miércoles, 18 de noviembre de 2015

Siri aprueba en audiciones

La mayor parte de los profesores de Historia de la Música incluye audiciones en sus exámenes. A partir de ahí, lo que se exige puede ser muy variado en función de los distintos niveles de la enseñanza. Pero a nadie se le escapa que identificar lo que está sonando ayuda a enfocar la prueba.
Y aquí es donde Siri, la asistente virtual de Apple, vuelve a sorprendernos. Si fuese una alumna y en la prueba se puntuase generosamente el reconocimiento de las obras propuestas, saldría bastante bien parada.
Lo empecé a comprobar (partiendo siempre de grabaciones comerciales) con un aria de Riccardo Broschi. A los pocos segundos Siri conjeturaba que aquello “tenía toda la pinta” (pues Siri se expresa muchas veces de manera coloquial al tiempo que prudente) de ser el aria “Son qual nave”, cantado por la Bartoli, sin olvidarse del nombre del autor y del título de la ópera. ¡Bravo!
Escuchó después la “Obertura” de Pygmalion, de Rameau.
Siri pide tiempo:
—“Afinando el oído”, —explica.
 Y pronto añade, como admitiendo filosóficamente que nunca nada es del todo seguro;
 —“Yo diría que…”—, antes de proporcionar con toda exactitud el título, autor e intérpretes de la obra.
La tercera audición tenía como protagonista a Josquín y de nuevo, en menos de medio minuto, había identificado la pieza y la concreta versión de la misma con todos los datos pertinentes.
Pero Siri, formada en la cultura anglosajona, no está fuerte en música española y pide disculpas humildemente por no saber de qué obra se trata cuando le pongo algo de José de Torres.
“Vaya, no conozco esta canción”, se lamenta.
Y le perdonamos que llame “canción” a cualquier cosa que suena y le perdonamos mucho más que no haya identificado el pasaje de Torres porque es lo que le ocurriría a al 99,99 por ciento de los españoles.
Algunos otros ejemplos arrojaron resultados similares. La razón de estas lagunas de Siri ¿tendrá que ver con el (escaso) grado de internacionalización de parte de la industria discográfica española? Podría ser. Lo cierto es que Siri no puede etiquetar lo que no está en las bases de datos a su alcance.
 Finalmente tuvo que vérselas con un ejemplo muy conocido de canto gregoriano: el “Kyrie” de la Misa de angelis. No lo reconoció en la grabación de un grupo español, pero sí en la versión mucho más difundida de Alberto Turco con la Nova Schola Gregoriana.
Vale, este curso Siri no se llevará la matrícula de honor en audiciones, pero seguro que el próximo lo hace mejor.
Ella aprende rápido.

sábado, 14 de noviembre de 2015

 

I. 
La Antigüedad experimentó de muchas maneras el sentimiento de la caída del alma y el anhelo del regreso al paraíso perdido. La filosofía platónica y más aún el neoplatonismo alimentaron esta visión. Y en cuanto a música puede verse muy bien plasmada en el hermoso tratado de Arístides Quintiliano titulado Sobre la música (Ed. Gredos). Veamos primero, pues, el proceso de la caída.
El alma gira en las regiones celestes. Atraída por las cosas terrenas —explica Quintiliano— inicia la bajada, perdiendo en pureza lo que gana en materialidad. Se vuelca hacia lo terreno. Pero en ese descenso, "toma y arrastra consigo de cada una de las regiones superiores algunas partes del ensamblaje corpóreo”. De forma que cuando desciende por las regiones del éter incorpora el elemento de la luminosidad y el calor. "Pero —prosigue Quintiliano— cuando el alma se precipita a través de las regiones lunares -que son de aire y están asociadas a un viento que de aquí en adelante es consistente- poco a poco es hinchada por el viento que está debajo, produciendo un intenso y estrepitoso silbido a causa de su natural movimiento". El alma va adquiriendo cuerpo, primero a modo de una red globular de nervios, que se estira y rellena con membranas hasta adquirir forma humana al final de su descenso.
Nótese cómo funciona aquí un principio fundamental en el imaginario de la caída, exactamente según la exposición de Bachelard en su obra clásica El aire y los sueños. Y es que la caída, para que sea verdaderamente dinámica, ha de estar rodeada de una serie de incidencias que transforman el objeto caído. Es preciso, dice Bachelard, "comunicar la diferencial de la caída viva, es decir, el cambio mismo de la sustancia que cae y que, al caer, en el instante mismo de su caída, se hace más densa, más pesada, más culpable".

