jueves, 1 de septiembre de 2022

El bosque sonante de Apolo



Cuando se piensa en el origen de la música, es inevitable que se apunte hacia las sonoridades que emite la propia naturaleza. Los bosques, en particular, son una mina inagotable de sonidos sumamente variados. Al hombre primitivo que se adentraba en las selvas para cazar o recolectar frutos tendría que sorprenderle el ulular del viento entre las ramas de los árboles, el murmullo de las fuentes o el variopinto cantar de los pájaros. También sentiría temor ante los amenazadores rugidos de los grandes felinos, el inquietante siseo de los reptiles o incluso ante el súbito silencio que a veces se produce en el interior de la fronda, cuando toda la vida que cobija queda en suspenso, como consciente de que acecha algún peligro.

El mundo clásico, como casi cualquier otra cultura, prestó especial atención a sus bosques. Muchos de ellos se poblaron, además de con sus moradores naturales, con seres fantásticos como las ninfas o los sátiros. La espesura –lo oculto– es también el punto donde se halla lo que ha de ser desvelado: el conocimiento. Lo cual no está exento de peligros, como sabemos por las leyendas donde las ninfas arrastran al fondo del río a incautos pastores. 

Los propios árboles ofrecen un enraizamiento en la tierra y, al mismo tiempo, una direccionalidad ascensional hacia lo celeste. Por eso, ciertos árboles singulares son centros del mundo –en el sentido de Mircea Eliade– y por tanto lugares sagrados. Tal aureola se extiende al conjunto del bosque y culmina con la presencia de los propios dioses en estas florestas.

La cultura grecolatina fue más allá de este tipo de concepciones. Llegó incluso a imaginar un bosque cuyas sonoridades no consistían en una amalgama de sonidos indeterminados, sino en una combinación musical, armónica y proporcionada. Nos referimos a la Arboleda de las Fortunas o Bosque de Apolo.

El caso es que el dios Mercurio andaba buscando (sin éxito) a su hermano Apolo para pedirle consejo sobre su futuro matrimonio. Acompañado de Virtud, le sigue la pista por los más recónditos santuarios. Llegan al monte Parnaso, no lejos de Delfos, y en una cueva parlante, sagrada y oracular que allí se abría, se muestran a su vista “las Fortunas de las ciudades y de las naciones”; es decir, todos los sucesos del futuro. La historia la narra Marciano Capela (s. V) en Las bodas de Filología y Mercurio, cuya referencia completa figura al final de estas líneas. Comenta el erudito escritor que allí “susurraban las brisas de los bosques”, lo que no pasa de ser una mínima acotación ambiental. Pero, acto seguido, añade que “crepitaba una modulación sonora con cierto efecto musical”. Se percibía un sonido agudo procedente de las copas de los árboles más altos; “pero, en cambio –prosigue Capela–, todo lo que, con las ramas vencidas, estaba cercano y próximo al suelo, lo agitaba un sonido grave y ronco”. Las partes intermedias revelan una cierta ambigüedad, pero se habla de proporciones que dan octavas, quintas y cuartas (dobles, sesquiálteras y sesquitercias, respectivamente); y de las sesquioctavas (9:8), que son las del tono. Por tanto, lo que cabe deducir es que el ámbito completo de la escala del Bosque de Apolo sería de dos octavas. Y como Capela también se refiere a los semitonos, las posibilidades sonoras de la arboleda insinúan una idea de totalidad, como si se tratase de un microcosmos vegetal iluminado por la fuerza de la razón apolínea que lo consagra.

El bosque, afirma Capela, “hacía resonar cualquier armonía y el canto de los dioses”. Puesto que los cuerpos celestes están regidos por números y música –y dado que el guía de todos ellos es precisamente Apolo, en su doble condición de dios músico y solar–, se comprende que este bosque a él dedicado, como cualquier otra entidad (física o psíquica), se pliegue a la autoridad del número musical. Solo que, en este bosque, como si fuese un monocordio vegetal, las proporciones serían más fáciles de captar que en la mayor parte de la realidad 

Lo que la leyenda del Bosque de Apolo pone de relieve es, en primer lugar, la enorme pervivencia del pitagorismo en la cultura occidental. Mil años después de Pitágoras y de Filolao –pues fue este último el primero en dejar testimonio de estas consonancias básicas–, un particular bosque griego, en un entorno de alta sacralidad, está regulado según principios aritméticos que lo hacen resonar con las armonías canónicas de la teoría griega. No acaba aquí dicha influencia que llega, con tratadistas como Robert Fludd, hasta el siglo XVII. Muchos escritores de la Antigüedad se afanaron en determinar las razones numéricas que imperaban en las personas, los procesos y las cosas. Censorino establece una compleja periodización de los embarazos mediante el número y las consonancias que estamos comentando. Porfirio se sirve de estas mismas proporciones para analizar el curso de las enfermedades. Así que nada tiene de particular que se manejen estos mismos fundamentos para distinguir a los árboles con una legalidad y una racionalidad muy propias del espíritu griego que laten aún en este tardío autor latino. Máxime cuando los árboles de este sagrado lugar se aligeran en las copas, que apuntan a lo alto –equivalente a lo etéreo, sutil y agudo– al tiempo que sus partes más bajas y apegadas a la tierra, expresan un imaginario de lo material, tosco y grave. Asimismo, los árboles proclaman el simbolismo básico de la comunicación entre el mundo subterráneo de las raíces, el terrestre del tronco y el celeste al que aspiran las ramas más altas, como recoge Juan-Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos. Las tres regiones que distingue Capela son casi idénticas a las que acabamos de citar, aunque faltan las subterráneas raíces porque estas no podrían sonar movidas por el viento, pero son asimismo ámbitos conectados. Al fin y al cabo, de lo material se puede ascender a lo inmaterial y de lo sensible a lo inteligible –argumentaría una mente neoplatónica. No otra cosa representan los tres niveles escalonados que se asignan al Bosque de Apolo en el texto de Capela. Dichos grados conducen desde la tierra hasta la levedad de las alturas y parecen anhelar una continuación hasta las provincias más etéreas del cosmos. 

