viernes, 16 de noviembre de 2018

Debussy y el wagnerismo (1)


Tal vez haya sido Francia el país europeo donde el fenómeno wagneriano se manifestó de forma más radical. Ya no sólo se trata de que la música de Wagner haya irrumpido con mayor o menor fuerza en el país vecino, ni del grado de influencia entre los músicos franceses, sino del aspecto polémico, del enorme conjunto de manifestaciones contrapuestas que suscitó en Francia la música del compositor alemán.
Wagner acabó conquistando Francia y ni los críticos más duros pudieron resistírsele: así Saint-Saëns, en cuya obra son detectables ocasionalmente ciertos ribetes wgnerianos; o el caso de Claude Debussy (no sólo en sus primeras obras, donde la influencia de Wagner es evidente), cuando podría pasar por ser la respuesta realmente francesa a la dominación wagneriana y, para los más lúcidos, a la demanda estética del momento.
Antes de hablar de lo que supone Debussy en este sentido y de sus opiniones sobre Wagner, se hace necesario rememorar el ascenso del wagnerismo en Francia. Ascenso e intensa vivencia que, sin embargo, apenas se podían prever a la luz de la primera estancia de Wagner en París, durante el período de 1839 a 1842. Wagner acaba Rienzi, es cierto, conoce a Heine, Berlioz y Listz, pero por el momento es considerado en Francia como un modesto arreglista de números de ópera, discreto compositor de lieder en la onda del arte saloniery oscuro cronista de ciertas publicaciones alemanas.
Sólo años después, con los famosos conciertos de 1860 y la representación del Tannhäuseren París, la cuestión wagneriana adquiriría tintes de auténtica batalla de “doctrinas”, empleando la expresión deBaudelaire, quien por cierto fue uno de los que mejor supo valorar por entonces el arte wagneriano.
La suerte está echada. Se multiplican las audiciones de las obras de Wagner, se traducen sus textos y los defensores del artista alemán empiezan a publicar sus proclamas. Teófilo Gautier, Gerard de Nerval,, J. Péladan, Villier de L´Isle-Adam y el propio Baudelaire, por sólo citar a algunos de los más significativos,.
Paralelamente no pocos compositores franceses comienzan a adoptar las fórmulas wagnerianas, en ocasiones de forma acrítica, con el consiguiente perjuicio para la escena francesa, incapaz de sacar partido a sus propias tradiciones y débil para resistirse al influjo de Wagner, soberano despótico en el drama lírico.
Sobre el wagnerismo en Francia se han vertido opiniones lo bastante simples como para limitar peligrosamente con el error. Se han calificado de absolutamentewagnerianas obras como Fervaalde Vincent d´Indy, Psiché, de C. Franck y otras de Bruneau, Reyer o Chausson. Lo que no pasa de ser una opinión desmedida.. Pero también se han exagerado algunos aspectos del fenómeno contrario, a saber, la pretendida wagnerofobia de Claude Debussy.(Continúa).

Imagen: Libro programa del centenario de Wagner (1983) en el Festival de Música de Asturias de la Universidad de Oviedo, de donde procede esta nota.

jueves, 1 de noviembre de 2018

“Sobre la tumba de Janko susurraban los abetos”

