De sobra se sabe que los escritores vuelven de continuo sobre las mismas obsesiones. En Hermann Hesse siempre está presente una preocupación intensa por la identidad y por los elementos contrastantes o incluso opuestos que se entremezclan en su definición. Se insiste así en las dos caras de la realidad y del pensamiento: Dios/demonio, vida burguesa/vida en el margen, vida clara/vida oscura, santo/libertino, buen ladrón/mal ladrón, Caín/Abel, hombre/mujer…
La idea de fondo de estos emparejamientos no persigue la oposición, sino la integración de ambos mundos rompiendo con muchas ideas asentadas. En El lobo estepario, Hesse presenta a Caín casi como víctima. El discurso del buen ladrón le suena a recurso sentimental frente a la entereza del ladrón no arrepentido. Harry Haller, alter ego del autor, oscila entre su personalidad humana - de hombre culto y refinado, amante de la música clásica y de Mozart en particular- y otra más salvaje, como de lobo. Tras la cara civilizada se agazapa, y a veces salta y triunfa, el poderío del lobo, cruel, primario, instintivo. En Siddhartha también se trabajan algunas de esas dualidades. El noble Siddhartha es rico y posteriormente pobre; monje y luego libertino; asceta y después comerciante.
En Demian (1919) vemos estas dualidades de múltiples modos; y con caracteres muy singulares a través del organista Pistorius. El joven Sinclair, protagonista de la novela, había escuchado música de órgano en una pequeña iglesia del extrarradio, en uno de sus paseos. Desde fuera del templo, pues la puerta estaba cerrada. Reconoce que es música de Bach y ya en esa primera y atenta audición capta la especial manera de tocar del organista, que convierte la música en oración. Sinclair reflexiona: «Tuve la sensación de que quien tocaba sabía que la música guardaba un tesoro y se esforzaba, afanaba y preocupaba por él como si se tratara de su propia vida». Luego sonó algo más moderno: acaso Reger, conjetura el estudiante. Todos los autores, concluye, «decían lo mismo, todos expresaban lo que el músico llevaba en el alma: nostalgia, profunda comprensión del mundo y vehemente separación de él, ardiente preocupación por la propia alma oscura, exaltación de la entrega y profunda curiosidad por lo maravilloso». Si se repara en algunas de las expresiones empleadas (alma oscura, ardiente, entrega, separación…), tenemos trazado un camino místico que, en algunos detalles, recuerda a los que Jan van Ruusbroec (s. XIV) o san Juan de la Cruz (s. XVI) describieron en sus obras.
Tras muchas veladas oyendo al organista desde fuera, un día ve que la puerta está abierta y entra. Descubre entonces que todas las músicas parecían tener una misteriosa relación entre sí. Y apunta: «Reflejaba fe, entrega y piedad; pero no la de los beatos y los curas, sino la de los peregrinos y mendigos del Medievo; piedad unida a una entrega absoluta a un sentimiento de la vida que sobrepasa a todas las confesiones». Esto no solo es válido para la música de Bach, sino también para sus predecesores o para los antiguos maestros italianos que obraban en el repertorio de Pistorius.
En cierta ocasión, Sinclair sigue al organista y ve cómo entra en una taberna. Él hace lo mismo y trata de entablar un diálogo, lo que no resulta fácil con un personaje tan particular y orgulloso como parece ser el intérprete. A la pregunta de si es músico, Sinclair responde que no, que le gusta la música, «pero sólo como la que usted toca; música absoluta, en la que se siente que el hombre golpea las puertas del cielo y del infierno». De modo que ya estamos ante una de las dualidades centrales de Hesse.
El joven insiste en este tipo de ideas y dice que hay un dios que es al tiempo dios y demonio. Se llama Abraxas, pero de él no sabe apenas más que el nombre, escuchado en una clase y leído en la respuesta que le da su amigo Demian a un dibujo que le había enviado: «´El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El dios se llama Abraxas’».
El organista se muestra interesado y, más adelante, lleva al estudiante a su caserón, donde el muchacho se asombra de los muchos libros de culturas antiguas que allí se conservan. Pistorius enciende la chimenea, se tumban boca abajo sobre la alfombra y durante una hora concentran la mirada en el fuego. Por la mente de Sinclair pasan imágenes simbólicas en las que no es posible detenerse. Pero en los días posteriores se da cuenta de que aquella adoración del fuego había sido una gran lección que le enseña a encontrarse a sí mismo. Paralelamente, comprende que las formas caprichosas de la naturaleza, como las llamas, las raíces, los humos o las vetas de las piedras estaban ya dibujadas en su alma eterna. Es como si, en lugar de ver cosas bizarras en las formas exteriores, se tratase de proyecciones de su propio interior. No solo somos –explica Hesse– nuestros rasgos más individuales, sino que tenemos todos los elementos que han ido conformando al ser humano desde los pasos más lejanos de la evolución. Puede verse aquí el peso de la psicología de Jung relativa al autoconocimiento y al inconsciente colectivo. Por cierto, Hesse recibió tratamiento en la esfera de la escuela junguiana.
