto de un pasaje de Esquilo o de Eurípides, por ejemplo, donde no solo se percibe un punto de origen de la voz en el centro de la escena, sino una especie de animación sonora de las propias gradas en función de la resonancia que las notas concordes del actor y del vaso. Todo esto llegaba a los oídos del público desde puntos que recorren todo el perímetro de las gradas, como en una especie de mágica estereofonía.
Hay muchas discusiones sobre la forma y demás circunstancias de los vasos de bronce, tomados incluso como botín en los períodos bélicos, y sobre el conocimiento real que tenía Vitruvio de ellos. Pues el ilustre tratadista reconoce que en Roma no los había (aunque sí en otros muchos lugares), en parte porque se erigían muchos teatros de madera de vida más efímera y en estos los actores-cantantes no necesitaban vasos porque ya sabían potenciar su voz dirigiéndola hacia determinadas zonas de la construcción. 
No deja de sorprenderno, dicho sea como reflexión final, la sensibilidad auditiva de este tratadista y aqrquitecto de hace más de dos mil años, al menos en comparación con los diseñadores de ciertos auditorios de las últimas décadas que presentan unas acústicas extraordinariamente incómodas para los músicos y no siempre razonables para los oyentes.

Ilustración: Lámina del tomo tercero de la Storia della Musica del P. Martini, Bolonia, Imap- Lelio della Volpe,1781. Véase el detalle del vaso bajo la grada.

Referencia: M. Vitruvio Polión: Los diez libros de arquitectura. Madrid, Imprenta Real, 1787.

viernes, 31 de enero de 2020





El misterio de la Santísima Trinidad postula que Dios es uno y trino: tres personas distintas y un solo Dios verdadero. La naturaleza humana, propensa a las licencias poéticas, asignó diversos papeles simbólicos a las tres Personas de la Trinidad. Desde ese tipo de convenciones, osadas sin llegar al abuso, se ha podido decir que Dios Padre toca la cítara del cielo; que Dios Hijo tañe el salterio de la cruz; y que Dios Espíritu Santo es quien ilumina las mentes y dicta las melodías a los buenos compositores de música sacra. Donde se dice cítara o salterio, se pueden nombrar otros instrumentos, como la lira o el arpa, en virtud del prestigio moral de determinados cordófonos. 
Digamos algo sobre Dios Padre. Recordemos previamente que el cristianismo supo adaptar muchos aspectos de la cultura clásica a sus intereses. Así, una construcción tan sugerente como la música de las esferas celestes no podía ser obviada por la nueva religión. Pero, para adaptarla, había que colocar a alguien por encima de la “máquina del cielo”, como llamó Boecio al perfecto engranaje sonoro del cosmos. Ya San Atanasio (s. IV) había concluido que todo este gran concierto de los mundos está ejecutado por el propio Dios, en tanto que perfecto intérprete de la lira cósmica. Esta misma idea la encontramos en el médico y alquimista Robert Fludd (s. XVII) y en otros autores y poetas cristianos, como Fray, Luis de León (s. XVI), quien en la Oda a Salinas alude al “gran maestro” aplicado a su “inmensa cítara”; es decir, a Dios gobernando el cosmos como quien toca un instrumento. Por eso San Atanasio argumentaba que la armonía del universo remite a un dios único; de hecho, la gran variedad de sones de una lira no significa que se toque sola o entre varios, sino por un solo músico.

