viernes, 29 de septiembre de 2017

Un poco más y no cumplo con la promesa de volver en septiembre. La razón estriba en una serie de asuntos de la vida académica que requirieron mi atención durante todo este mes con carácter casi exclusivo. Hoy retomo para el reinicio del blog una parte de cierto capítulo publicado hace algunos años en un libro de homenaje al profesor Luis G. Iberni, precisamente relacionado con un compositor en cuyo estudio ando metido desde hace tiempo. Tal día como ayer, hace dos años, El otro a ratos comenzaba su camino, un trayecto que ya cuenta con un centenar de entradas. Gracias a quienes se asuman a este rincón.

Introducción
Si bien la Constitución de 1978 cerró la primera etapa de la transición española hacia la democracia, ésta no concluyó hasta años después, sin que haya acuerdo sobre posibles fechas de cierre de dicho proceso. A principios de los ochenta, la Unión de Centro Democrático (UCD) ostentaba el poder ejecutivo en la persona del presidente Adolfo Suárez. Pero, paralelamente, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) albergaba fundadas esperanzas para alcanzar el poder en las siguientes elecciones. En el PSOE llevaban la batuta Felipe González y Alfonso Guerra, futuros presidente y vicepresidente del primer gobierno socialista, un famoso tándem político en el que el primero hacia el papel de hombre razonable y conciliador, en tanto que el segundo mantenía con mucho donaire la ortodoxia izquierdista. La Radiotelevisión Española ya se había convertido en un objeto de deseo para el poder político (piénsese que por entonces no existían las televisiones privadas), de forma que era muy importante colocar en la Dirección General de RTVE (jurídicamente constituida la propia RTVE por entonces como Ente Público) a una persona de la máxima confianza del partido y/o de los gobernantes. Este director, a su vez, removía los cargos preexistentes de mayor nivel y nombrada a personas fieles para el desempeño de los mismos. La RTVE de la democracia perdió así la oportunidad de ser un organismo profesional e independiente, perfil que las siguientes décadas tampoco consiguió alcanzar.
En la televisión pública (pero más aún en Radio Nacional de España) existía una tradición ideológica marcada fuertemente por el franquismo, incluso bastante después de haber muerto el dictador (1975) y de haberse aprobado la constitución democrática de 1978. En los primeros años ochenta hubo muchas víctimas del terrorismo etarra (el triple incluso en comparación con las habidas en un número equivalente de años anteriores) y las tensiones llegaban a los pasillos del Ente Público, con duros enfrentamientos verbales y cruce de graves amenazas entre los trabajadores, como pueden certificar numerosos testigos que trabajaban en el Ente Autónomo por esas fechas. Las tendencias involucionistas estaban bien alimentadas por entonces, según demostraría el intento golpista del 23 de febrero de 1981.
Uno de los directores generales de RTVE más respetados de los tiempos de UCD fue Fernando Castedo. Martín de Quiñones nos recuerda que, a comienzos de los ochenta, se concertó una especie de pacto entre UCD y el PSOE para tratar de limar asperezas y evitar tensiones en la gestión del Ente. Por el PSOE actuaba Alfonso Guerra, en tanto que Fernando Abril Martorell representaba a la UCD en el poder. “Sería bueno -escribe Martín Quiñones- llegar a conocer algún día qué ‘regalos’ no tuvo que hacer Fernando Abril Martorell a Alfonso Guerra para llegar ‘de común acuerdo’ a algunos de los pactos a que se llegó o de determinadas presencias en pantalla”.