Los encuentros del joven con Pistorius se hacen más frecuentes y siempre queda de ellos un poso liberador. No era del todo consciente, pero aquellas conversaciones acababan teniendo el valor de auténticas enseñanzas iniciáticas. En cuanto a la música, había incluso una pieza fetiche, un «Pasacalles» de Buxtehude que Sinclair solicitaba al organista cada vez que se encontraba deprimido y que, en la línea del antiguo ethos, cumplía perfectamente esa función curativa del espíritu. Por otra parte, no hacía falta que Pistorius estuviese presente para responder a las dudas del chico. Este piensa intensamente en el organista y le llegan las respuestas. Pero la imagen que se le forma en la mente tiene que ver con un dibujo de una persona de rasgos andróginos. Es decir, la de un ser que mezcla lo femenino y lo masculino y que es la cifra del jugoso mito sobre la plenitud y la compleción del ser humano, lo mismo que Abraxas reúne en sí, según la interpretación del escritor, a Dios y al diablo.
Abraxas fue un concepto polisémico, usado por el gnosticismo, pero las ideas de los más relevantes gnósticos, como Basílides (s. II), no están tan presentes en Demian como lo está el pensamiento de Nietzsche. De hecho, hay varias menciones en la novela que revelan la fascinación que sentía por el filósofo. Los análisis sobre la decadencia europea, un cierto nihilismo, el desprecio de los pilares de la sociedad burguesa y sus instituciones, entre otros muchos detalles, son elementos que se pueden encontrar en ambos autores, como ha demostrado Thomas Crew (2021), muy en particular en Ecce homo por parte del filósofo y en Demian y El lobo estepario, en el caso del novelista.
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Pistorius es uno de los más singulares organistas que ha dado la literatura, sin menospreciar a personajes tan fascinantes como el maestro Effarane o maese Pérez y su espectro, creaciones de Julio Verne y Gustavo Adolfo Bécquer respectivamente. Pistorius es bajo y más bien feo, fuerte, con una cara que expresa muy bien ese juego de dualidades al que tanto recurre el escritor. Pues mientras la frente y los ojos son poderosos y viriles, la zona de la barbilla es suave, blanda, con un toque adolescente y un tanto indefinida, imagina Hesse. Se le notan los traumas de ser el hijo de un pastor renombrado. Había iniciado estudios de Teología y quería ser sacerdote católico.
Sin duda sigue interesado en las religiones antiguas. La fe en Abraxas es entendida como superior, liberadora, aunque sean pocos sus adeptos en ese contexto. Permite ensanchar fronteras, porque implica dejarse guiar solo por el alma, incluso con el riesgo de bordear acciones ilícitas y reprobadas por la sociedad. Nuestro organista es áspero, bebedor, contradictorio y hasta descreído de sus propias creencias en ocasiones. Aspira a servir a Dios desde una plaza de organista. Todo adquiere sentido cuando se trata con amor, incluidas las tentaciones que se intenta reprimir. El bien y el mal son inseparables.
Pistorius sabe que no podrá ser sacerdote de una posible nueva religión presidida por Abraxas, pero cree que puede servir a Dios desde el órgano: « … tengo que sentirme rodeado de algo que considere bello y sagrado: música de órgano, misterio, símbolo y mito; lo necesito y no pienso renunciar a ello». La música, pues, es lo que le impide ser un fundador o un mártir de esa supuesta nueva religión, acaso porque con aquella accede precisamente a las provincias más altas del espíritu y de la trascendencia. Una música, como había apuntado Sinclair, «en la que se siente que el hombre golpea las puertas del cielo y del infierno».
Referencias
Thomas Crew: «‘How to become what you are’: Self-becoming and individuation in Nietzsche’s Ecce Homo and Hesse’s Demian and Steppenwolf». Journal of European Studies 2021, Vol. 51(1) 3–23.
Hermann Hesse: Demian. Biblioteca Digital. web: http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx
Ilustración
Órgano de la Basílica de Nuestra Señora de Trier/Tréveris (Alemania). Foto de Ignacio Medina, 2024. Este órgano, con sus más de seis mil tubos, no tiene nada que ver con el descrito por Hesse, que sería bastante más modesto.
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