***

Vayamos ahora con dos enfoques musicales sobre Dios Hijo, hecho hombre como Jesús de Nazaret. Digamos antes que existen representaciones de Cristo tocando la lira, al modo de Apolo. Este dios solar, al igual que Mitra, está relacionado con la figura de Cristo y es clave para entender por qué los instrumentos de cuerda se libraron, en general, del estigma que arrostraron ciertos instrumentos de viento. Luego, claro está, esas liras y esas cítaras pueden ser simplemente metafóricas, como en seguida veremos. También se ha asociado a Cristo con la figura de Orfeo, músico prodigioso, dominador de la Naturaleza y verdadero emblema de la espiritualidad griega en un sentido distinto al del politeísmo oficial. 
Pues bien, en un primer enfoque simbólico, diversos autores retratan a un Cristo que tiene como instrumento la propia cruz de su martirio. A veces, afinan mucho y comparan la carne de Jesús con las cuerdas; y el madero de la cruz, con la caja de diversos cordófonos. Los clavos suelen representar las clavijas que tensan las cuerdas de este tipo de instrumentos. Y del mismo modo que una cuerda bien templada produce mejor música, así la carne de Cristo, tensa por el sufrimiento, es capaz de producir el milagro de la redención del género humano. La ilustración que acompaña a esta entrada, con Cristo portando una cruz-arpa, se enmarca en estas ideas.
Por poner un ejemplo, recordamos el caso del Benedicto Haesteno (siglo XVII), cuyo Regia via crucis fue traducido al castellano por el benedictino Martín de Herze como Camino real de la Cruz (Valladolid, hacia 1721). Sigue su autor las ideas de San Agustín (al que no se olvida de citar y parafrasear) sobre las interpretaciones simbólicas de la cítara y el salterio, instrumentos con valor complementario dentro de su bondad como cordófonos, pues si una es terrestre, el otro es celeste; si la cítara alude a las obras, el salterio se refiere a la predicación, etc. Cuando alguien sufre tribulaciones de su parte mortal, está sonando la cítara. Pero cuando se padece “con buen animo y alegremente los escrúpulos, los desconsuelos, las tribulaciones, de suerte que casi te juzgas desamparada por Dios, y todavía te gozas, también alabándole, y bendiciéndole en esta Cruz, cantas al Señor en el Psalterío de diez cuerdas: tocas en tu corazón las cuerdas que suenan bien en los oídos de Dios”. Mas cuando dudas y disputas, “rompiste tu Psalterío”.
Dicho sea de paso, el salterio de diez cuerdas mencionado en el texto también estuvo tradicionalmente sujeto a interpretaciones simbólicas, casi siempre como metáfora de los diez mandamientos: si se rompe una cuerda del salterio decacordo (o varias, lo que sería aún peor), no se puede hacer buena música. Del mismo modo, cuando se incumple uno (o varios) de los mandamientos, tampoco se puede ser buen cristiano, pues el alma no sonaría bien a los oídos de Dios.
El segundo enfoque nos muestra a Cristo en la cruz relacionándolo con determinados aspectos en el plano técnico musical. El eminente tratadista Marchetto de Padua (s. XIV) le da un brillante giro metafórico a la propia grafía de una de las figuras musicales del momento: la longa. Dicha figura musical, en su forma simple, consiste en un cuadrado con un trazo descendente desde el lado derecho, mientras que ciertas breves o semibreves (en este caso en su forma compuesta o de ligadura) lo tienen desde el lado izquierdo. Excusado es decir que no podemos entrar aquí en la casuística de la notación franconiana, que es a la que se refiere Marchetto, pues habría varios detalles que matizar y nos saldríamos del tema. 
El teórico italiano insiste en que lo diestro es mejor que lo siniestro, idea muy extendida en la sociedad medieval y en la cultura simbólica cristiana, Siguiendo ese razonamiento, trae a colación un hecho de la Pasión de Jesús. En concreto, la lanzada que le asesta Longinos cuando Jesús ya estaba clavado en la cruz. Porque esa lanzada es también un instrumento de nuestra redención. Y repara Marchetto en que se la propinó en el lado derecho. De modo que la lanza del romano, clavada en el costado derecho de Cristo, es como el rasgo (plica) que sale del lado derecho del cuerpo cuadrado de la figura longa. Quizá pueda parecer un tanto inexacta la comparación en un sentido visual, pues si vemos a Cristo en la cruz, la lanzada está a nuestra izquierda (pero en su costado derecho), mientras que la longa su trazo distintivo se sitúa directamente a nuestra derecha. De todos modos, en ambos casos existe un lado derecho que resulta ser el de mayor valor.
La longa franconiana es, por tanto, más importante que la breve o la semibreve, pero, por otro lado, puede ser perfecta o imperfecta. En el primer caso, constituye y llena una perfección, que es una unidad temporal de tres tiempos en esta música del siglo XIII. Una estructura ternaria que se considera como una perfección no podía dejar de ser comparada con el símbolo ternario por excelencia, la Santísima Trinidad, y así lo declara Franco de Colonia expresamente en su Ars cantus mensurabilis.
En otras palabras (y dejamos al Espíritu Santo para otra ocasión), tanto la idea trinitaria como cada una de sus Personas fueron requeridas como refuerzo de ciertas consideraciones musicales. Estas se dieron en clave de comparación, metáfora o símbolo, tanto con fines pastorales como de exégesis bíblica y aun como recurso didáctico y de legitimidad de ciertas explicaciones técnicas. 