La costumbre de publicar entradas en torno al 1 y el 15 de cada mes nos lleva, en el comienzo de noviembre y casi de forma inevitable, a pensar en un contenido relacionado con los difuntos. Ya nos referimos en este blog a algunas prácticas derivadas de los cantos fúnebres, como ese espanto llamado gorigori. Hoy, sin embargo, recordaremos al conjunto de los muertos a través de uno imaginario. Al fin y al cabo, no sólo hemos de pensar en nuestros familiares fallecidos o en los muertos bien registrados de los cementerios, sino también en los que yacen anónimos y olvidados en cualquier rincón del planeta o en las fosas comunes de las guerras y las masacres. E incluso no sobra acordarse de personajes imaginarios que nos enseñan las verdades de la muerte como si fuesen de carne y hueso.
El elegido en esta ocasión tiene estrechas relaciones con la música, además de un destino trágico. Me refiero a Janko, el niño protagonista de un cuento del escritor polaco Henryk Sienkiewicz (1846-1916). El relato titulado Janko, el músico, vio la luz en 1879 y narra una historia de fuerte sesgo melodramático. 
Janko es un niño enfermizo, desnutrido, hijo de una jornalera que vive en la miseria en un mundo rural que parece seguir anclado en tiempos feudales. De él nos dice el autor: “Siempre fue un niño delgado, bronceado por el sol, con la tripa hinchada, y las mejillas hundidas; su pelo de color del cáñamo, casi blanco, le tapaba unos ojos claros y desencajados que contemplaban el mundo como si fuera una lejanía inconmensurable”.
Janko es un alma cándida que se chupa el dedo y que cuando va al bosque a por bayas, pues su madre ya no tiene nada que echar en la pota, vuelve sin nada porque se pasó el tiempo escuchando los sonidos de la naturaleza: 
“¡Cómo cantaba el bosque!”, le dice a su madre.
Escuchaba el rumor de los árboles, los trinos de los pájaros, el eco. Todo. Pronto empezó a trabajar con los pastores y los jornaleros. Observó que el viento cantaba también en la horquilla con la que esparcía el estiércol, lo que le valió unos cuantos cinturonazos del capataz, poco dado al estudio del paisaje sonoro.
Su perdición vendría con la audición de la música propiamente dicha. Su madre concluyó que no podía llevarlo a la iglesia porque, en cuanto empezaba a sonar el órgano, “los ojos del chiquillo se cubrían de niebla y parecía que mirase desde el otro mundo”. Lo peor vino con el descubrimiento de que en la posada del pueblo se cantaba y bailaba por la noche. Janko se escapaba de su casa y se apostaba pegado a la posada, sin entrar, oyendo aquellas músicas entre las que le sorprende el sonido del violín. Quedó tan prendado de este instrumento que empezó a soñar con tener uno a su disposición. Como escapaba a sus nulas posibilidades económicas, lo construyó él mismo con una caja. Era tan rústico que apenas pasaba de emitir una especie de zumbido impresentable. Como consuelo, se dedicaba a mirar oculto entre los matorrales el violín de un criado que colgaba en la despensa de la casa señorial de aquellas tierras. 
Una noche de luna el rectángulo de la ventana se proyectaba como un lienzo blanco sobre la pared del fondo, donde estaban colgados el violín y su arco. Janko se acerca y lo descubren. Omitimos las peripecias que se siguen de este hecho para dejar abierta la posibilidad de que los lectores se animen a leer la historia en su fuente.
El cuento tiene varios elementos de interés. Por ejemplo, los señores de la casa regresan de Italia muy contentos, considerándola (y lo expresan en francés, dicho sea de paso) como una nación de artistas y sintiéndose muy felices de descubrir allí el talento y de protegerlo, dando a entender que esas capacidades no germinaban en Polonia. Así que estamos ante una situación de centros hegemónicos frente a periferias y de provinciana reverencia al canon internacional por parte de la alta sociedad en tanto que el pueblo polaco poseía un tesoro musical del que los creadores sacarían cada vez más partido. Sin embargo, quizá ese otro aspecto de minuciosa atención al entorno sonoro, esa vocación de escuchador de todo lo que suena que tiene Janko, esa “limpieza de oídos” como la preconizada por Murray Schafer, creador de la teoría del “paisaje sonoro”, es otro de los ingredientes de los que se puede sacar enseñanza en este relato. 
Las palabras finales remachan esta idea:
“Sobre la tumba de Janko susurraban los abetos”


Nota: El cuento está recogido en Relatos de música y músicos.Barcelona, Alba Editorial, 2018. Traducción: Katarzyna Olszewska Sonnenberg

martes, 16 de octubre de 2018

Sobre pioneros de la tecnología musical

 