Todos los bosques encierran un tesoro acústico. Este de las Fortunas o de Apolo, además, nos regala una pequeña lección sobre la teoría musical de la Antigüedad.

 

Referencia bibliográfica. 

Capela, Marciano. 2016. Las bodas de Filología y Mercurio. Vol. I. Libros I y II. introducción, edición crítica, traducción y notas de Fernando Navarro Antolín Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, pp. 18 y 19.

viernes, 1 de julio de 2022

Música en obras literarias (entradas del blog)



El otro a ratos se acerca a sus siete años de existencia. Parece oportuno ir creando una especie de índices que puedan orientar sobre los ámbitos temáticos en los que se ha movido este blog. Así, podrían salir listas sobre entradas dedicadas a compositores, musicólogos, temas de teoría musical, agrupaciones y entidades musicales, discos, entre otros campos. En su momento, se convertirían en pestañas del menú principal para clarificar así el heterogéneo índice de palabras-clave que figura en la página de inicio.. 

Hay un territorio que se ha visitado en el blog y que, además, ha tenido bastante aceptación. Me refiero a las entradas que comentan determinados detalles musicales que aparecen en muy diversas obras literarias. Sin más preámbulos, damos a continuación los títulos de las quince entradas que responden plenamente a lo indicado. La literatura también está presente de manera tangencial en no pocos artículos del blog, pero de estos solo se incluye el dedicado a los audiolibros. Aparecen ordenados de la más reciente a la más antigua. 

Espero que algunas de estas anotaciones puedan constituir una lectura entretenida para este verano, que deseo muy feliz a los lectores y lectoras de El otro a ratos.

 


Audiolibros: voces como música


Dos resonancias de Cristina Peri Rossi

 

La Música ultrajada de Ferécrates

 

Plañideras: más allá de las lágrimas mercenarias


Perlas satírico-musicales de Jacinto Polo de Medina (2. Los capones)

 

Perlas satírico-musicales de Polo de Medina (1. La tos)

 

Mary Angela Dickens: idilio de Navidad con música y ómnibus

“Sobre la tumba de Janko susurraban los abetos”


De rebuznos y rebuznadores

 

El automóvil de Proust: un órgano rodante, celeste y wagneriano

 

La infancia de Pessoa se cuela en un concierto

Carson McCullers no pudo ser una Wunderkind


El sobrino de Rameau, instrumentista del aire

 

El castrapuercas según don Quijote

 

En “Misa de gallo” con la Regenta

 


La isla Sonante


El órgano de los Zotes: una pincelada musical del Fray Gerundio de Campazas (1) 


El órgano de los Zotes: una pincelada musical del fray Gerundio de Campazas (2)


 

 

 



 

miércoles, 1 de junio de 2022

Audiolibros: voces como música



Una sentencia latina nos advierte de que las palabras
 vuelan en tanto que los escritos permanecen. Los audiolibros subvierten esta idea en la medida en que las palabras que llegan a nuestros oídos son susceptibles de repetición, archivo y, en suma, de ser manejadas con la misma sensación de perdurabilidad que habita en los escritos de donde proceden. Las informaciones más esquemáticas sobre los audiolibros no dejan de señalar los diversos precedentes y ancestros de este tipo de recursos. No es raro que se llegue a los siglos de los antiguos rapsodas, cuando la oralidad era connatural al modo de vida de aquellas sociedades. También en los tiempos actuales se mantienen estas prácticas con más presencia de lo que cabría imaginar. En líneas generales, el audiolibro es un medio de uso individual, en tanto que las actuaciones de los bardos, juglares y demás narradores orales se plasman de ordinario ante un público, bien sea este el selecto de una corte, bien el abigarrado de una plaza cualquiera o incluso el laborioso de ciertas fábricas, como las del tabaco en Cuba, donde el personal atendía a las noticias y pasajes literarios que les recitaba un lector de tabaquería mientras se confeccionaban los cigarros.

Los audiolibros resultan potencialmente útiles para todo género de personas, pero para quienes padecen algún tipo de limitación visual pueden llegar a ser una tabla de salvación. Afortunadamente, muchos textos académicos sobre Musicología están disponibles digitalmente y el asistente de voz del ordenador los lee a la velocidad que nos convenga. Mas estas voces electrónicas se estrellan ante un párrafo de buena literatura. Lo cierto es que actualmente me resulta demasiado gravosa la lectura de textos literarios de amplio aliento. El regalo providencial de una suscripción a una plataforma de audiolibros vino en mi ayuda. Me dispuse a navegar en la web, no sin cierta desconfianza. Me imaginaba que el placer de la lectura sobre papel habría de ser superior al de la audición del mismo texto leído por otro. Evidentemente, se trataba de una opinión prejuiciosa. Era algo parecido a las críticas que los lectores tradicionales hacíamos de la lectura en une-book cuando estos dispositivos empezaron a circular. Que si los libros de verdad huelen, que si cada uno tiene su tacto, que si… ¡paparruchas! 