II.
Mas es posible el regreso y la música puede convertirse en una perfecta aliada para dicho viaje de vuelta. De modo que el alma, cual sufriente peregrino, echa de menos todo lo que la patria abandonada supone y todo lo que en ella disfrutó alguna vez. También recuerda, añora y seguramente da por perdida la música celeste que resonaba en aquellas provincias de un tiempo anterior a su existencia material: música que sonó desde siempre, que está sonando ahora y lo hará eternamente, aunque ella ya no pueda escucharla —apresada como está en su envoltorio material— y le resulte muy arduo el camino de retorno.
Concluye Quintiliano: "¿Qué hay de asombroso en que el alma, que ha tomado físicamente un cuerpo semejante a las cosas que mueven los instrumentos (nervios y viento) se mueva al mismo tiempo que éstas se mueven...?".
Y tampoco hay nada de asombroso en que si los instrumentos de viento nos llevan a las frías regiones sublunares y los de cuerda —como dotados de nervios humanos— nos sitúan aún más arriba, en el mundo cálido y luminoso del éter, sea posible el viaje de vuelta a través de la propia experiencia musical.
El alma siente curiosidad por descender y así se humaniza, pero, ayudada por la música, puede cumplir su sueño de regreso, acabar con el desasosiego de una nostalgia poderosa que no puede ser evitada pues es simplemente la nostalgia del paraíso.

Extractado y adaptado  de Ángel Medina: “El imaginario aéreo de la música: mitos, símbolos y realidades”. Barcelona, Ed. Anthropos, pp. 60 - 86.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Nektaria Karantzi nos introduce en el canto bizantino

 
Dentro de las actividades del XI Ciclo de Música Sacra ‘Maestro de la Roza’ destaca con brillo propio la presencia de Nektaria Karantzi, cantante griega especializada en música bizantina. Al margen de su recital (viernes, 13), interesa aquí destacar su clase magistral del jueves, 12 de noviembre, en el Seminario de Musicología ‘Emilio Casares’ de la Facultad de Filosofía y Letras de La Universidad de Oviedo.
Para la perfecta organización del acto los jóvenes de la Escolanía San Salvador, comandados por la organista Elisa García Martínez y su presidente, Ignacio Rico Suárez, prepararon y entregaron a los asistentes unas carpetas con el material didáctico correspondiente.
La Dra. María Sanhuesa, profesora de Ciencias de la Música de la Unversidad de Oviedo, presentó a la ponente con una bien trazada semblanza, breve y al tiempo muy completa.
Aunque su trayectoria es conocida, cabe recordar que Karantzi empezó a cantar desde niña, que se graduó en canto bizantino y que ha recorrido muchos países y grabado discos interpretando repertorio popular y bizantino, compatibilizando estas actividades con clases magistrales en universidades y centros prestigiosos (como La Sorbona o la Academia Franz Liszt de Hungría). Por eso, como muy bien decía la profesora Sanhuesa, su presencia en la Universidad de Oviedo es un privilegio y todo un honor.   
Un nutrido y atento grupo de asistentes, procedentes de ámbitos diversos (musicólogos, filólogos, músicos…) siguió las explicaciones de la cantante, ilustradas con una serie de ejemplos que ella misma interpretaba. Por cierto, escuchar esas melodías, con sus cromatismos, adornos  y sutiles inflexiones de la voz —que nos liberan, aunque sea temporalmente, del sistema temperado  de las escalas occidentales— resulta como un soplo de aire fresco para nuestros oídos.
Comenzó Nektaria Karantzi aludiendo a la herencia recibida por el canto bizantino de la Grecia clásica, que afecta incluso a cuestiones de disposición de los cantores en el interior del templo relacionadas con los usos del antiguo teatro griego.
Tras explicar brevemente el mecanismo de la notación bizantina (que no lleva líneas a modo de pauta, pero que no por ello es adiastemática actualmente) procedió a introducirnos en el sistema general del octoekos, con sus modos auténticos y plagales (terminología que pasó al canto gregoriano, como se sabe), enriquecidos no sólo con sus diversas variantes sino, sobre todo, con la cuestión de los géneros, a saber, el diatónico, el cromático y el enharmónico. Esta denominación procede de la teoría de la Grecia clásica, naturalmente, pero hay diferencias en diversos puntos. La cantante cantó con hermosa voz pasajes de piezas en distintos modos y géneros. Nos llamó la atención el contexto festivo en que suele usarse el género enharmónico, por ejemplo en bodas y bautizos, con un sabor casi popular en ocasiones.
Los modos bizantinos están asociados a un valor moral, retomando así la vieja teoría del ethos de tradición platónica. Parece que a este elemento se le da mucha importancia en la música bizantina, hasta el punto de que se cuidan mucho, por ejemplo, de asignar ciertos modos caracterizados por su solemnidad a los textos que tengan carácter dogmático, como es el caso del “Credo”.
También aludió Nektaria Karantzi a la pervivencia, en ciertas zonas de Grecia, de procedimientos propios del canto bizantino en la música de tradición oral.
Sin duda ninguna esta clase no pretendía ir más allá de una simple introducción, pero lo cierto es que resultó fascinante por el mundo sonoro al que nos invita y por la propia manera, serena, cordial y cercana, con que Nektaria Karantzi nos lo fue fue abriendo.
La cantante griega recibió largos y cálidos aplausos al acabar su intervención y el ulterior coloquio. Y también los hubo para el traductor (pues la artista habló en griego), el profesor Ramsés Fernández, que lo hizo para nota.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Metáforas del gorigori