El primer mandato de Miguel Ángel Coria
El contexto anterior aclara el primer nombramiento de los dos de que disfrutó Miguel Ángel Coria como Delegado General de la Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE, nombramiento con el que se abre propiamente la etapa de transición en la OSRTVE en el plano de la gestión, inserta lógicamente en la reestructuración general que definió el nuevo Ente Público, pues en lo tocante a programación ya había habido cambios y propuestas renovadoras desde bastantes años atrás. En efecto, el Estatuto Jurídico de la Radio y la Televisión (BOE del 12 de enero de 1980), consensuado por las diversas fuerzas políticas, recoge expresamente que se parte de la Constitución y de las experiencias de los países democráticos. En él se define el denominado Ente Público RTVE, en sustitución del anterior Organismo Autónomo RTVE. La disposición transitoria cuarta señala que “se integrarán como servicios comunes adscritos al Ente público RTVE, la red de difusión, el Instituto de Radio y Televisión Española y la Orquesta y Coros de RTVE”. El 5 de agosto de ese mismo año se publica en el BOE un Real Decreto del Gobierno en desarrollo del Estatuto Jurídico, en el que, entre otras cosas, se traslada la responsabilidad del Ente al Ministerio de la Presidencia, “a través de la Dirección General de Radiodifusión y Televisión”. El Ente ya no dependerá de Cultura, sino que se vinculará a la máxima instancia del poder ejecutivo, lo que causaría tensiones con la oposición e incluso en el seno del partido gobernante.
Coria no era un hombre de UCD y, de hecho, ya tenía una presencia activa en la política del PSOE, pues había pasado a desempeñar la dirección del área de música del partido dentro de la Secretaría de Cultura. Sólo ese ambiente de pactos antes citados explicaría su actividad bajo la hegemonía política de un partido que no era el suyo y que anunciaba claros síntomas de descomposición. Dicho nombramiento pasó a ser electivo con fecha 1 de abril de 1981 y duraría hasta fin de año. José Luis Pérez de Arteaga es de los pocos que recoge para la historia el nombre de la antecesora de Coria en el puesto: Inmaculada de Borbón.
Con Coria como Delegado General de la Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE comienza un período bastante complejo para el conjunto, un proceso de transición, en suma, no exento de dificultades de gestión y tensiones de todo tipo. Para que no se crea que exageramos en lo referente al ambiente un tanto crispado que rodeaba este tipo de responsabilidades, citaremos las palabras con las que el propio Coria encabeza el apartado VI de la Memoria 1981 (documentación mecanografiada de carácter interno de la Orquesta de RTVE), subtitulado “Comentarios generales”: “Mi nombramiento como Delegado General de la Orquesta y Coro de RTVE tuvo lugar, tras una campaña de prensa en la que se trató de intoxicar la opinión y alarmar a los trabajadores de nuestras agrupaciones musicales con su supuesta disolución, el 1 de abril de 1981”. No deja de ser curioso que el fantasma de la disolución de la orquesta radiotelevisiva recorra las décadas y reaparezca cada poco, prácticamente hasta el presente.
Coria tuvo que dedicarse, como primera medida de su mandato, a tranquilizar a los músicos. Mas, acto seguido, se puso manos a la obra, auxiliado por diverso personal técnico, en la tarea de crear una Administración de la Orquesta y el Coro. Y es que una intervención de Hacienda de 1979 y una auditoría interna de 1980 revelaron serías disfunciones e irregularidades, según consta en la Memoria 1981.
La reestructuración operada en ese momento concibe a la Orquesta y Coro de RTVE como una Unidad del Ente Público RTVE, dependiente de la Secretaría General del mismo. Además del Delegado General se articula la figura del Administrador Gerente (José María Gutiérrez Timermans), manteniéndose las figuras de los inspectores y alcanzando la plantilla unas cotas de las que nos dan idea los siguientes datos: Orquesta, 102 personas /de las que tres son subalternos y el resto profesores de las categorías habituales en una orquesta, como concertino, solistas, ayudas de los dos anteriores y profesores; Coro, 102, contando al archivero y a un subalterno; personal administrativo, 10, entre los que destacan un técnico superior de relaciones públicas y una traductora. Además, los dos directores de la Orquesta y el director del Coro.
Dentro de esa reactivación administrativa cabe citar, por último, las disposiciones, publicadas en el Boletín Oficial del Ente el 15 de octubre de 1981, para la actualización de la Junta de Programación y de la Junta Rectora. En las correspondientes reuniones de estos órganos se ponen de relieve algunos de los problemas endémicos de la agrupación musical, entre ellos la inexistencia de un lugar adecuado para ensayos y grabaciones.
Miguel Ángel Coria no podía dejar de opinar sobre la programación de la formación sinfónica, al mismo tiempo que, con sus colaboradores, fundaba un sistema administrativo más solvente, capaz de llevar una contabilidad analítica (o sea, la de los gastos reales frente a la contabilidad presupuestaria), de controlar mejor los abonos, de mecanizar la venta de entradas, entre otras muchas urgencias. De hecho, un compositor de extraordinaria finura como él, habría de encontrarse mucho mejor en este campo de la programación y, en suma, de la línea artística que convenía proponer para las agrupaciones a su mando. Se daba el caso de que la programación de la temporada 1980-1981, con la que se encontró al tomar posesión de su cargo, contaba con un buen número de obras del siglo XX, pero había algo de engañoso en esa percepción. Miguel Ángel Coria lo explica así: “la programación de la temporada 1980/1981 se podría calificar de conservadora, ya que si cuantitativamente la producción del siglo XX está representada por 18 compositores -sobre un total de 38- lo cierto es que de ellos sólo dos o tres utilizan una gramática musical alejada de los hábitos auditivos del público (Schönberg, Berio y Homs), permaneciendo los demás dentro de los límites de las convenciones tradicionales (o de las que de ellas se derivan)”. No es un asunto baladí, pues se trata de discernir qué territorio es el propio de esta formación en el mundo musical español. Cree Coria que una orquesta de este tipo ha de ser más inquieta en su programación, como ocurría en otros países europeos, dejando el gran repertorio para las grandes orquestas no radiotelevisivas. Aquí, sin embargo, no sucedía de ese modo. “Ello hace de nuestra Orquesta -concluye- una agrupación ciertamente atípica, encerrada en una especie de club de conciertos”.