Me estrené en el nuevo medio con una novela de ambiente rockero que fue elegida casi al azar y a modo de prueba. El narrador era Pau Ferrer, que firma una lectura extraordinariamente expresiva. Es admirable lo bien que le salen algunas exclamaciones. Cuando suelta un “¡joder!” —tomando la primera sílaba enfáticamente en el agudo para reposar luego en el grave en la segunda— suena auténticamente coloquial y el resultado es para nota.

Hay narradores que dan más de los que se les podría pedir. Iván Cánovas, en una novela de Martínez de Pisón titulada Fin de temporada, no solo lee con gran claridad y buena dicción, sino que incluso canturrea los pasajes de las no pocas canciones que salen a relucir en el texto, como aquella tan popular de Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina, titulada “Son tus perjúmenes, mujer”, que fue número uno en España (en 1977) y en buena parte de Iberoamérica. En algunas otras –como en “Here comes the sun”, de George Harrison— la melodía se le va un tanto de las manos, pero no por ello pierde su poder evocador. 

La mayoría de las voces de estas ediciones en audiolibros dramatizan muy vívidamente los avatares de la ficción. Ponen voces aniñadas o de viejos achacosos, voces autoritarias, implorantes, melosas y de cualquier otra especie de pasión que aflore en lo leído. En fin, que son una parte decisiva del éxito del producto. Por ello, los nombres de estos narradores y narradoras aparecen siempre en las fichas del catálogo, así como al comienzo y al final de cada audiolibro. También suele existir una pestaña específica reservada para informar sobre quiénes ponen voz (y alma) a los audiolibros. 

Algunas obras están leídas por varios narradores, con resultados desiguales. Así, la conmovedora novela Los ingratos, de Pedro Simón, cuenta con las voces de Alberto Mieza, Rosa Guillén y Núria Samsó, que bordan su papel. En otros casos es difícil que superan la lectura de un solo narrador de primera fila. Por otra parte, una cosa es que haya distintas voces en una obra de teatro —en la veterana tradición del teatro radiofónico— y otra dramatizar un relato largo. Casi siempre, a nuestro juicio, una buena narración individual excita la imaginación del oyente con tanta fuerza como la que por definición se desata en la mente del lector convencional cuando se ha metido de lleno en la historia.

El audiolibro no está todavía plenamente desarrollado en España, pero hay indicios alentadores. Así. encontramos obras que aparecen al mismo tiempo (o casi) en papel, en versión digital para lector de libros electrónicos y en audiolibro. Es el caso de la magistral Una historia ridícula, de Luis Landero, donde Jordi Brau une su dominio como lector a las cualidades de una voz rica en texturas, pliegues y aun asperezas que la hacen inconfundible y muy sugerente al oído. Sepa el lector que Jordi Brau ha doblado a numerosos y célebres actores, como Tom Hanks o Nicolas Cage.

Es posible modificar la velocidad de reproducción del audio. No hay joven que no lo haga cuando pasa un podcast o un mensaje de WhatsApp. Se trata de consumir más en menos tiempo. Esta práctica tiene sus peligros en el caso de la audiolectura, pues estos cambios transforman el timbre y la altura de la voz, salvo que se empleen determinados procedimientos tecnológicos. La ficción (que es el único género al que nos referimos aquí) se lee para disfrutar de cada frase, de cada palabra. En esto no valen las prisas, como tampoco valdrían para escuchar la Quinta de Beethoven en la mitad del tiempo consignado en la caja del CD. Hay que permanecer atento y sumamente concentrado en la audición. 

Por otra parte, ¿cabe realizar algunas otras cosas al mismo tiempo? Contando con los dispositivos portátiles, se puede pasear sin perder el hilo del relato, conducir, practicar ejercicios físicos, entre otras posibilidades. De ningún modo vemos aconsejable escuchar música a la vez que se está inmerso en una audiolectura. Por esta misma razón, las narraciones que tienen una música de fondo me dan pánico. Hay algunas obras, más bien cortas, que no quedan mal con música y efectos especiales pensados ad hoc. Pero lo que se hace otras veces no es de recibo. Consiste en insertar pedazos de composiciones clásicas que reaparecen no mucho tiempo después. Y como una novela media puede durar diez o doce horas, lo que ocurre es que escuchamos periódicamente unas musiquillas de fondo que suenan a música ratonera, aunque sean de un maestro consagrado, músicas que no ilustran nada ni nada tienen que ver con lo que allí se narra. ¿Qué pinta una parte de la “Sinfonía del Nuevo Mundo”, de Dvorak, como fondo de un luminoso ensayo de Srefan Zweig sobre el Goethe de la Elegía de Marienbad? Nada en absoluto, así que sería mejor dejar que solo la voz del narrador nos lleve por los caminos emocionales de esta pequeña joya literaria o de cualquier otra.