Hay toda una historia referida a la incidencia de la radio en la creación y difusión musicales, al cine sonoro, a los aparatos de reproducción del sonido enlatado, del gramófono a los actuales sistemas. Adolfo Salazar asistía en 1933 al Congreso de Florencia, dedicado a la música mecánica, la música radiogénica y la sonorización de películas. En sus crónicas para Ritmoreflexiona sobre la "pervivencia del artista" y la "sustitución del profesional por la máquina". Se trataba de viejas preocupaciones, ya conocidas en el Manchester preindustrial del siglo XVII, en los telares, en los transportes y en cualquier actividad susceptible de recibir la colaboración de la máquina. Lo singular en nuestro campo es que la asociación máquina-música acabará por crear un género específico que sigue desarrollándose y que cuenta en nuestro país con numerosos cultivadores. 
Como en el resto del mundo desarrollado, también en España la segunda mitad de la pasada centuria está marcada por la presencia cada vez más intensa de todo linaje de máquinas al servicio de la creación musical. La evolución, de todos modos, tiene variantes sustanciales respecto a lo sucedido en otros países de nuestro entorno. Mas también aquí se dio la figura del adelantado en este tipo de cuestiones. Uno de ellos es un caso singularísimo. Nos referimos a Juan García Castillejo, inventor activo antes y después de la Guerra Civil. Sus patentes tienen que ver con la telegrafía rápida y fue desde este conocimiento tecnológico desde donde inició sus propuestas en torno a la música eléctrica. García Castillejo era un perfecto conocedor de los instrumentos eléctricos que habían circulado por Europa en las décadas inmediatamente anteriores, como el teremín, las ondas martenot o el trautonium. Sabemos que en 1933 su principal invento, llamado "electrocompositor musical" estaba disponible. El Director de Radio Unión Valencia, Enrique Valor, escucha el aparato ese año, según refiere el propio constructor en La telegrafía rápida. La música eléctrica.
 García Castillejo se cuida de distinguir su invento de los instrumentos eléctricos, como el violín de Makhonine. La clave es que un altavoz sea excitado por impulsos cuya procedencia es estrictamente eléctrica al tiempo que aleatoria e incluso abierta hacia la microinterválica. Frente a esta realidad casi visionaria de los años treinta, la fundación del primer laboratorio de música electroacústica -el Laboratorio Alea, creado en Madrid en 1965 y dotado con medios muy limitados- resulta sintomática del retraso tecnológico de España. Por no hablar de Francia, Italia o Alemania podemos recordar que en Chile, México o Argentina ya se trabajaba desde años atrás en esta línea. La aparición del Laboratorio Phonos -Barcelona, 1973- da un giro a la música electroacústica. El carácter profesionalizado y la concepción empresarial del laboratorio, junto con una creciente dedicación docente, permiten que la música electroacústica alce el vuelo por fin en nuestro país. También es Phonos el marco en el que situar a las dos grandes y veteranos maestros de la electroacústica en España: Andrés Lewin-Richter y el chileno/español Gabriel Brncic, a los que podemos añadir el nombre de Lluis Callejo, creador de las máquinas llamadas Stokos-en determinados aspectos no tan lejanas conceptualmente del "electrocompositor musical"- con las que trabajaron autores diversos, muy significativamente Josep María Mestres Quadreny. 
Otro pionero, ahora en el campo de la aplicación musical de la informática, fue el matemático Florentino Briones. Su aportación principal en el campo de la teoría del arte y de la música en particular viene dada por la fundación del Seminario de Análisis y Generación Automática de Formas Musicales, en febrero de 1970, conocido como SAGAF-M. y en el que parte de los músicos provenía del extinto Laboratorio Alea. A partir de 1974 se puede establecer una nueva etapa. La llegada por entonces de otros compositores, como Rafael Seniosiaín, J. Maderuelo, J. Iges, Julián Hernández y Antonio Agúndez va a modificar las indagaciones estéticas del Seminario, entrando en su fase de máxima trascendencia. El cambio más relevante se da en la propia concepción de los medios informáticos, que ya no van a ser utilizados como generadores de sonidos, sino como eficaz ayuda en la composición. La reflexión teórica de F. Briones consistió en acotar los elementos de trabajo con anterioridad (escalas, frecuencias, timbres, etc.) y luego el ordenador procesaba la información con rapidez, o proporcionaba tablas de números aleatorios, mediante los comandos adecuados, según fuese preciso en cada proyecto de creación musical. Operaciones que hoy realizamos en décimas de segundo en nuestro ordenador personal requerían entonces grandes esfuerzos y conocimientos. Así es el sino de los pioneros y por eso los hemos recordado hoy.