Otra de las gestiones que hubo de realizar Coria como Delegado General de la Orquesta y Coro de RTVE fue la de organizar los conciertos de despedida del maestro fundador Igor Markevich. La propuesta parte del propio director, quien primeramente se la hace llegar a Enrique Franco, alto directivo de RNE, y luego a Enrique García Asensio. Sin embargo, sería Adelaida Lecuona, amiga común de Markevich y de Coria, quien informase a este último sobre los deseos del maestro de ofrecer los dichos dos conciertos de despedida, uno de ellos contando también con el Coro. Miguel Ángel Coria tenía en muy alta consideración al maestro Markevich, de modo que acepta encantado la propuesta y realiza las gestiones correspondientes (fechas, caché, etc.), si bien le ruega que en lo sucesivo se dirija a él para este asunto a la dirección oficial. Los conciertos se sustanciarían al año siguiente, siendo uno de ellos la repetición del concierto fundacional, concierto que, por lo que parece, había calado hondo en el subconsciente colectivo de los seguidores de la Orquesta de RTVE, pues ya se había repuesto con ocasión del décimo aniversario de la Orquesta y también lo dirigiría Miguel Ángel Gómez Martínez en el concierto conmemorativo del vigésimo aniversario en 1985. La “despedida” (palabra castellana que empleaba Markevich en su correspondencia en lengua francesa), lo fue de verdad. El maestro fundador moriría poco tiempo después, en 1983.
La llegada de carlos Robles Piquer a la Dirección General de RTVE resquebraja el tono de consenso logrado por Castedo y tiene la consecuencia inmediata en la Orquesta de RTVE del nombramiento de Enrique de la Hoz como Delegado General. Lo sería poco tiempo, aunque en un momento interesante. Luego asistiríamos a lpa vuelta de Coria para su segundo mandato.


Nota bibliográfica:

Martín de Quiñones: “Televisión”, en Equipo Reseña: Doce años de cultura española (1976-1987), Madrid, Ediciones Encuentro, 1989, p. 218.

José Luis Pérez de Arteaga: “Música”, en Equipo Reseña: Doce años de cultura española (1976-1987). Madrid, Ediciones Encuentro, 1989, p. 270.