Concluyo por hoy con una alusión a los abundantes nombres de actores y actrices (incluyendo a los de doblaje) que pueblan el universo de las voces de audiolibro, labor que comparten con una presencia menor como narradores de los propios autores y de algún que otro cantante. Entre los nombres que se destacan en la web de la que soy usuario figuran: Eduardo Noriega (El retrato de Dorian Grey, de O. Wilde), Irene Escolar (Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, la inolvidable historia que protagonizó Gregory Peck en la pantalla grande), Elena Furiase, Lolita Flores (en la imprescindible compilación de Laura Freixas Madres e hijas, AA.VV), Rosa López (perfecta en su chispeante lectura de Farándula, de Marta Sanz), Quim Gutiérrez (Frankenstein, Mary Shelley), entre otros nombres igualmente bien conocidos, como los de José Coronado, Alaska, Maribel Verdú, Alba Flores, Imanol Arias o Aitana Sánchez Gijón. Sirvan, pues, estas contadas menciones —a modo de pars pro toto— como homenaje y agradecimiento a quienes, con sus voces altamente capacitadas, nos regalan a través del oído —en una especie de bálsamo sonoro— lo que ya se resiste a entrar por la vista.

 

domingo, 1 de mayo de 2022

Dos resonancias de Cristina Peri Rossi


 

Las siguientes líneas son un breve apunte sobre dos sonoridades que comparecen en sendos relatos de Cristina Peri Rossi. El cuento titulado “El tañedor de campanas” narra la historia de un campanero al que nada le importa que no haya un alma en aquel pueblo. Él ejerce su oficio y eso basta. Tampoco le frena el hecho de que el acceso al campanario esté lleno de peligros debidos al deterioro de la construcción o a las molestias de los murciélagos, ratas y arañas que lo infestan, entre otras incurias del tiempo y del olvido. “El objetivo único —aclara la narradora— es tocar la campana, no reconstruir la iglesia” 

De manera que el campanero toca en un pueblo vacío, rodeado de un llano “mudo y manso bajo las luces del amanecer”. Pero, en puridad, la mudez del entorno no es tal, en la medida en que no es en absoluto completa. Para comprobarlo basta con aplicar un somero análisis desde el punto de vista de la conocida teoría del paisaje sonoro de Murray Schaffer. Así, es evidente que el pueblo y el llano que lo circundan constituyen un espacio de alta fidelidad, óptimo para que el sonido de la campana sea el eje acústico, sin quedar arrinconado por ningún tipo de ruido. También encontramos el concepto de tónica de un paisaje sonoro, que es ese sonido de fondo que hay en casi cualquier sitio y del que apenas nos damos cuenta. La escritora constata que suena el viento y también el “follaje lejano”, rumores que pueden pasar perfectamente desapercibidos para el oyente poco atento. Tampoco falta la señal sonora, que es un sonido puntual que llama poderosamente la atención sobre la tónica de fondo. En efecto, Peri Rossi proporciona un magnífico ejemplo de este concepto, servido por lo demás mediante dos brillantes metáforas que definen el crujido de una puerta: “relincho al viento, potro alzado”. La alusión a un trueno también encajaría en este ámbito.

Cuando el campanero toca la campana, el paisaje sonoro y el propio discurrir del tiempo se transforman. Hay un paréntesis donde el repique de la campana se constituye en una verdadera marca de sonido que define a la sociedad donde se emite y que implica códigos comprensibles para todos. Mas el tañido que desde el campanario convocaba a los vivos para llorar a los muertos, que avisaba de la hora de misa o de un incendio, parece haber perdido en el relato de Peri Rossi su razón de ser. No hay vivos que convocar ni muertos que llorar, no hay misas a las que acudir ni incendios que sofocar. El campanero toca la campana con eficiencia funcionarial, a su hora, “sin ninguna histeria”. Sabe que está rodeado de la nada, pero eso no altera su misión.

El velo de la incomunicación se ha desplegado desde el campanario y lo que queda es seguir tocando la campana con una determinación como la de ciertos personajes de Kafka.

La ausencia de vida que se constata en el pueblo —más allá de las ratas, las arañas y los murciélagos— y en la inmensa llanura que lo rodea (no hay rastro de gente, ni siquiera de pájaros) convierte al campanero en un emisor de sonoridades al que nadie ha de escuchar, salvo él mismo. Es alguien del que, por tanto, bien se puede predicar que clama en el desierto. Pero mientras la expresión bíblica se usa coloquialmente para aludir a quien habla ante auditorios que no saben, no pueden o no quieren escuchar, la escena que nos pinta Peri Rossi se acoge más bien a su literalidad. Ciertamente, los tañidos rigurosamente ejecutados por el campanero terminarán perdiéndose en el aire o estrellándose en las tierras yermas de aquellas vastedades vacías. Solo que hay un detalle para la esperanza, el enigma o el misterio. Al comienzo del cuento se nos habla del eventual retumbar de un trueno (otra clara señal sonora, como ya se ha dicho) que al campanero “le parece venido desde otro cielo”. Y al final de la historia intuye “que la campana suena en otro cielo”. El otro cielo tonitruante del principio es acaso un aviso, un despertador de las conciencias: quizá el mismo otro cielo del final donde el campanero (el visionario, el artista) ya habrá dejado de clamar en el desierto y los tañidos de un mundo distinto empezarían a ser escuchados por todos. Pero mientras eso no ocurra, el campanero seguirá tocando con la nostalgia de aquella trascendencia que irradiaban los tañidos de su campana en tiempos menos vacuos. 