 I.
Comienza el mes de noviembre con la celebración de Todos los Santos, dedicado a quienes ya están en presencia de Dios. Y continúa el día 2 con la festividad de los Fieles Difuntos. O sea, la referida a los muertos que se hallan en una situación aún no definitiva del mundo de ultratumba, purgando sus pecados, pero con la posibilidad real de alcanzar el cielo. Del purgatorio se sale y por ello, como sugieren Dante o Chateaubriand, tiene algo de esperanzador, pese al tormento que las almas han de pasar en esa estancia atroz.
 Para acortar ese tiempo de sufriente espera, los que estamos aún vivos podemos ser de gran ayuda con nuestras oraciones y con la petición de las mismas a quienes son ministros de Dios. Estamos hablando del encargo de misas y responsorios, o sea, de los sufragios por las ánimas del purgatorio. Los cuales movieron a lo largo de los siglos ingentes cantidades de dinero en la Iglesia católica. Y son la causa principal de esos cantos fúnebres apresurados e ininteligibles que se conocen como ‘gorigori’.
Es probable que a muchos les suene a chino todo esto, pero lo cierto es que hasta bien entrados los años sesenta del pasado siglo constituía un conjunto de prácticas muy habituales, especialmente en las sociedades tradicionales de nuestro entorno. Ahora, sin embargo, triunfa el Halloween y hasta la propia Iglesia católica es reticente con la cuestión del purgatorio. Mas vayamos a lo nuestro.

II.
Es de destacar la continuidad —a lo largo de al menos los últimos cuatro siglos— de la práctica del gorigori, de ahí la inserción del término en el lenguaje común y su versatilidad como metáfora.
Para ilustrar la definición del gorigori del Diccionario de Autoridades (“Canción con que los niños suelen querer imitar y remedar el canto de los Sacristanes”) tenemos un testimonio antiguo y valioso en una obra de teatro religioso de Fray Diego de Ocaña titulada Comedia de Nuestra Señora de Guadalupe, de 1602. El caso es que cuando llegan el sacristán, el cura y el pueblo a casa del muerto, el primero dice: “Gori, gori, gori, gori”. Y luego todos (o sea, el pueblo también) repiten: “Gori, gori, gori, gori”. De forma que el simpático autor pone en boca del sacristán una metáfora, por la que lo figurado (gori gori) remite a lo literal ausente (el correspondiente texto latino) y multiplica el efecto cuando todos repiten lo dicho por el sacristán, porque ahora lo figurado envía primero, como un eco, a una literalidad absurda que sólo pasa a ser lógica (y también ausente) en una segunda instancia. En suma, el término gorigori como parodia onomatopéyica de lo que realmente se tendría que decir y de lo que nadie se tendría que burlar.
Parece un tanto extraño que un canto religioso, máxime siendo de difuntos, pueda mover a burla y, en definitiva, a risa, pero lo cierto es que para la fecha del testimonio antes citado ya existía una tradición teórico-moralista que consideraba pecado el cantar mal en el templo, entre otras cosas porque ello era motivo de hilaridad.
Decir gorigori es siempre expresar una metáfora. No hay ningún canto funeral que se llame así. No hablamos aquí de los responsorios, salmos o antífonas que nutren los oficios de difuntos, sino de algo que ya por el nombre suena muy poco a liturgia y a cosa seria. Suele ser, además, una metáfora en sentido estricto antes que una comparación, pues sustituye directamente al referente real, con el que no se compara sino al que se equipara.