Ángel Medina: “Gestión musical en la transición democrática: el caso de la Orquesta Sinfónica de Radiotelevisión Española (1981-1986)”. Celsa Alonso (et al.): Estudios en homenaje a Luis G. Iberni. Madrid, ICCMU, Música Hispana, Estudios, 11, 2009, pp. 435-449. 


jueves, 20 de julio de 2017

VOLVEMOS EN SEPTIEMBRE

Gracias por acercarte a este blog. Volveremos  a mediados de septiembre. Hay 100 entradas ya publicadas en las que podrás encontrar temas de tu interés. ¡Hasta pronto!

jueves, 6 de julio de 2017

Susana Asensio, musicóloga de amplios horizontes


Parece que fue ayer y, sin embargo, ya ha pasado un cuarto de siglo desde que conocí a Susana Asensio Llamas. La hoy prestigiosa investigadora del CSIC era entonces, a principios de los 90, alumna de Historia y Ciencias de la Música en la Universidad de Oviedo. Ya destacaba como persona disciplinada, buena lectora, brillante y clara. Además, hacía gala de una generosidad intelectual muy natural que se manifestaba en detalles como el que sigue. Por ser muy ordenada -de esa estirpe de estudiantes que no sólo toman bien los apuntes sino que además los revisan y pasan posteriormente a limpio-, sus materiales académicos eran codiciados por un buen número de sus compañeros. Todavía hace poco me lo recordaba Joaquín Valdeón, director del Coro Universitario de Oviedo, amigo de Susana y mío y beneficiario del altruismo de su compañera de clase. Ella facilitaba sus primorosos apuntes y el afortunado se encontraba, para mayor satisfacción, con un cuidado manuscrito, de escritura tan perfecta que se diría obra de un pendolista de otros tiempos. Sé de qué hablo, pues guardo alguna carta manuscrita de Susana y creo que acabaré llevándola a enmarcar.
Por esas fechas ya llegaba Susana con muchas cosas sabidas. Así, su inclinación por la música venía de lejos, de tal manera que en 1992 había realizado los estudios profesionales de piano (con las disciplinas anejas que le corresponden) en la Escuela Superior de Música de Avilés y en el Conservatorio Superior de Oviedo. Pocos sabrán que en esa misma fecha estaba titulada como Técnico Superior Contable por la Escuela Superior de Investigaciones y Técnicas Empresariales (ESITE) de Oviedo. O sea, que nunca está de más tener un plan B.
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Ese rigor que se advierte en su propia formación, lo aplicó Susana en las grandes decisiones de la vida académica. Al acabar la carrera se planteó realizar una tesis de temática etnomusicológica y pensó que era un buen momento para ampliar horizontes. De modo que entabló contacto con Josep Martí, un referente de la moderna etnomusicología hispánica que desarrollaba su trabajo en Barcelona.
Lo cierto es que a mediados de la década de los 90 Susana Asensio tiene abiertas varias puertas profesionales. Obtiene una beca pre-doctoral, que rechaza porque accede por oposición al puesto de directora del Museo internacional de la Gaita (Gijón), pero diversas circunstancias la llevan a retornar al mundo académico en 1997. Ese mismo año defendería su tesis, dirigida por el citado Martí, en la Universidad de Barcelona.
En dicha investigación estudiaba los procesos de transculturación de los magrebíes residentes en Barcelona. Fue una tesis con muy buenas consecuencias en términos de publicaciones (respecto a géneros como el rai, por ejemplo), pero que resultó difícil en cuanto a los trabajos de campo, por el hecho de llevarse a cabo por una mujer que tenía que acercarse a una cultura bastante replegada en sí misma en algunos aspectos. En todo caso, esta experiencia marcó decisivamente su trayectoria.
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A fines de los 90 arranca su etapa más internacional, posibilitada por la obtención de diversas bolsas de viaje y becas posdoctorales, entre ellas la muy competitiva beca Fulbright (1999-2001). Susana Asensio es una especie de neoyorquina de adopción, que recibió e impartió cursos y seminarios en varias universidades de la gran urbe, como la Columbia University, New York University, City University of New York y Yeshiva University. En cierta ocasión me contó la increíble velocidad a la que se mueve la vida en Nueva York, ciudad que aprovechó a fondo y en la que también le tocó sufrir: por ejemplo durante los acontecimientos del 11-S, vividos desde muy cerca del lugar de la tragedia.
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Desde 2004 trabaja en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Madrid), habiendo asumido importantes responsabilidades y diversas labores de coordinación editorial. Ahí está el monográfico sobre música y política de la revista Arbor, 187 (2011) o, en colaboración con Luis Díaz Viana, la reedición y estudio de esa obra monumental de la cuentística hispánica titulada Cuentos recogidos de la tradición oral de España por Aurelio M. Espinosa, entre otras nuchas aportaciones.