Cristina Peri Rossi es igualmente la autora de “Cantar en el desierto”. La escritora uruguaya crea aquí un universo propio donde se da por sentado que cantar en el desierto es algo que se ha hecho desde antiguo, “cuando todo era arena (también el cielo)”. La creadora imagina a una mujer polvorienta, sentada sobre una duna, que canta con “un hilo de voz como un licor sobre la tierra reseca”. Nadie ha escuchado esos cantos, pero se sabe que existen. Al igual que el campanero del otro relato, no canta para nadie. El sol y la arena absorben sus melodías. La razón de que haya una mujer cantando en el desierto estriba en la propia existencia del canto y de los desiertos, asegura la narradora. Cuando aquella se halla en la ciudad es aceptada como una más, si bien al punto desaparece y se sabe que ha ido a cantar al desierto y a derramar sus notas sobre la arena.

La imagen de una mujer que canta sentada en lo alto de un médano (y que lo puede hacer tanto de día como de noche), a sabiendas de que sus cantos están condenados a apagarse en aquel vasto arenal, bajo el sol o las estrellas, resulta sumamente sugerente. La mujer tiene algo de esfinge. No en su versión de monstruo peligroso que mata a quienes no solucionan el acertijo que les formula, sino precisamente en el hecho de que, en algunas fuentes, la esfinge canta sus enigmas. Claro que aquí el enigma estriba en la propia naturaleza de su canto, del cual nada sabemos, excepto que es connatural a los desiertos. 

El hecho de que sea una mujer y de que cante sobre la arena parece hablar de la ancestral vinculación de la mujer con la tierra y con el propio canto. Y aun siendo aquella tan yerma y este, abocado a diluirse en la doble infinitud del desierto y del cielo, se advierte el anhelo de algún tipo de eco. La mujer se encuentra a sí misma a través de sus salmodias. El sonido que emite es todavía más inimaginable que el que produce el campanero. A su manera, pues, también ella clama en el desierto, y aún más literalmente que el tañedor de campanas. Quizá espera que se restablezca la comunicación perdida en esta edad de hierro y que alguien escuche sus cánticos. Pero entonces, el enigma sería desvelado y el misterio habría desaparecido.

Es indudable que estas dos historias pueden representar muy bien ciertas insistencias temáticas de la autora. Son la cifra de su comprensión del otro, de quienes son distintos en las más variadas manifestaciones de la alteridad y, por ello, son llevados (o se atreven) a vivir en los márgenes. De ahí que el campanero y la cantora estén condenados a clamar en el desierto, acaso con la débil expectativa de que otro cielo cobije alguna vez sus tañidos y sus cánticos.

 

Ilustración: “Clamar en el desierto”, dibujo de David Medina© creado para esta entrada.


Referencia

Los cuentos comentados se encuentran en Cristina Peri Rossi: Una pasión prohibida. Barcelona, Seix Barral, 1986.

viernes, 1 de abril de 2022

Charles Rosen: dos recuerdos asturianos


 

Algunos miembros del mundillo musical no se acababan de creer que el brillante pianista y musicólogo Charles Rosen (Manhattan, 1927-2012) fuese a tener su presentación pública en España, en el marco de unos cursos de verano de la Universidad de Oviedo. Sin embargo, así fue y el crítico Juan Ángel Vela del Campo, invitado al seminario, no dejo de destacarlo en un artículo donde aludía expresamente al público que “abarrotó el salón de actos para escuchar por primera vez en. España al musicólogo norteamericano” (El País, 19/8/1991), además de resumir los principales contenidos del curso. 

Se trataba de una iniciativa de la Fundación Escuela Asturiana de Estudios Históricos que desarrollaba sus actividades de verano en la residencia de La Granda (Avilés). Estos cursos de La Granda los presidía el exrector de la Universidad de Oviedo, Teodoro López-Cuesta (q. e. p. d.), y los dirigía el prestigioso economista Juan Velarde Fuertes, ayudados por un reducido equipo. Los encuentros estaban dedicados a asuntos económicos, políticos, científicos y sociales. Los cualificados ponentes de cada seminario eran a la vez el selecto grupo de asistentes a los mismos. En 2021, con Velarde aún de presidente, se celebró la XLIII edición, ya fuera de la ubicación antes citada, pero manteniendo el mismo perfil académico.

En la estructura de los cursos de La Granda no parecía que hubiese demasiado lugar para la música, pero se daba la circunstancia de que el mencionado Teodoro López-Cuesta era un notorio melómano y, por otra parte, se contaba siempre con la presencia del premio Nobel asturiano Severo Ochoa, que también era amante de la música y de la de Mozart en particular. De hecho, recuerdo que de cara a un pequeño vídeo institucional que preludiaba un homenaje póstumo al científico, se me solicitó que seleccionase únicamente música de Mozart para acompañar las imágenes.