III.
Como podrá suponerse, son mucho más frecuentes los testimonios en los que el vocablo estudiado equivale genéricamente a “cantos fúnebres”. Pero, naturalmente, el empleo de semejante término está reñido con la seriedad propia de ciertas circunstancias de muerte. No cabría usarlo, por ejemplo, en una relación oficial de las honras fúnebres dedicadas al rey. Sin embargo, el término discurre por la literatura española, bien manteniendo su condición inicial de sátira o bien ejerciendo como resorte infalible para la comicidad de lo narrado. No es de extrañar que, atendiendo a esta última afirmación, lo encontramos en un contexto de muerte fingida. El gorigori realza el lado cómicamente macabro de este tipo de situaciones literarias.
Sin duda, este recurso de la muerte fingida es una constante teatral y no es de extrañar, en consecuencia, que cuando se desea poner un punto de humor, se introduzca el socorrido término que estamos analizando y que es, en sí mismo, todo un fingimiento. En un sainete, precisamente titulado El Gorigori, de Quiñones de Benavente, publicado en el siglo XVII, se juega con este equívoco y con un negro sentido del humor. Las razones del fingimiento, aquí, son muy prácticas, pues uno de los personajes se hace el muerto al objeto de no tener que dejar un balcón a un extranjero (para ver los toros) y se expone a escuchar el gorigori a él dedicado que, naturalmente, nunca podría oír en caso de muerte verdadera.

 IV.
Cantar el gorigori puede ser una metáfora verbal en la que el referente real es un determinado modo de vida. El maestro Galdós contrapone dos perfiles vitales en Doña Perfecta, del siguiente modo: “una cosa es tener hijos y pasar amarguras por ellos, y otra cosa es cantar el gori gori en la catedral y enseñar latín en el Instituto”. Aquí, cantar el gorigori es metáfora y metonimia, pues mediante esa actividad propia del clero (junto con la enseñanza del latín) se cifra la vida convencional, sin sobresaltos, de un clérigo catedralicio frente a las apuros vitales de un padre de familia.
Gorigori es también un eufemismo para evitar la palabra muerte. Es muy frecuente su uso, tanto referido a uno mismo (“cuando me canten el gorigori” vale tanto como “cuando me muera”) o al prójimo. Así, se evita la palabra tabú y se desdramatiza la situación.
Por extensión, puede aplicarse el término gorigori como metáfora del final de algún proceso. Hoy en día no es raro encontrar el vocablo en el periodismo político, representando el final de alguna responsabilidad pública. El despedido o cesado es ahora el muerto político al que le cantan el gorigori sus rivales, apresurándose incluso a hacerlo en los momentos agónicos previos al suceso.
A veces se usa como sinónimo de achaque fuerte y repentino.
En suma, el término que aquí se estudia ha ido atravesando los siglos y modificando su significado, operando como canto burlesco, comida de cofradías, canto de difuntos, eufemismo de la muerte, metáfora del estado clerical, final de cualquier cosa y síncope peligroso.
Como el ave fénix renace de sus cenizas, renovado, polisémico, lleno de vida precisamente por nutrirse de algo tan universal como la muerte.

Extractado de Ángel Medina: “Gorigori: las metáforas del gregoriano fingido”. Cuadernos de Música Iberoamericana, 14, 2007, pp. 177-193. 
Ilustración: Dante y Virgilio a las puertas del Purgatorio. Edición con grabados de G. Doré. 

sábado, 31 de octubre de 2015


I.
Cuando en 1995 se celebraron los 25 años de la fundación de una emblemática agrupación coral asturiana, la Capilla Polifónica ‘Ciudad de Oviedo’, tuve la grata oportunidad de pronunciar unas palabras de homenaje a don Alfredo de la Roza, a modo de preludio de su actuación al frente de la Escolanía San Salvador. Obtuvo aquella sesión una gran acogida, incluyendo la presencia del arzobispo de Oviedo, don Gabino Díaz Merchán, y del vicario de la Diócesis, don Javier Gómez Cuesta. Por su parte, don Alfredo dirigió a la Escolanía San Salvador en un cálido y hermoso concierto, en el que cantaron niños y niñas que hoy ya no lo son, pero que mantienen viva su admiración hacia don Alfredo a través de iniciativas como el Ciclo de música sacra ‘Maestro De la Roza’.