Ilustración procedente de Benedicto Haesteno: Camino real de la Cruz, traducción de Martín de Herze. Valladolid, Imprenta de Juan Godínez, circa 1721. Disponible en la Biblioteca Digital Hispánica de la BNE.



miércoles, 1 de enero de 2020


Tras más de cuatro años manteniendo este blog, me he dado cuenta de algunas cosas. Por ejemplo, las entradas sobre personas vivas son las más visitadas, como se puede ver en la lista de las diez favoritas que figura a la derecha de la pantalla. Por el contrario, las entradas sobre conceptos o temas diversos registran menos afluencia de público, pero, en contrapartida, los lectores no se concentran en la fecha de su aparición, sino que se observa un cierto goteo, una continuidad y, por momentos, curiosos repuntes. 
Hoy propongo una pequeña excursión por los contenidos del Otro a ratos (que ya cuenta con 135 items) a través de cinco aportaciones que son de mi especial predilección, esperando que también puedan gustar a quienes visiten este rincón.
1.
Nota sobre el inquietante aparato sonoro que se produce en la sanación de los endemoniados. No dejen de detenerse en la Ilustración que la acompaña.
2.
El sobrino de Rameau, según la novela de Diderot, tocaba el violín sin violín, lo que recuerda la práctica de los  “air instruments”, muy extendida en el caso de la “air guitar”.

3.

Los saraos del Cielo

Nota sobre la música celestial

4.

Campanas, lenguas de metal

Algunos usos, simbolismos y polémicas en torno a las campanas.

 

5.

Gaiteros en la nave de los necios

Lectura simbolica, apolíneo-dionisíaca, de un grabado del libro La nave de los necios, de Sebastian Brant (s. XV), donde se critica al  músico toca la cornamusa y desprecia los instrumentos de cuerda, como metáfora de dterminados comportamientos.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Músicos ciegos: el arte de ver más allá de las sombras

El 13 de diciembre se celebra la festividad de Santa Lucía, patrona de los ciegos y de otros colectivos, más o menos relacionados con la vista, como los electricistas o los fotógrafos, asociados respectivamente con la luz que disipa las tinieblas y con la mirada del instante decisivo, parafraseando a Cartier-Bresson. De Santa Lucía se cuenta que se arrancó sus hermosos ojos para enviárselos a un pretendiente pertinaz que, arrepentido de su acoso y de haberla denunciado por despecho, se hizo cristiano. También circula la leyenda de que, pese a la dicha mutilación, Lucía seguía viendo cuando estaba ante el tribunal que la juzgaba y que la condenaría al martirio y a la muerte a principios del siglo IV. 
La “visión” de los ciegos es un tema clásico que ya encontramos en los mitos griegos, como ocurre con la figura de Tiresias. La mirada de estos ciegos singulares conoce lo que sucede, lo que ha sucedido y lo que sucederá. Ya hemos tocado este tema en nuestro blog (“¿Músicos discapacitados?”), pero con otro enfoque, así que en esta ocasión nos vamos a centrar en unas pocas poesías que indagan en las relaciones de la música y la ceguera, aplicadas a un par de músicos españoles del Renacimiento. La elección proviene de la lectura de un reciente artículo de José Sierra Pérez y Manuel Tizón Díaz (abajo citado) donde compilan y analizan un amplio abanico de poesías que figuran, a modo de elogios al autor o presentaciones, en los tratados de música, en especial en los libros para la enseñanza de ciertos instrumentos, como la vihuela o el órgano. Miguel de Fuenllana, vihuelista, y Antonio de Cabezón, organista, son los dos músicos seleccionados, dos prodigios ciegos que llevaron el arte de sus respectivos instrumentos a las más altas cumbres.
En cuanto al primero, un soneto de Juan Yranzo plantea la premisa de que los dioses han castigado particularmente a dos hombres: Prometeo y Fuenllana. A aquél, porque había robado su fuego; a éste, porque había conquistado su música. Apolo, prosigue el soneto, estaba molesto y fue el más activo de los dioses a la hora de castigar a Fuenllana con la ceguera. Pero, en el terceto final, Apolo hubo de reconocer la grandeza del vihuelista:
Y a los Dioses les dijo (aunque con celo), 
Fuenllana ha mejorado la harmonía 
que no estaba tan dulce acá́ en el cielo. 