En cuanto al curso que se iba a celebrar en el verano de 1991 se contó con la dirección de Emilio Casares, catedrático a la sazón en la Complutense, pero muy ligado a la Universidad de Oviedo, donde había puesto en marcha los estudios de Musicología en 1985 y antes las Semanas de Música y el Festival de Música y Danza de Asturias. Teodoro López-Cuesta tenía una gran confianza en él y quería que estuviese al frente de un curso de alto nivel sobre música. Pero hacía falta alguien que pudiese realizar las labores de coordinación más en contacto con los responsables de La Granda. El exrector realizó algunas consultas a los entonces escasos docentes de Musicología (Especialidad que figuraba como asesora en el programa) y esa labor recayó en el profesor José Antonio Gómez, actualmente decano de la Facultad de Filosofía y Letras. 

El seminario estaba dedicado a la figura de W. A. Mozart, en el año en que se cumplía el segundo centenario de su muerte. La Universidad de Oviedo se sumaba así a las innumerables actividades que en todo el mundo recordaban al eximio compositor. Se daba la circunstancia de que el profesor Gómez tenía por entonces reciente su tesis sobre Arriaga y, por tanto, estaba muy impuesto en los estudios sobre el Clasicismo musical. De hecho, fue él quien propuso una serie de nombres que garantizaban el nivel de excelencia que se pretendía conferir al proyecto. 

Aparte de musicólogos españoles como Emilio Casares, José López-Calo, Antonio Martín Moreno o el propio José Antonio Gómez, que pronunciaron sendas ponencias, hubo una amplia mesa redonda final, moderada por C. Floros, donde participaron personalidades como Joaquín Achúcarro y Cristóbal Halffter, los musicólogos Beatriz Martínez del Fresno y uno mismo, el crítico J. Á. Vela del Campo y algunos otros. 

Además, es obligado destacar a tres grandes especialistas extranjeros. En primer lugar, Brigitte Massin (1927-2002), cuyos estudios sobre Schubert, Beethoven y Mozart son de absoluta referencia desde mediados del siglo XX. En segundo lugar, Constantin Floros, musicólogo griego que desarrolló su trabajo en Alemania. Se trata de un autor de amplio espectro que cuenta con aportaciones que van desde la música bizantina hasta la obra de Mahler, Ligeti o Berg y que tuvo un importante papel en la celebración del año Mozart desde su puesto en la Universidad de Hamburgo. Y, en tercer lugar, Charles Rosen, quien fue sin duda la estrella de aquel curso, celebrado durante los días 16, 17 y 18 de agosto de 1991. 

La participación de Rosen se materializó en dos sesiones (una por la mañana y otra por la tarde del viernes, 16 de agosto),de hora y media cada una, más media de coloquio por clase. Ambas sesiones estudiaban el mismo tema: “El concepto de tempo en la música de Mozart”. El ilustre músico se ofreció a impartir sus charlas en francés o en inglés. Se eligió la primera lengua, que Rosen dominaba por su doctorado en Princeton sobre literatura francesa y sus estancias de investigación en París. Era un espectáculo observarlo mientras explicaba, empleando fuentes muy diversas para la construcción de su hilo argumental, confirmado por los innumerables ejemplos que el propio Rosen al piano. Sus análisis sobre el tempo de los terceros movimientos de las sinfonías clásicas (entre otros muchos aspectos) aún resonarán en la memoria de los asistentes a aquellas clases magistrales. Por cierto, a diferencia de los restantes cursos de La Granda, los de música contaron siempre con alumnos —principalmente estudiantes de Musicología—, lo que otorgaba a sus sesiones y a los propios descansos en el entorno campestre de la residencia un ambiente mucho menos adusto y venía a ser casi como un campus universitario en miniatura. 

Charles Rosen solía condicionar la aceptación de sus compromisos musicológicos a que no faltase su vertiente como pianista. Así ocurrió en este debut de Rosen en España. En efecto, el sábado 17, se programó un recital de piano en la casa de la Cultura de Avilés que completaría el magisterio del pianista y musicólogo en este primer contacto con nuestro país-, 

 

II.

El segundo recuerdo que tengo de Charles Rosen es aún más personal y se sitúa en el año 2000. Las emprendedoras y destacadas profesoras de piano del Conservatorio ovetense, Ana Novo y Magdalena Velasco, se pusieron en contacto con el autor de estas líneas para comentarle que estaban interesadas en contar con Charles Rosen para que impartiese un curso esencialmente dirigido a intérpretes profesionales de piano. Estaban persuadidas de que Rosen tal vez se mostrase más dispuesto a acudir si la invitación le llegaba desde una universidad. Además, la de Oviedo ya la conocía y seguro que le traería buenos recuerdos, pues había sido muy bien tratado. Paralelamente, ellas mismas habían establecido comunicación con la Fundación Universidad de Oviedo, un organismo que a la sazón dirigía Matilde Holscher y que entre sus diversos fines trataba de relacionar el capital humano académico con el mundo empresarial. Puesto que el curso se concebía como eminentemente profesional, quedaba bien distinguido de la Extensión Universitaria. 