Entre los escolanos que participaron es ese concierto estaban algunos que habían mudado la voz, de modo que el coro, habitualmente de voces blancas, abordó un repertorio que extendía sus registros vocales hacia el ámbito de los graves. Entre esos chicos y chicas que se resistían a dejar la Escolanía hubo varios —como Gaspar Muñiz Álvarez, Ignacio Rico Suárez o la organista Elisa García Martínez— que después de haber aprendido mucho del maestro en vida de éste, han sabido enaltecer su memoria tras su muerte.

Detalle de un retrato de don Alfredo de la Roza, tomado de la foto presentada para la oposición al magisterio de capilla. Su autor es José Cuadra Sánchez. Propiedad y cortesía de don Gaspar Muñiz Álvarez, discípulo del maestro y continuador de su obra en la Escolanía San Salvador.
II.
Por muchos motivos tengo un recuerdo muy cercano y especial de don Alfredo de la Roza que arranca de los momentos en que el maestro colaboró generosamente con las actividades de la Universidad, en los primeros años ochenta. Y por eso quiero hoy —cuando se cumplen 11 años de su muerte—, como en el cálido homenaje de 1995 antes citado, hacer mención de su prolongado magisterio musical en Oviedo y, si bien se mira, en toda Asturias, con ecos que en el mundo coral y litúrgico fueron más allá de los propios límites regionales.
Alfredo de la Roza Campo vio la luz en Santa Marina de Cuclillos (Siero, Asturias) el 5 de diciembre de 1925. En 1932 la familia se traslada a La Felguera y es en esta industriosa localidad donde se iniciaría en los secretos de la música. Estudiaba por entonces en las Escuelas Cristianas de los Hermanos de La Salle o, dicho en román paladino, Colegio Lasalle. En esa localidad tuvo la guía espléndida de don Ángel Curto, director de la Banda de Langreo y músico benéfico para la cultura musical asturiana y particularmente para las distintas localidades del valle minero del Nalón.
Al ingresar ya de lleno en la carrera eclesiástica, con estudios en Covadonga (1939), luego cerca de Tapia, por fin en Valdediós, hasta instalarse en el Seminario de Oviedo —aún en plena construcción—, donde se ordenaría sacerdote en 1951, Alfredo tiene esa ventaja musical sobre sus compañeros. Pero sigue aprendiendo, ahora de la mano de don Eugenio García Antuña, organista y maestro de capilla de la Catedral y profesor de música en el Seminario. Ya en 1950, por tanto antes de ordenarse, era la mano derecha de García Antuña en esta última responsabilidad y no mucho después, en 1952, asume las labores de docencia musical y dirección de la Schola Cantorum del Seminario. De modo similar, se hace cargo de las responsabilidades musicales de la Catedral, ocupando oficialmente el puesto de maestro de capilla en 1958, cargo que ostentó hasta el día de su muerte, acaecida el 31 de octubre de 2004. Don Alfredo fue un gran asturiano, noble amigo, quintaesencia del laureado Ochote Principado, figura indispensable en la Federación Coral Asturiana, melómano exigente, viajero experimentado, sobresaliente aficionado a la fotografía y al cine y muchas cosas más imposibles de resumir en estas líneas. De su personalidad fecunda y poliédrica estamos recordando sólo unos pocos detalles, que deseamos sean suficientes para presentarlo a quien no tuvo la suerte de conocerlo.
El Seminario Metropolitano de Oviedo fue, en verdad, el ámbito donde don Alfredo desarrolló la mejor parte de su magisterio musical. Mas esta circunstancia no tuvo siempre las mismas características y no se explica sin algunas precisiones. Es oportuno recordar al arzobispo don Javier Lauzurica, un vasco formado nada menos que en Comillas, en la escuela musical del P. Otaño (que luego continuaría nuestro P. Prieto), porque dio un impulso extraordinario a la actividad musical del Seminario. De hecho, hizo venir a don Ignacio María Olaizola Arrieta, nombrándolo rector del Seminario en 1949, aunque aquí lo traemos a colación como responsable de las enseñanzas de canto gregoriano, en el que también se instruían los seminaristas.