Nota:el texto procede, con algunas modificaciones, de la cuarta y ultima parte de un artículo titulado “Cuatro miradas sobre la música española del siglo XX”, publicado en el número 0 de la revista Enclaves (2001), que no tuvo continuidad ni apenas difusión, de ahí que lo reaprovechemos en este blog.

lunes, 1 de octubre de 2018

In nomine Dei

La historia particular de la música religiosa española tiene mucho pasado, mas anda escasa de presente y de futuro. Su incidencia en nuestro imaginario colectivo es notoria. Existió un "gregoriano popular" que durante décadas penetró en la memoria de nuestros mayores con tanta fuerza como ciertos números de zarzuela o las célebres melodías -solera (y empacho) de España- del maestro Quiroga. 
 Lo que había comenzado como una sincera búsqueda de la regeneración artística de la música de los templos, ya en pleno siglo XIX, con memorias tan dolidas como la que Rafael Herrando remitió a la reina y publicó en 1864, pasando por las inquietudes desde dentro de figuras tan célebres como el padre Eustoquio de Uriarte, preludiando el Motu Proprio papal de 1903, hasta el específico desarrollo de este decreto en los congresos de Valladolid, Sevilla, Barcelona y en el muy señalado de Vitoria (1928), parece querer concluir como el rosario de la aurora. 
Hace décadas la hipercrítica teóloga Utta Ranke-Heinemann conjeturaba, medio en broma medio en serio, que la Iglesia acabaría recuperando en el fin del segundo milenio la figura de los cantores castrados. El tiempo, por fortuna, no le dio la razón. Si su punzante hipótesis se hubiese cumplido, las cosas aún serían peor, pues no sólo hubiesen retornado los capones, que así llamaban las actas catedralicias a los eunucos cantores, sino que hubiese aparecido la nueva especie de los capones en paro y la de los capones enmudecidos, silentes y asombrados ante el mal gusto musical reinante en la generalidad de las iglesias de España.  
No olvidamos, claro está, que el reformismo derivado del Motu Proprio tuvo su lado policial e inquisidor y que muchos archivos eclesiásticos "perdieron" parte de sus fondos en aquellos afanes de pureza, del mismo modo que algunas trastiendas capitulares aún nos reservan sorpresas de interés; pero no es menos cierto que todo un tejido de buen hacer musical se fue extendiendo por los centros religiosos de cierto relieve y que se desarrollaron múltiples magisterios por toda España que acabaron beneficiando a la creación musical más allá de los muros eclesiásticos hasta hoy mismo. 
Situémonos por ejemplo en la Universidad Pontificia de Comillas a comienzos del siglo XX. En ese momento el magisterio del P. Otaño (como después el del P. Prieto) está en la base del posterior esplendor musical de centros religiosos de toda España. Un ejemplo: la labor de Valentín Ruiz Aznar en Granada no se explica sin su formación en Comillas del mismo modo que el trabajo en esa misma ciudad de Juan Alfonso García no puede obviar la deuda con su maestro Ruiz Aznar. Otaño, Ruiz y García: tres creadores unidos por un hilo de continuidad con el telón de fondo de toda una centuria. Vicente Goicoechea, Donostia, Torres, Almandoz, Massana, Thomas (el gran amigo de Falla)… son otras tantas trayectorias que se entretejen ceñidamente en la vida musical del siglo XX (aunque a veces la musicología los sitúe en un compartimento estanco) merced a su objetiva proyección extrarreligiosa. 
El Vaticano II, en los años 60, trajo muchos cambios, no siempre tan perniciosos para la música como es tópico afirmar. Pero eso es historia para otra ocasión. 



Nota:el texto procede, con algunas modificaciones, de la tercera parte de un artículo titulado “Cuatro miradas sobre la música española del siglo XX”, publicado en el número 0 de la revista Enclaves (2001), que no tuvo continuidad ni apenas difusión, de ahí que lo reaprovechemos en este blog.

sábado, 15 de septiembre de 2018

España (se) repite

Volvemos tras el descanso veraniego y damos las gracias más sinceras a nuestros lectores y lectoras por su atención.

 ***

La última entrada tuvo como protagonista a Falla. Pensando en la Guerra Civil, que tanto le marcó, nos vienen a la cabeza aquellos versos de Ángel González sobre la condición de la historia. en la estrofa final del poema titulado “Glosas a Heráclito”:

Nada es lo mismo, nada
permanece. 
Menos
la Historia y la morcilla de mi tierra:
se hacen las dos con sangre, se r
epiten.