Otro soneto, de Benedito Arias Montano, toca el recurrente tema de que la música que escuchamos está conectada con aquella que es un ideal de perfección, una especie de arquetipo platónico, y que se desarrolla en los cielos. La música de Fuenllana puede considerarse, entonces, como una divina sombra de la luz celestial. Ese privilegio tiene sus costes, según leemos en el terceto final:
Y porque este gran don que le había dado 
no lo menguase en tractos de la tierra 
lo privó Dios de la corpórea vista. 

Antonio de Cabezón fue otro ciego y músico ilustre de la misma época. En la edición de sus obras (realizada por su hijo Hernando en 1578) figura un “Encomio de Juan Cristóbal Calvete de Estrella, escrito en latín, y cuya versión castellana de Francisco Javier Estrada Ramiro comienza así:
Aquel fulgor de la lira de Febo y gloria del plectro
            y aquella fama de la lira tracia
 perecen
            pues Antonio, ciego, ha quitado la gloria
            a todos cuantos brillaban con la luz del sonido eolio. 

Para la misma edición de las obras de Cabezón, Juan de Vergara escribe un soneto que es de los que más insiste en la ceguera, desde la que, sin embargo, se capta la luz celestial. El primer terceto dice de este modo:
Que mortal vista (Antonio) jamás pudo, 
lo que sin ella tú, que así́ dejaste
            de gente en gente eterna tu memoria. 

Hay más ejemplos para estos dos autores y no sería difícil encontrar poesías semejantes referidas a otros músicos ciegos. Ahí está la celebérrima “Oda” de Fray Luis de León a Francisco de Salinas, por ejemplo. que ya comentamos aquí. Pero lo señalado hasta aquí nos muestra un hecho de una cierta crudeza: el don de ser comparable o incluso superar a los músicos legendarios (como Orfeo o Anfión) lo da Dios, el destino o los dioses, pero no lo hacen gratis. El músico que alcanza esos niveles de prodigio destaca tanto en su actividad que ha de verse mermado en otras facultades, como si esa compensación tuviese algo de razonable y natural. En realidad, lo que sucede con esta concepción del ciego como músico superdotado es que, de algún modo, se está trasladando el concepto de genio platónico. Hablamos de lo que se dice en el discutido diálogo Ion. El creador es solo una especie de medio por el que habla la Musa, la divinidad; es un ser poseído e inspirado. El genio platónico resulta muy distinto del genio longiniano, como teorizó el filósofo de la música Peter Kivy. Y está claro que la visión que se desprende de este tipo de poesías constela en torno a las ideas platónicas del Ion. Ser un heraldo de lo trascendente implica un enorme dolor, un auténtico sacrificio –y hay textos admirables del compositor Josep Soler sobre esto–, y es algo que ha caracterizado a los verdaderos artistas a lo largo de los siglos. Entre ellos, los ciegos músicos que han sabido iluminar con su arte la vida de los demás hasta el día de hoy.

Referencia
José Sierra Pérez, Manuel Tizón Díaz: “Poesías en los Preámbulos de los libros impresos de música en España durante los siglos XVI y XVII. Parte I. Siglo XVI: vihuelistas y organistas”. NASSARRE, 34, 2018, pp. 15-50. 