III.
La Schola Cantorum, nos recuerda don Agustín Hevia Ballina en su libro sobre este centro eclesiástico, era "comitiva oficial del Prelado en todas sus actuaciones de carácter solemne". También es necesario advertir que el Seminario tenía por entonces más de trescientos alumnos, de los que unos noventa formaban parte de la Schola.
La Schola Cantorum del Seminario ovetense estaba pues formada en sus mejores momentos por casi un centenar de voces, todas ellas bien educadas musicalmente. El solfeo era diario, y hasta en los recreos se reunían para cantar y ensayar. Por eso, cuantos seguimos la trayectoria de no pocas personalidades de la música coral, como Ignacio Lajara, Fernando Menéndez Viejo o Manuel Ovín -por citar sólo algunos de los muchos nombres posibles-, encontramos siempre un momento de su formación y de su su trabajo que está en deuda con aquella etapa y con las enseñanzas musicales de don Alfredo en el Seminario.
Cuando se celebró la inauguración del actual Seminario, a mediados de noviembre de 1954, con asistencia como madrina de la esposa del Jefe del Estado, Carmen Polo de Franco. y del Nuncio Apostólico, la Schola tuvo también un destacado papel, siempre bajo la dirección de don Alfredo. Aquel día sonó Como la flor, de Torner, una Giraldilla de Benedicto y el asturianísimo Axuntábense, con gran entusiasmo del Nuncio de Su Santidad, que tomaba nota del significado de las expresiones vernáculas de la composición, según recoge Antonio Viñayo en su libro El Seminario de Oviedo (1955), donde reproduce la amplia crónica de la inauguración aparecida en el Boletín Oficial del Arzobispado. Y es que el Axuntábense , como ha narrado Hevia Ballina en más de una ocasión (la última con motivo de la sentida necrológica que le dedicó en La Nueva España del 2 de noviembre de 2004) era una especie de himno oficioso de la Schola Cantorum. Con frecuencia, al término de los actos litúrgicos, como también es de sobra conocido y de hecho así se lo hemos podido oir al propio don Alfredo, el arzobispo exclamaba: "De la Roza: ¡Axuntábense!". Y no había solemnidad que no concluyese con esta pieza.
Pero lo más grandioso de este magisterio no radica en la anécdota, sino en el repertorio que se interpretaba. Don Alfredo había pasado a ser Maestro de Capilla de la Catedral de Oviedo, pero en la práctica carecía de medios para desarrollar las antiguas obligaciones de este oficio. Sin embargo, en las grandes solemnidades, especialmente en Semana Santa, la Schola del Seminario se desplazaba a la Catedral y allí se oían durante largas horas los prolongados oficios de maitines, los responsorios de Semana Santa, con docenas y docenas de obras de Palestrina, de Victoria, de los grandes maestros de la edad de oro de la polifonía y también las severas y hondas composiciones de los autores del siglo XX, imbuidas del espíritu litúrgico-musical derivado del célebre motu proprio “Tra le sollicitudine”, promulgado el la festividad de Santa Cecilia de 1903 por el papa Pío X. Y entonces, en esas décadas centrales del siglo, la de los cincuenta y la siguiente, pues luego ya el potencial musical del Seminario también decayó, los oídos de los ovetenses seguían educándose con la buena música de su primer templo, exactamente igual a como había ocurrido ininterrumpidamente desde al menos el siglo XVI.
La elaboración de las copias de las partituras para los cantores era toda una odisea. O se hacían a mano las noventa copias, entre los más expertos, o, más adelante, se confeccionaban mediante un complicado proceso que requería una tinta especial, llamada tinta ectográfica. El original hecho con aquella tinta se aplicaba sobre un bloque de gelatina, que daba después unas treinta copias razonablemente claras y de un color azulado. Aún se conservan en el Seminario. Y es que don Alfredo era un experto copista de música, no sólo por razones de su bella y clara grafía musical, sino por su interés en informarse sobre todo tipo de procedimientos de edición musical. En Asturias no había nadie que fuese capaz de realizar partituras tan perfectas con los sistemas de caracteres adheribles tipo Letraset, o simplemente a mano, como muy bien sabían los responsables de la Federación Coral Asturiana a la hora de realizar las ediciones de las obras premiadas en sus concursos. Aquello que hoy, en la era de las fotocopiadoras y los ordenadores, puede parecer un producto prehistórico, fue visto entonces como una comodísima revolución. !Qué tiempos!

 Don Alfredo con la Schola Cantorum del Seminario de Oviedo  
(Foto cortesía de don Gaspar Muñiz Álvarez)
IV.
Otra gran vertiente de su magisterio hemos de verla en su trabajo al frente de la Escolanía San Salvador, nacida en 1973 precisamente a la sombra de la Capilla Polifónica. Si uno analiza los compromisos litúrgicos de la Escolanía en la Catedral de Oviedo (de la que se desvinculó en 2005) hasta la muerte de su director, en el Adviento o en la Semana Santa, en la Navidad o en el Tiempo Pascual, se puede certificar que la Escolanía hizo prácticamente las veces de las antiguas capillas de cantores catedralicios. Con ella, don Alfredo de la Roza, que fue un maestro de Capilla sin capilla propiamente dicha, rindió un servicio impagable al culto catedralicio.