La FUO brindó su apoyo, quien suscribe redactó la correspondiente invitación. Y Rosen acepto. Ana Novo y Magdalena Velasco se encargaron de la dirección y uno asumió el papel de coordinador, todo ello en un grato ambiente de trabajo en equipo. Se anunció el curso, que finalmente distinguió entre los alumnos con perfil profesional y aquellos otros (sobre todo estudiantes de piano o de Musicología) que podían asistir como oyentes. La convocatoria fue un éxito y los días 3, 4 y 5 de noviembre del año 2000, el Seminario de Musicología de la Universidad, acogió a más de medio centenar de asistentes que siguieron absortos y participativos las cinco lecciones (de casi dos horas cada una) del maestro Rosen. Para conseguir el tono interdisciplinar que se deseaba, se contó también con la participación de los musicólogos Emilio Casares, María Encina Cortizo, Ramón Sobrino y con la del filósofo Vidal Peña. Por su parte, Charles Rosen abordó cuestiones “como las indicaciones metronómicas y de tempo, notación y fraseo, indicaciones de pedal, instrumentos antiguos y modernos y problemas de estructura e interpretación en las sonatas de Beethoven”, según se indicaba en el programa y como avance de su próximo libro. Se contó con el profesor Rodrigo Pérez Lorido para la traducción del inglés, cometido que cumplió con particular solvencia. 

cCharles Rosen. Curso en la Universidad de Oviedo, 2000 (Foto: A. Medina)

Del ambiente vivido da testimonio un simple detalle. En un momento dado, Rosen se dispuso a ejemplificar al piano el trino que suele enlazar el final de una cadenza del solista con la entrada de la orquesta. Y fueron tales las florituras y sutilezas con que ilustró su discurso —sacando sonoridades inéditas de aquel modesto piano vertical, recién afinado para la ocasión, eso sí— que la profesora Cortizo rompió a aplaudir, siendo inmediatamente secundada por todos los allí presentes, que estallamos en una cerrada ovación, llena de agradecimiento, admiración y entusiasmo.

El artista neoyorquino también ofreció un concierto en la Sala de Cámara del Auditorio. Había dado instrucciones muy precisas relativas a los pedales del instrumento. Pero, desafortunadamente, no había quedado a su gusto y los que le acompañábamos en el ensayo observamos que estaba enfadado. Llegó a decir —seguramente exagerando un punto a causa de su enojo— que hubiese preferido el piano vertical usado en las clases. Dio tiempo a hacer algunos arreglos en los pedales (necesarios para una interpretación históricamente informada) y finalmente el concierto salió adelante. El músico demostró una vez más que sus extraordinarias dotes como intelectual, analista musical, teórico y autor de gran sabiduría en todo lo concerniente al fenómeno musical se extendían al ámbito interpretativo donde supo alcanzar un altísimo lugar entre los más brillantes pianistas de su generación.

Tuve la oportunidad de conversar con él de manera mucho más cercana el día que le llevé a visitar la ciudad, oficio este de cicerone que uno practicaba con los colegas que acudían a la Universidad para tribunales, congresos u otras actividades semejantes. Ahí fue cuando quedé ya verdaderamente asombrado, pues sus comentarios sobre arquitectura eran sutiles y precisos: subrayaba los detalles art deco de una fachada, reparaba en unos sillares palaciegos de tipo florentino o, en fin, aludía a la sobriedad herreriana del edificio histórico de la Universidad. Tan inolvidable paseo nos despertó el apetito, de modo que lo llevé a degustar unos productos asturianos y pidió probar unas gambas (que eran su particular capricho), todo ello acompañado de unos culinos de sidra. Luego, seguimos hablando de música contemporánea, mi campo de trabajo por entonces. Y de cine. El colmo fue cuando se me reveló como un experto conocedor del cine de Almodóvar y casi me da algo cuando me analizó Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, la fundacional película en 16 mm del cineasta manchego (1980) con un conocimiento y simpatía que no podía ni siquiera imaginar. 

¡Qué Rosen!

 

P. S. He visto que se están organizando diversas actividades académicas para conmemorar los diez años de su fallecimiento. Por cercanía, dejo constancia del coloquio que se celebrará en octubre del año en curso: THE BLUE KNIGHT: CHARLES ROSEN 1927-2012 INTERNATIONAL BILATERAL COLLOQUIUM ITALY-PORTUGAL. Jugando con la denominación de una célebre revista y, a la vez, de una pintura de Kandinsky (Der Blaue Reiter) donde se toca el tema del caballero medieval (como triunfo de lo espiritual sobre lo material, según idea de Kandinsky recogida en la convocatoria de este coloquio), los organizadores califican a Rosen como caballero de la música y se proponer analizar, valorar y actualizar su inmenso legado. 

Las organizaciones responsables son: 

Research Center for the Sociology and Aesthetics of Music (CESEM- P. Porto, Portugal) 

Conservatory “A. Corelli” (Messina, Italy) 

Información: 

https://www.google.es/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=&cad=rja&uact=8&ved=2ahUKEwiUwKephuv2AhVdgs4BHUFqCFoQFnoECAYQAQ&url=https%3A%2F%2Fwww.musicologie.org%2F22%2Fthe_blue_knight_charles_rosen_1927-2012.html&usg=AOvVaw32xZhqqINvUM-UCaKVMCUf


Foto de portada: Charles Rosen, Curso de La Granda, 1991 (Foto A. Medina)

 


martes, 1 de marzo de 2022



IV. La clarificación franconiana

Desde el segundo tercio del siglo XIII, la teoría musical se esfuerza por superar esa cierta vaguedad derivada del sistema de los modos rítmicos y trata de que las figuras musicales posean un valor en sí mismas. Autores como Juan de Garlandia, Magister Lambertus o, sobre todo, Franco de Colonia —este ya hacia 1280— convierten la uniforme (pero polisémica) divisio modi de la etapa anterior en una serie de signos bien diferenciados. Hablando del concepto de “tiempo”, este último autor apunta que es “la medida tanto de la voz proferida como de la omitida, comúnmente llamada pausa”. Por abreviar, consignamos la síntesis franconiana sobre las pausas, que es la que acabaría marcando el camino:

—Pausa de longa perfecta, de tres tiempos: un trazo vertical que toca cuatro líneas y, por tanto, ocupa tres espacios.