Y si la morcilla repite, la historia se repite. La propia España es, en efecto, el cuerpo y la sangre de las más sentidas preocupaciones estéticas de la pasada centuria. Lo es reiteradamente. Repite y se repite. Recorre nuestra música con desigual énfasis según zonas y épocas, pero con una incidencia que es llamativa, persistente y que hemos de valorar como una de las grandes recurrencias estéticas del período. 
La propia historia de Españase convierte en tema, se desliza en libretos y pentagramas a lo largo de todo el pasado siglo. Vuelven las Cantigas, por ejemplo, a las manos de Eduardo Martínez Torner o a las de Julio Gómez. Reaparece Juan de la Encina. Renace la guitarra de Gaspar Sanz -esplendor de los Austrias, crepuscular siglo XVII- en la guitarra de Joaquín Rodrigo. También se lanzaron guiños a la música de la época de los borbones del XVIII. Recreaciones de las músicas de Antonio Soler, Boccherini, fandangos y otras danzas de entonces se entretejen en las elaboradas creaciones de Cristóbal Halffter, en las finas orquestaciones de Miguel Ángel Coria o en las biensonantes páginas de Francisco Cano, entre otros. 
 Hay autores en quienes esta preocupación se convierte en un auténtico estilema. No se puede entender la música de Tomás Marco, por ejemplo, si no advertimos la reflexión sobre los mecanismos de la memoriay sobre los escoriales de la historia, -por emplear sus propios títulos- que alimenta su producción, asumiendo, como en un ensayo, la cita y la parodia, el guiño cómplice y el homenaje de la meditación sobre el ayer. 
Los matices de esta reconsideración del pasado no caben aquí, pero resultan de lo más variado. Así, Josep Soler -eslabón en una cadena que tiene antes de sí los nombres de Felipe Pedrell y de Cristófor Taltabull, y después los de Albert Sardá o Miquel Roger, por citar sólo la décima parte de los nombres posibles- indaga en la liturgia hispánica con su Melodía para el entierro de párvulosy en su único collageescuchamos a Tomás Luis de Victoria junto a su propia música en suma de mística trascendencia. Alfredo Aracil traza su gramática de sugestivo metalenguaje con la ayuda de las folías de España. Lo mismo que José Luis Turina, rizando el rizo, en obras como Fantasía sobre una Fantasía de Alonso de Mudarra. Ramón Barce encontró una nueva posibilidad de frescura para sus últimas obras en la rítmica árabe que también forma parte de nuestro pasado, no lo olvidemos, en tanto que Llorenç Barber recupera espacios urbanos convocando plurifocalmente al júbilo o a la meditación mediante las centenarias campanas eclesiásticas. Los ejemplos podrían multiplicarse y casi siempre en la música de todo el siglo XX la historia se nos vuelve a la boca con unsabor agridulce.

Nota:el texto procede, con algunas modificaciones, de la segunda parte de un artículo titulado “Cuatro miradas sobre la música española del siglo XX”, publicado en el número 0 de la revista Enclaves(2001), que no tuvo continuidad ni apenas difusión, de ahí que lo reaprovechemos en este blog. Foto A. Medina: Un vestigio de la Historia en Mérida.

viernes, 15 de junio de 2018

Falla como cifra del siglo XX

Manuel de Falla obtiene el Premio de Piano del Conservatorio de Madrid en 1899. Muere en 1946, pero su estela y su sombra se prolongan hasta el día de hoy. Falla es la cifra musical del siglo pasado, hasta el punto de que no hay tendencia musical en buena parte del siglo XX español que no pueda analizarse en relación con el maestro gaditano, sucesivamente en clave de presencia, de magisterio, de ausencia, de lastre, de negación y de reconocimiento definitivo como un clásico. La vida breve, Noches en los jardines de España, El sombrero de tres picos, El amor brujo, El retablo de maese Pedro, el Concierto para clave y cinco instrumentosfueron compuestas a lo largo de las primeras décadas del siglo y ponen sobre la mesa las inquietudes de toda una época: el peso del casticismo, la mirada a Francia, la esencialización de lo hispánico, por sólo citar las más candentes. 