Una característica de las investigaciones de Susana Asensio (que no vamos a pormenorizar) es su absoluto compromiso con los problemas de la sociedad actual. Su juventud en Avilés, una ciudad con muchos conflictos laborales en el sector naval y en el del metal, tuvo que haber dejado huella en sus inquietudes como ciudadana.
Al final, algunos pensamos que los estudios humanísticos pueden dar adecuada respuesta a las preguntas que la sociedad se formula. Y en la medida en que este tipo de investigaciones consigan un cierto grado de aplicación, estamos participando con sensatez en la denominada sociedad del conocimiento.
Reconoce Susana Asensio que las cuestiones que le han interesado como investigadora pueden resultar “incómodas” y eso es detectable -me comenta- “desde la emigración, y la consiguiente globalización de saberes y culturas, hasta los nacionalismos, con su (re)creación de nuevas fronteras, o la influencia de la(s) política(s) en la creación de saberes, mitos, historias y referencias (musicales y antropológicas)”.
 “Por eso –prosigue- me interesaba la transculturación de las músicas magrebíes de Barcelona, el kitsch del flamenco en Nueva York, la “modernización” (y patrimonialización) de los repertorios tradicionales, o la nueva tradicionalidad en la música electrónica de la Tijuana de frontera.”
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Haber vivido fuera de su tierra asturiana la mayor parte de su vida no le ha hecho perder sus raíces. En realidad las mantiene muy bien ancladas, no sólo por sus visitas al entorno familiar sino por una razón académica. Me refiero a sus investigaciones sobre el ilustre etnomusicólogo asturiano Eduardo Martínez Torner. Que, naturalmente, la han llevado a Londres, Nueva York y a archivos de otros muchos lugares en un rastreo sin precedentes sobre esta gran figura.
Merece la pena citar la aportación más notable en este proyecto suyo de tanto calado sobre Torner. Se trata del libro Fuentes para el estudio de la música asturiana. A la memoria de Eduardo M. Torner (Madrid, 2010, CSIC / Universidad de Oviedo, 646 p.). Recuerdo haber presentado a la autora cuando, a su vez, ella presentó breve y brillantemente dicho libro en el Club Prensa Asturiana del diario La Nueva España de Oviedo, el 29 de abril de 2011.
En esta publicación hay fuentes que ya habían sido editadas en medios un tanto dispersos y otras que son nuevas, todo ello muy bien organizado en tres tipos de repertorio: romances, sones y jotas. Puede decirse que, después del cancionero de Torner (1920), es el mayor esfuerzo en publicación de fuentes de estas tipologías que se haya visto en Asturias.
El libro, según cabe deducir del estudio previo de la autora, viene a ser una especie de retrato del estado de las disciplinas filológicas y de los comienzos de la Musicología ‘seria’ en España. Encontramos figuras muy significativas que adquieren nuevos tintes tras la aproximación de Susana Asensio, como es el caso de Julián Ribera, Manrique de Lara o el propio Menéndez Pidal.
No nos extraña que este trabajo (como cifra de una fructífera trayectoria) haya obtenido el Premio Nacional de Edición Universitaria de la Unión de Editoriales Universitarias Españolas y también el Premio Nacional de Folklore ‘Martínez Torner’, del Ayuntamiento de Oviedo.
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Llega el momento de cerrar estas líneas. Se quedan en el tintero otros rasgos de su personalidad, como que es una cinéfila que tiene entre sus películas de culto El turista accidental, de Kasdan. Que habla con entusiasmo de lo que le supuso la lectura de Watchmen, cómic del celebrado guionista Allan Moore, con dibujo y entintado de Gibbons y color de Higgins. Y que puede sorprender a uno haciéndole llegar una canción de Wyclef Jean, acompañado por la Filarmónica de Nueva York, en la que también hay mezclas y fusiones, impurezas y ausencia de fronteras.
Y ya pensando en el futuro, que sean sus propias palabras las que cierren esta entrada de hoy, que, dicho sea de paso, es la número 100 del blog: “Ahora me interesa traer a España y hacer públicos algunos de los archivos de los intelectuales que tuvieron que exiliarse durante la Guerra Civil española (y editar sus materiales). Lo que nos cuentan dichos archivos es una historia muy diferente a la que nos enseñó la musicología ‘oficial’, y en la nueva versión muchas de las grandes figuras de entonces no salen especialmente bien paradas”.
Y concluye Susana el comentario que me envió hace unos días y que vengo citando en esta semblanza, con un final formidable:
“Siempre me ha gustado mucho meterme en líos”.