—Pausa de longa imperfecta, de dos tiempos: dos espacios.

—Pausa de breve recta: un espacio. La breve áltera es una figura igual que la breve recta, pero vale el doble. No tendría silencio propio, pues los silencios (a diferencia de las figuras) no pueden adoptar otros valores sin cambiar de forma, de manera que basta con el de longa imperfecta para indicar pausa de dos tiempos. 

—Pausa de semibreve mayor: dos tercios de espacio

—Pausa de semibreve menor, un tercio de espacio.

 

                              Fig. 4. Pausas franconianas en un manuscrito medieval.


El ejemplo 4 muestra la explicación de las pausas en un manuscrito medieval del tratado Ars cantus mensurabilis de Franco de Colonia. Véase que parece distinguir entre la semibreve menor y la mayor. Las cuales están trazadas desde la línea hacia arriba. En la práctica, los silencios de semibreves se escribían sin tan precisas diferencias, Podían atravesar la línea y también pender de ella, además de no distinguir entre los dos tamaños teorizados. Lo esencial es que se trata de un pequeño trazo que no alcance a ocupar un espacio de la pauta. Ni siquiera en los otros silencios las fuentes son del todo cuidadosas, siendo normal que se salgan un poco de los límites establecidos, como el silencio de breve que se ve en la ilustración de portada, procedente del códice de Montpellier.

 

V. De la mínima a la semifusa

La forma descendente del silencio de semibreve es interesante porque es el germen de lo que en el futuro acabaría siendo el silencio de redonda o de compás. Con la llegada de la mínima en el primer tercio del siglo XIV, el silencio que asciende desde una línea sin llegar a alcanzar la que está encima pasa a ser el propio de la nueva figura y, como se podrá suponer, dará el silencio de blanca de la moderna notación.

En los siglos XV y XVI se van incorporando las figuras de semimínima, fusa y semifusa. Estas dos últimas no significan inicialmente lo mismo que ahora, pues equivalen a lo que, por la misma época, otros teóricos denominan corchea y semicorchea. Una parte de los autores consideró que las dos figuras más pequeñas no poseían sus correspondientes silencios, Las figuras de menor valor eran consideradas “incantables”, en el sentido de que no se aconsejaban que llevasen sílaba nueva (salvo en ciertos casos) y servían sobre todo para ornamentar la melodía. Del mismo modo, había ciertas reticencias a colocar silencios de tan corta duración Sebaldus Hayden (en su De arte canendi, de 1537) presenta las figuras que siguen a la semínima como fusa y semifusa, y también sus pausas (Fig. 5).

                                            Fig. 5. Hayden, De arte canendi (1537)


Juan Bermudo, en su Arte Tripharia (1550) alude a cinco pausas “para los principiantes”, que son las de longa, breve, semibreve, mínima y semínima. (Fig. 6), omitiendo los silencios de las dos siguientes figuras, que sí constan como tales con el nombre de corchea y semicorchea; que, como se dijo, equivalen a los valores que Hayden y otros denominan fusa y semifusa. 

 Fig. 6. Pausas en el Arte tripharia de Juan Bermudo (1550)


Como el proceso de crear figuras no se detiene en el Renacimiento, llegará un momento en el que estos cuatro nombres signifiquen cuatro figuras y no solo dos, quedando en este orden: corchea, semicorchea, fusa y semifusa, de mayor a menor valor. Al llegar el siglo XVII van desapareciendo o perdiendo presencia las figuras de gran duración como la máxima o la longa, al tiempo que se completa el abanico de notas y silencios de uso ordinario en la música académica. 

La búsqueda de figuras y silencios que pudiesen expresar valores aún más pequeños que la semifusa prosiguió durante los siglos XVIII y XIX. La garrapatea y semigarrapatea, con sus respectivos silencios, son muy poco usuales, pero muestran algo del anhelo que se despertó en la música desde las innovaciones de Juan de Muris y Phillipe de Vitry, los dos grandes teóricos el Ars Nova francesa del siglo XIV. Incluso hoy día, la música no renuncia a esta ambición de los valores hiperbreves que excedían las capacidades humanas, pero no las de las nuevas tecnologías. Aunque esto es ya otro cantar.

 

Referencias

Quintiliano, Arístides. 1996. Sobre la música. Introducción, traducción y notas de Luis Colomer y Begoña Gil. Madrid: Gredos.

Franco de Colonia: Tratado de canto mensural. Trad. Ángel Medina. Oviedo, Universidad de Oviedo, 1987.

Otros teóricos citados han sido consultados en la base Thesauruas Musicarum Latinaru,