La Guerra Civil (1936-39) había trazado -también en la música- una frontera de sangre. Sangre de la muerte infamante, sangre imprevista del frente de batalla, sangre simbólica de la depuración profesional, del exilio interior y del exilio a secas, que es todo un abanico de grados, intensidades y duraciones. El de Falla fue voluntario y no supuso el olvido, como ocurrió con otros compositores, sino una interesada inflación de la nostalgia. Federico Sopeña, desde las páginas de la revista falangista Vértice, en octubre de 1941, llegaba a asegurar que Falla había concluido Atlántida, concebida como un canto a la "hispanidad". La realidad, como se sabe, era muy distinta al deseo. También escribía Sopeña: "nos duele su ausencia porque tenemos certeza de su dolor". La ausencia del maestro, es cierto, era sentida como una durísima orfandad. Y finalizaba de un modo que es una lección condensada de la retórica patriótica propia del momento: "¡Falla sin tierra de España!".  
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Falla fue en esencia un espíritu del 98. Por eso no creemos en el famoso silenciode su última etapa. Nos parece un silencio demediado. Nada que ver con los silencios de Samuel Beckett, de Ezra Pound o incluso -más próximo- con el de un Pérez de Ayala, por ejemplo. Le faltaba escepticismo o el convencimiento del nihilista para el abandono. Una angustia unamuniana y un sufrimiento muy noventayochista impiden la renuncia al acto creativo tanto como la conclusión de Atlántida. Silencio a medias, Atlántidaa medias y angustia al completo. España lejana y por siempre anclada en su corazón como problema irresoluble.
De forma que la música de Falla ilumina las primeras décadas del siglo no menos que su manipulada ausencia y su estela de artista irrepetible nutren los decenios centrales y postreros de la centuria. No le faltó el respeto de sus contemporáneos, pero con muchos matices. Julio Gómez no fue precisamente un devoto incondicional de la música de Falla. El Concertoera un escollo para los autores de su tiempo. Conrado del Campo celebró alguna vez en público su ascético discurrir, mas en privado, como refirió Antonio Iglesias, su juicio era distinto. No hablemos del caso Turina, tan injustamente tratado por la pluma afilada de Salazar.
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De la llamada Generación de los Maestros a la Generación de la República hay un amplio trecho en el plano cualitativo. "Falla no tiene descendencia.  -escribe Chapa Brunet en el número de diciembre de 1976 de la revista Ritmo- Ni en el plano físico ni en el espiritual." Y añade: "Parece como si el destino le hubiese reservado el dudoso honor de la soledad permanente (…) Falla nunca creó escuela". Pero los testimonios de los músicos un poco más jóvenes, junto con el mejor conocimiento que tenemos ahora de la Generación musical de 1927, permiten discutir esta tesis, muy extendida en las valoraciones habidas en 1976, con motivo del centenario Falla.
Hubo magisterio, aunque no tanto como influencia, que fue enorme y muy frecuentemente epigonal. También hubo casos problemáticos, como el de Remacha. O el de Gerhard, cuya visita a Falla resultó "decepcionante" al decir de su biógrafo Joaquim Horns y tal vez, pensamos nosotros, sintomática de los problemas estéticos y de recepción en que se debatía la música española del momento, con los grandes polos de Francia y Centroeuropa como puntos de referencia.
Hubo momentos de un cierto enfriamiento en el culto a Falla. La Generación del 51 vendría a poner un poco de orden en el caso Falla. Autores encajables en esta generación y algunos de más edad crean en 1947 el Círculo Manuel de Falla. Sólo coincidiendo con el vigésimo aniversario de la fundación la crítica (Montsalvatge, por ejemplo) aceptó lo poco que estos autores -A. Blancafort, J. Casanovas, J . Cercós, A. Cerdà, J. E. Cirlot, J. Comellas, J. Giró, J. M. Mestres Quadreny, J. Roca, A. Ruiz Pipó, y M. Valls- tenían que ver con el maestro, aunque no empleasen su nombre en vano. 
Antes, con motivo del estreno de Atlántida, Ramón Barce respondía así a una encuesta del número extraordinario de diciembre de 1961 de la revista Ritmo"Ningún aspecto específico de la obra de Falla posee valor de enseñanza para un músico de 1961". En efecto, lo que se cocía en la meca de Darmstadt o los problemas de la música abierta les parecía a algunos jóvenes compositores de entonces materia de más interés para su dedicación que el burocratizado estreno, decreto en el BOE incluido, de la reflotada Atlántida. Las aguas no tardaron en volver a su curso y desde los años setenta Falla fue revisitado(por aprovechamos de un título de Miguel Angel Coria) en numerosas ocasiones. También fue paulatinamente despojado de su función de encarnación casi mística de las esencias patrias para sedimentar una incuestionable imagen de artista y de maestro, cifra y quintaesencia de lo mejor del siglo.

Nota:el texto procede de la primera parte de un artículo titulado “Cuatro miradas sobre la música española del siglo XX”, publicado en el número 0 de la revista Enclaves(2001), que no tuvo continuidad ni apenas difusión, de ahí que lo reaprovechemos en este blog. La ilustración es la cubierta de una edición de Chester.