Fotografías cortesía de Sancho.

jueves, 29 de junio de 2017

Otros gregorianos: el caso del Císter (y 4)


Ciertamente, entre numerosos gregorianistas, la práctica cisterciense del canto no goza de muy buena fama, y se han vertido opiniones muy severas. Así, Germán Prado, refiere que San Bernardo "trunca las melodías", con el pretexto de cantar con el salterio decacordo, aunque acto seguido aún le toca peor consideración a los dominicos, pues siguen "parecido criterio, entrando a saco en los neumas cuando parecían largos, sin percatarse de lo que acerca de esos deliciosos yúbilos había escrito San Agustín explicando su sentido".
Sin embargo, este tipo de críticas responden a la tradicional, interesada y errónea división de la historia del gregoriano, en tres períodos: creación y difusión, decadencia, y restauración solesmense en el siglo XIX. En el caso que estudiamos, sin embargo, en modo alguno puede hablarse de decadencia, sino de un tratamiento pragmático de la música litúrgica, de un elemento más dentro del plan centralizado de la orden.
No cabe duda de que si las melodías cistercienses hubiesen sustituido universalmente a la tradición secular del canto llano, la pérdida hubiese sido objetivamente muy relevante. Sin embargo, dado que el canto llano tradicional se ha conservado y se sigue investigando cada vez con mayor conocimiento de causa y mayores aciertos en el campo semiológico, no parece procedente lamentarse, como ya hemos dicho que resulta frecuente entre los gregorianistas, sino tratar de comprender la funcionalidad de esta organizada reforma musical. Desde esta posición, hay que reconocer que la adecuación de los medios establecidos a los fines propuestos -respecto al canto sacro- no pudo haber sido más afortunada. Hay incluso parcelas de la música litúrgica que deben mucho a los cistercienses, como pudiera ser el caso de la himnodia, al haber ido a copiar los himnos en tiempos de Esteban Harding al el lugar donde más prestigio tenía este género, el Milán heredero de San Ambrosio.