Ilustración: detalle de un folio del libro Orphenica Lyra, de Miguel de Fuenllana.

jueves, 31 de octubre de 2019

Solfeo hexacordal: un ejemplo

Es sabido que Guido de Arezzo (activo en la primera mitad del siglo XI) estableció los nombres de las notas a partir de un himno a San Juan Bautista titulado “Ut queant laxis”. En su célebre “Carta al hermano Miguel”, sienta las bases para poder cantar un canto  “conocido” o “desconocido”. Lo de cantar un canto conocido sorprenderá a más de uno, pero no hay que olvidarse de la práctica memorística en la tradición del canto llano ni de que ciertas notaciones tenían sobre todo función mnemotécnica, pues podían indicar el número de notas, si estas suben o bajan e incluso ciertos aspectos rítmicos (como es el caso de la notación sangalense), pero no eran diastemáticas, es decir, no señalaban los intervalos. Y, por tanto, había que saberse la melodía antes de servirse de esas notaciones.Pero lo de cantar un canto desconocido era mucho más novedoso e implicaba poseer un código general para escribir la música y para saber descifrar una cantilena así escrita sin haberla escuchado nunca. Por supuesto, había precedentes en la búsqueda de sistemas de solfeo para enseñar a cantar, pero las ideas de Guido tuvieron fortuna por encima de todas las demás. 
Guido cuenta con dos modos de denominar a los sonidos. Por un lado, mediante letras (Gamma, A, B. C, D, E, F, G, a, b, c, …). Aquí, cada nota de la octava tiene su letra, pues de la letra griega gamma hasta la G mayúscula están nuestras notas Sol, La, Si, Do, Re, Mi, Fa, Sol. Y luego se repite con las minúsculas, e incluso hay varias más agudas que se escriben con letras dobles, con el matiz de que la “b” puede ser blanda, redonda (mollis) o cuadrada, lo que daría nuestros Si bemol y Si natural respectivamente. Por otra parte, el himno a San Juan que le sirve para crear las sílabas del solfeo tiene la particularidad de abrir cada uno de sus seis primeros hemistiquios con sonidos diátónicos correlativos, equivalentes a Do, Re, Mi, Fa, Sol y La en nuestra notación o a C, D, E, F, G, a, en la notación alfabética guidoniana.
Estos sonidos pasarán a ser sílabas para solfear al separar dichas sílabas de las palabras a que pertenecen, reteniendo el hecho de que suben en la sucesión indicada. Subrayamos las primeras sílaba de cada uno de los seis hemistiquios de esta primera estrofa del himno:

Ut queant laxis resonare fibris
Mira gestorum famuli tuorum,
Solve polluti labii reatum,
 Sancte Joannes.

De ahí, Ut, Re, Mi, Fa, Sol, La. El Do (en lugar del Ut) es una mejora fonética del sistema no extendida universalmente y ya muy posterior.
El problema es que tenemos seis sílabas para denominar a un conjunto de siete notas distintas. Y aquí viene el lío, que no fue tanto cosa de Guido como de sus seguidores. De hecho, las grandes teorizaciones del solfeo hexacordal se desarrollaron en el el siglo XIII y se extienden hasta el siglo XVIII, sobre todo en el ámbito eclesiástico. Estas explicaciones presentan un sistema para moverse a través de los hexacordos de manera que se pudieran solfear todas las notas de una melodía medianamente rica, es decir, que contuviese las siete notas distintas de una octava.
Como decimos, el sistema duró siglos. En España, Gil de Zamora lo explica en el siglo XIII, pero lo encontramos también adecuadamente sintetizado en Juan Bermudo (s. XVI) o en numerosos tratados de canto llano del siglo XVIII y aon de principios del XIX. Ramos de Pareja (s. XV) lo crítica severamente y propone una alternativa con las ocho sílabas de una frase (Psallitur per voces istas) que irían de Do al Do de la octava superior. Pese a su buen criterio, no tuvo éxito.
La ilustración que encabeza esta entrada procede de Bermudo (Declaración de instrumentos musicales) y nos parece muy clara. Vemos a la parte izquierda la sucesión de todas las notas del sistema con la notación alfabética: de abajo hacia arriba, gamma, A, b cuadrada, C, etc. Pero para solfear, recurrimos a la sucesión de seis notas que los cantores han anclado en su memoria a partir del himno citado. De este modo, podemos nombrar las primeras notas del sistema (gamma, A, B, etc.) llamándolas Ut, Re, Mi, Fa, Sol, La, pues se trata de un transporte correcto. Este sería el hexacordo del becuadro, por tener el Si natural (o sea, la b cuadrada). El siguiente hexacordo sólo lo podemos colocar (en el sistema básico) a partir de la C, y nos sale Ut, Re, Mi, etc., equivalente a C, D, B, etc. Obviamente es el hexacordo natural. Y finalmente, puede situarser otro hexacordo a partir de Fa, siempre y cuando que contemos con que la “b” es mollis, o sea, con nuestro Si bemol, para que salga la transposición exacta. Esto se repite con nuevas “deducciones” en el ámbito agudo, como se ve en la ilustración. 
Ocurre entonces que los “signos” resultantes son la suma de una letra más una o varias sílabas. Basta leer de izquierda a derecha: gammaut, Are, Bmi, Cfaut, Dsolre, etc. Con semejantes palabras no se puede solfear, naturalmente. Hay que elegir una sílaba tan solo de las que componen el signo.
Para no extenderme más, pondré un ejemplo. Se trata del comienzo de un aleluya gregoriano. Procede del Graduale Triplex, de modo que puede verse la copia de los neumas adiastemáticos antes mencionados. Actualmente, lo solfearíamos pronunciando sus notas: 


Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, La, Sol, Sol, Si, Do, La, Si, La, Sol, Sol.

Pues bien, un cantor de los siglos finales de la Edad Media y de buena parte de la Edad Moderna (incluso de toda según géneros y países), lo leería acogiéndose primeramente al hexacordo natural o de natura, lo que le valdría para las dos primeras sílabas (Al-le), pero al llegar a “lu” surge el problema. El Sol es aparentemente la última sílaba que podría pronunciar, pues luego se encuentra con un sonido que no tiene sílaba para solfear en este sistema. Recordemos: sólo seis sílabas para siete notas. Entonces, en el signo donde está la sílaba Sol, que es Gsolreut, ha de hacer una mutanza, o sea, ha de tomar otra sílaba, dentro del mismo signo, que nos permita continuar con el ascenso. Puede elegir el Re o el Ut. Pero si opta por el Re, no sale una buena transposición, porque de Re a Fa hay una tercera menor. Así que tomaría el Ut y entonces salen bien las cuentas, porque hay una tercera mayor y luego un semitono, como entre G, b cuadrada y c. Eso nos lleva a solfear así: 
Ut, Re Mi, Fa, Sol, La, La, Sol, Ut, Mi, Fa. Re. Mi. Re. Ut. Ut. 
Las notas subrayadas se pronunciarían como se indica, pero sonarían una quinta arriba pues estamos en un hexacordo que ha escalado altura sobre el de origen, dando la sensación de un alocado solfeo en donde sube el sonido mientras suenan sílabas que tendrían que sonar en el grave. Todo porque, en esencia, sólo tenemos las sílabas Mi-Fa, para indicar los tres intervalos de semitono del sistema básico del canto llano: b cuadrada-c, e-f y a-b redonda, o dicho en el solfeo ordinario, Mi-Fa propiamente dicho, Si-Do, y La Si bemol.
El sistema puede complicarse mucho cuando aparecen otros accidentes o cuando se alude a más notas en el grave o en el agudo, pero eso es otro cantar.