 Como los antiguos niños de coro de las capillas musicales, los miembros de la Escolanía cantaban y aprendían bajo la dirección de don Alfredo. Y nos consta que las partituras que preferían no eran precisamente las más "infantiles", sino las de mayor calidad, entre las que no faltaban las del propio maestro. El magisterio de don Alfredo no pudo haber resultado más productivo. Por eso no nos extraña que hayan sido precisamente estos escolanos, hoy adultos hechos y derechos, los que se hayan impuesto la alta misión de preservar la memoria de don Alfredo de la incuria del tiempo. Don Alfredo no se veía a si mismo como un creador, por aquello que yo mismo bauticé, a mediados de los ochenta en un artículo de La Nueva España, como su "antidivismo militante". Lo que ocurre es que, en efecto, muchas de sus obras son arreglos o armonizaciones. Y otras muchas son piezas concebidas por las necesidades derivadas de los cambios litúrgicos habidos tras el Concilio Vaticano II. Pero aun en esas obras, que podríamos considerar funcionales, se ve la misma mano de maestro que inspira sus páginas más personales y comprometidas. Las cuales, por cierto, él era reacio a mostrar.
 Don Alfredo con la Escolanía de San Salvador (Foto cortesía de don Gaspar Muñiz Álvarez)

V.
Pocos sabrán que las Benedictinas de San Pelayo de Oviedo, que siempre cuidaron mucho la liturgia, le pidieron a don Alfredo la composición de salmos y antífonas para todo el ciclo anual. Don Alfredo abordó y concluyó esta ingente tarea. Y como las "pelayas" -singularmente Sor Ángeles Álvarez Prendes, directora del coro del monasterio desde hace más de 60 años- enseñan a otras comunidades de benedictinas de toda España, no es raro encontrarse con la música de don Alfredo en cualquier parte del país, o en las misas que retransmite la COPE, o ver un buen número de sus piezas en el Libro del Salmista junto con las de otros ilustres compositores. Quizá esto no sea "ser compositor" en el sentido trascendente de cuño romántico que aún persiste en muchos de los actuales creadores, pero responde muy bien a las antiguas obligaciones de los maestros de capilla, adaptadas a la estructura eclesiástica de nuestros tiempos.
Aún cabe ir más allá. Sólo un músico con madera de artista es capaz de componer páginas tan hermosas como el Memento, para las exequias del arzobispo Lauzurica, o como el responsorio Seniores populi. En esta pieza se narra la deseada aceptación de su hora, asumida por Jesús en los momentos previos al prendimiento. El maestro De la Roza consigue un perfil de modernidad y de trascendencia, que es heredero directo de la música del P. Prieto, un autor a quien él admiraba y con el que tuvo trato frecuente. Incluso el dramatismo resulta llamativamente acusado y con una cierta acidez determinada por el propio sentido del texto.
El músico que hoy recordamos nos ofrece detalles que caracterizan su obra, más allá de las diferencias que pudiera marcar la época de composición o el carácter litúrgico de cada pieza. Por ejemplo, el maestro De la Roza gusta de los pasajes afabordonados, como se puede comprobar en el responsorio Amicus meus. Dicho sea de paso, don Alfredo de la Roza es el autor de la transcripción del Miserere tradicional en fabordón de la Catedral de Oviedo. que acompaña el sacratísimo momento de la bendición a los fieles con la exposición del Sudario del Señor. Esta es la más preciada reliquia de la Sancta ovetense y se expone `rincipalmente a la veneración de los fieles el Viernes Santo, el día de la Exaltación de la Santa Cruz y en su octava, los días 14 y 21 de septiembre respectivamente.
No está de más, como aviso para los directores de coros, reparar en las sutiles matizaciones de dinámica que don Alfredo impone en sus partituras, con reguladores que afectan a pocas notas, a pocos instantes, con contrastes dramáticos de intensidad en los que siempre sale ganando el texto de la composición. En general, sus obras son de los años sesenta y presentan un sesgo un tanto fronterizo. Por el uso del latín, por la honda comprensión que el autor nos brinda del mensaje de los textos empleados, captamos la deuda con la tradición del ya citado motu proprio de Pío X, pero hay en algunas páginas una cierta frescura en el melodismo, en el fraseo que no se priva del cambio de compás para su mayor naturalidad, incluso en la participación de la asamblea, que nos habla a las claras de un músico sensible a los cambios que precisamente se estaban fraguando en los años, un tanto contradictorios para la música litúrgica, del Concilio Vaticano II.
Todas estas creaciones inspiradas han salido del corazón y de la cabeza de don Alfredo y esperan pasar a los tórculos para arribar a las manos de estudiosos y coralistas. El que fuera el último maestro de capilla de la Sancta ovetense (pues el nuevo derecho canónico impuso el nombre de “prefecto de música” a su sucesor) se lo merece.
Don Alfredo falleció en Oviedo el 31 de octubre de 2004. Esta entrada se publica justo 11 años después, en testimonio de admiración hacia una trayectoria ejemplar.