Otros detalles significativos y algunos paralelismos y disimilitudes con las artes plásticas.
Los cantos, en fin, han de reunir una serie de características, tanto en su tesitura, como en la sucesión interválica o en su movimiento melódico, para poder vincularse con exactitud y sin lugar a dudas a un solo modo. En caso de que alguna de estas cualidades esté ausente, es preciso realizar una corrección, que en ocasiones revestirá el aspecto de una verdadera amputación quirúrgica.
No es de extrañar que el perfil óptimo de las melodías cistercienses haya de reunir una serie de características, aún más exactamente formuladas que las deseadas para capiteles y otros elementos arquitectónicos. Así, las Regulae, muy en especial, distinguen las tres condiciones que han de caracterizar a una melodía adecuada para los fines sagrados. No pretendemos detenernos en todas ellas, pero además de citar la progressio y la dispositio (que atienden al ámbito y a la estructura modal, respectivamente) podemos destacar el concepto de compositio, que representa el lado cualitativo, el producto final desde un punto de vista menos técnico y más subjetivo -aunque dependa de los factores anteriores- y ello nos recuerda la terminología de los tratados medievales de gramática, donde este término alude, a veces, al enunciado pulido de las expresiones.
Naturalmente, esta línea de pensamiento también podría relacionarse con el concepto de belleza estructural, -formositas- frente a la belleza ornamental, que sería la venustas, y que va muy bien con lo que los cistercienses deseaban para su música, donde las bases modales se refuerzan y clarifican, despojándose de la ornamentación y del exceso, tanto en la longitud de los diseños melódicos como en el propio ámbito o tesitura vocal de los mismos.
Es evidente, por otro lado, que los paralelismos con las realizaciones arquitectónicas del Císter puede establecerse de nuevo. En efecto, la restricción a un ámbito de décima, podría compararse, en primera instancia, con la severa limitación de los ornamentos, el rechazo a la pintura mural, la escasez de imágenes y el gusto por una luz clara, no tamizada por el vidrio coloreado. Pero sobre todo hay que verlo, sin negar lo anterior, como la plasmación meridiana de un planteamiento verdaderamente universalista.¿No está pensada la Carta caritatis para regular, como dice Braunfels, "la convivencia de los monjes mucho más allá de los límites de cada abadía"? ¿No eran los capítulos anuales de la orden instrumentos al servicio, entre otras cosas, de una poderosa cohesión interna? Y del mismo modo que, de cara al funcionamiento cotidiano, cabe la supervisión de las abadías fundadoras sobre las fundadas, así este rigorismo musical encaja como una medida altamente eficaz, en orden a la coherencia global de las distintas abadías. De hecho, resultan innegables las altas cotas de adecuación entre la idea espiritual que subyace en la tratadística aducida en estas líneas -incluyendo el propio pensamiento de San Bernardo- y la realidad sonora del canto litúrgico de la orden cisterciense.
Como telón de fondo, no podemos olvidar la oposición entre el nuevo modo de vida monacal y la práctica cluniacense. Georges Duby lo ha narrado como ningún otro historiador y basta releer algunas de las afirmaciones de Suger, abad de Cluny en tiempos de san Bernardo, para ver que allí triunfaba la opulencia y el esplendor. Sólo un esteta que piensa justo lo contrario que san Bernardo, puede encontrar paralelismos como el siguiente, por cierto, muy platónico en esa gradación de lo sensible a lo inteligible: "El encanto de las gemas multicolores que transforman lo que es material en inmaterial me ha conducido a pensar sobre la diversidad de las virtudes sagradas". Para el Císter no hacían falta cruces de oro, ni cálices de oro llenos de gemas ni nada por el estilo, pues sabían llegar a Dios desde el ascetismo más radical.
Claro que el paso del tiempo desvirtuó algunos principios basilares de la orden, habiendo sido su propia eficacia, su racionalidad y sus reconocidos conocimientos agrícolas, forestales, etc., la causa de un crecimiento espectacular de las fundaciones cistercienses -y de los medios materiales de las mismas- en los siglos medievales. Así, retorna la tentación del ornamento, el lujo de las dimensiones grandiosas, en contradicción con los principios de pobreza y ascetismo que habían sido tan decisivos en los momentos fundacionales. Aquí el paralelismo es menos evidente, pues una práctica de canto fuertemente asentada no se modifica con facilidad y aunque hubo matices, el criterio musical que hemos explicado sigue vigente en los siglos posteriores.
Un hecho importante, la impresión de los libros cistercienses en el siglo XVI -que en nada entorpece la confección manuscrita de los cantorales para uso de la comunidad- es un dato favorable al mantenimiento de esa personalidad indiscutible del quehacer cisterciense en el plano de la música litúrgica. La autonomía de los reinos españoles desde el siglo XV, con capítulos generales propios, no supone cambios significativos en el tema que estamos analizando. Dejamos también a un lado casos del todo excepcionales, como el que se desprende del famoso códice de Las Huelgas, cuyas piezas polifónicas tienen una serie de connotaciones que no viene al caso introducir en estas líneas. Lo mismo cabe señalar respecto a la integración de la polifonía en la práctica litúrgica del Císter, con normalidad desde el Renacimiento, incluso con algunos teóricos propios en el seno de la congregación cisterciense de los reinos castellano-leoneses, hacia la mitad del siglo XVII.