martes, 1 de octubre de 2019

La música humana según Fludd


La teoría musical se manifiesta con mucha frecuencia a través de gráficos, diagramas e ilustraciones de todo tipo. Hoy traemos al blog una imagen llena de contenidos teóricos. Se refiere al concepto de “música humana” que, junto con la “mundana” (de los mundos o esferas celestes) y la instrumental (la que realmente suena), forma parte de la célebre división boeciana de la música. Naturalmente, la triple división de Boecio tuvo un inmenso eco hasta más de mil años después, pero la idea ya existía en el mundo clásico. Al igual que hay una música del macrocosmos, que rige el universo, también existe una música del microcosmos, que es la que habita en el ser humano. Que no se oigan, no es un problema para la teoría especulativa de la música y ya los pitagóricos dieron algunas explicaciones al respecto.
En médico y alquimista inglés Robert Fludd (siglos XVI-XVII) nos propone una imagen de la “música humana” donde vemos los siguientes elementos:
El arco externo (a la izquierda) que abarca toda la figura lleva una anotación indicando que es una proporción cuádupla, al tiempo que su simétrico por el lado derecho alude al disdiapason. En efecto, 4:1 es la proporción que regula la doble octava.
Ese gran arco se divide en dos más pequeños. A la izquierda, la proporción doble material (abajo) y la doble formal (arriba) que dan dos octavas: la material, abajo y la espiritual en la parte superior. Cada una de esas octavas se divide en las proporciones sesquiáltera y sesquitercia, que determinan los intervalos de diapente y diatésaron (de quinta y de cuarta), a su vez pertenecientes al nivel superior o al inferior. En suma, tenemos las proporciones pitagóricas en sentido estricto como capaces de producir unas armonías que equilibran el microcosmos de la persona. Con todo, no se trata tan sólo de una aplicación mecánica de la tetraktis pitagórica o número cuaternario, sino de un juego con los tres primeros números entendidos como mónada/Creador, dualidad de materia y espíritu y trinidad como “forma o luz” de las cosas. Todo se genera de manera ternaria, pero ya hemos visto el papel del número cuaternario como doble octava, que puede asociarse al tetragrammaton, las cuatro letras o nombre cuaternario de Dios, como subraya Luis Robledo, editor de una selección de textos de Fludd titulada Escritos sobre música (Madrid, Editora Nacional, 1979).
Por otra parte, la proporción 2:1 (octava) contiene la quinta y la cuarta y entre ambos intervalos hay siete intervalos (cinco de tono y dos semitonos), lo que permite jugar con el simbolismo septenario. Pero si unimos los semitonos, apunta Fludd, salen seis tonos, lo que da la héxada o numero senario que también tenía su prestigio como primer número perfecto que sale de la suma de sus partes: 1, 2 y 3.
Además, hay dos triángulos (también denominados pirámides) recorriendo la figura. Uno tiene el vértice en la cabeza y la base a la altura de los testículos. El otro es justo al revés. Se oponen el instinto y la razón. La capacidad instintiva de la generación, que compartimos con los animales, determina que la base de una pirámide esté a la altura de los testículos, pero el elemento instintivo mengua hasta llegar a su mínima expresión en el vértice, situado en la cabeza. Y al revés, la racionalidad disminuye a medida que descendemos en el triángulo invertido. Este esquema de triángulos (o pirámides) enlaza con conocimientos propios de la tradición hermética. Fludd explica con su doble triángulo las relaciones del hombre interno (alma) con el externo (cuerpo). Es la lucha entre el barro de que el hombre está hecho y el aliento vital que le ha insuflado Dios: lo más vil y lo más sublime en este diálogo que se desarrolla en el ser humano. Esa idea de purificación a medida que nos elevamos (y de materialidad tosca a medida que descendemos) se enmarca en el pensamiento neoplatónico. Y todo ello (pitagorismo, hermetismo, neoplatonismo) queda cristianizado con la representación estrellada de Dios en la parte superior, que está por encima de la mente, la razón y la inteligencia.
El propio Fludd señala que el punto vital del corazón, marcado en el grabado, es como el Sol en la sucesión de los cuerpos celestes. En este caso, estamos en el cruce de la pirámide material con la espiritual y, por tanto, la voluntad se debate y puede caer en las tentaciones de los placeres y la carne si tiende hacia abajo, o bien, si mira hacia arriba, tener el privilegio de contemplar las realidades supercelestes. Todo lo cual se desarrolla como un elemento más de una obra teórica de amplio vuelo que, aunque escrita a principios del XVII, parece resistirse a los cambios de paradigma que empezaban a germinar en esa centuria.

El propio Fludd señala que el punto vital del corazón, marcado en el grabado, es como el Sol en la sucesión de los cuerpos celestes. En este caso, estamos en el cruce de la pirámide material con la espiritual y, por tanto, la voluntad se debate y puede caer en las tentaciones de los placeres y la carne si tiende hacia abajo, o bien, si mira hacia arriba, tener el privilegio de contemplar las realidades supercelestes. Todo lo cual se desarrolla como un elemento más de una obra teórica de amplio vuelo que, aunque escrita a principios del XVII, parece resistirse a los cambios de paradigma que empezaban a germinar en esa centuria.