viernes, 23 de octubre de 2015

Paul Badura-Skoda: más que un gran pianista


Guardo un recuerdo extremadamente grato de Paul Badura-Skoda. El célebre pianista era habitual en los conciertos de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, pero mi trato personal con él se sitúa en mayo de 1984, en el marco del Festival de Música de Asturias. Había quedado encargado de atenderle (Emilio Casares, director del Festival, tuvo que salir de viaje) y fui su cicerone durante los días de sus actuaciones en Gijón y Oviedo, jornadas de mucha lluvia e inolvidables conversaciones.
Andaba metido por entonces en la conclusión de mi tesis sobre música española de vanguardia, así que escuché con suma atención las reflexiones de Badura-Skoda sobre la composición, disciplina en la que él mismo había hecho algunas incursiones. La II Escuela de Viena seguía siendo de referencia a la hora de hablar de modelos compositivos para el siglo XX y lo cierto es que el ilustre pianista se inclinaba manifiestamente por Berg, situaba a Schoenberg en un punto un poco más ambiguo y no comulgaba con el puntillismo weberniano.
Para Badura-Skoda hay que partir de unos límites, de unos principios rigurosos, pero es preciso dotar a la obra de un cierto valor ético y hasta de una pincelada de romanticismo que la humanice. Quizá por ello se muestra más cercano a los modos de otros compositores, en especial a Franck Martin, a quien le unieron lazos de amistad y autor que le dedicó incluso alguna de sus obras.
Paul Badura-Skoda es un conversador único, capaz de hablar de muchos temas con sosiego y originalidad. Recuerdo cómo relacionó la sinfonía “Romántica” de Bruckner, que se interpretaba esos días en el Festival, con la sonata de Schubert que había incluido en su programa. O sus reflexiones sobre Jung, Rousseau (muy críticas en este caso), el cristianismo, el maniqueismo, así como acerca de la aguda pero diletante lectura que Thomas Mann había hecho de Wagner.
Cosa curiosa, a este maestro del piano no le importaba que hubiese aplausos entre las diversas partes de una obra. De hecho, eso ocurrió en Gijón. Semejante “herejía” se suele ver como una muestra de ignorancia, pero la verdad es que esos usos se daban en el siglo XIX por puro entusiasmo, cuando el ritual de los conciertos estaba menos sacralizado. Por cierto, no faltan ensayistas que reivindican esta práctica en los últimos años. Tuve la oportunidad de escribir entonces algo de estas experiencias en La Hoja del Lunes (Oviedo, 21/05/1984) y en ese artículo, que ahora refresca mi memoria, recogí así aquella circunstancia: “Paul Badura-Skoda ladeó la cabeza mientras sonreía abiertamente mirando hacía el público, como si se hubiese abierto un pasillo con el pasado y algo del espíritu jovial y desinhibido de las shubertiadas vienesas se hubiese colado de rondón entre las paredes del Jovellanos”.
Paul me regaló un precioso vinilo con música de Haydn interpretada en un pianoforte de hacia 1790, perteneciente a su afamada colección de estos instrumentos. Conservo, además, otros muchos recuerdos, como el de una partida de ajedrez con la que entretuvimos la espera en el aeropuerto de Asturias, o el de la fabada que degustamos en Casa Conrado, en cuyo libro de honor fue invitado a firmar. Dicha firma se produjo porque el catedrático y académico de la lengua, Emilio Alarcos, que era un notable melómano y estaba con unos amigos en una mesa cercana, se lo sugirió a la siempre atenta dirección del restaurante.
Al final, Paul reparó en un cartel que estaba colocado en la pared más cercana a su silla, sacó una libretita y anotó algo misteriosamente: era el nombre de Oviedo, que figuraba escrito en asturiano en dicho cartel y le había llamado la atención. O sea, que como al clásico, nada de lo humano le resultaba ajeno.