Final
Ahora ya podemos volver al comienzo de esta reflexión, y admitir que si "las reservas de los cistercienses se disipaban frente a la música", como afirma Tatarkiewicz, no es ciertamente tan sólo por su sentido genérico de "armonía", más o menos numérica o misticista, ínsito en la teoría musical de la época -cisterciense y no cisterciense-) sino por haber abordado el fenómeno musical, para uso litúrgico, de una manera original, decidida y concretándolo técnicamente bajo las mismas premisas ascéticas de la orden.
Bajo las principios de esta teorización específica, podemos intuir que el Císter primó la vena ascética en su tratamiento de la música, y que los escalones de la humildad, de los que habló San Bernardo, neoplatónicamente, también pueden recorrerse desde su práctica. A la vanidad de lo superfluo, a la curiositas y a la turpis varietas, criticadas por los padres cistercienses como justificaciones inaceptables del arte, se oponen aquí, hechos música, algunos de los verdaderos adornos del alma, o algunos de los atributos de su belleza, como la humildad o la claridad, (que nos lleva a la constante neoplatónica de la luz) entre otros, de los que habló Tomás de Citeaux; y vemos también la medida y la congruencia, que Badwin Cantuariense aplicaba a la verdadera belleza. Frente al gusto por el ornato, en fin, la opción ponderada de lo necesario, indeleblemente teñida por unas cualidades de obediencia, racionalidad y rigor que tanta fortuna habrían de tener en la expansión espiritual de la orden desde los primeros momentos de su aparición.
Hay una última circunstancia que hemos de consignar. El Císter fue una empresa religiosa coronada por el éxito. Por ello, muchos de los principios que fundamentaron su existencia dejaron de cumplirse no mucho después de los tiempos de San Bernardo. El centralismo fue menguando y los avatares de la historia cisterciense dieron momentos de gloria y de peligro a la orden en los siglos sucesivos. En cuanto a la música hay algo que casi es triste reconocer: su reforma no tuvo ni mucho menos el alcance previsto. C. Veroli lo ha demostrado en los trabajos que se citan. Allí se ve que muchas piezas no fueron reformadas e incluso que hay algunas que mantuvieron tradiciones más ornamentales de lo habitual. O sea, que el rechazo que ciertos gregorianistas mostraron por las melodías era, si no infundado, sí exagerado para la realidad de la reforma. Su empeño, sin embargo, siempre brillará con luz propia en la historia de la monodía litúrgica de la Iglesia.

Ilustración: Fragmento de un libro de coro del Monasterio de Valdediós (Seminario Diocesano de Oviedo).

Fuentes
Anónimo: Cantum quem. Ed. de F. J. Guentner. Corpus Scriptorum de Musica. American Institute of Musicology, 1974.

Anónimo: Cantum quem. Claire Maitre: La réforme cistercienne du plain-chant. Etude d´un traité théorique. CNRS, Brecht, 1995.

Guido d•Arezzo: Micrologus, Ed. Smits van Waesberghe en Corpus Scriptorum de Musica

Guido Augensis (Guy d´Eu): Regulae de arte musicae. E. de Coussemaker: Scriptorum de musica medii aevi, vol. II, pp. 150-191. 1867. (Vide Claire Maitre, 1995).

Bernardo de Claraval: Epistola S. Bernardi de revisione cantus cisterciensis. Ed. de F. J. Guentner, junto con el Anónimo Cantum quem. Corpus Scriptorum de Musica. American Institute of Musicology, 1974.

Regino de Prüm: Epistola de armonica institutione. Gerbert, Scriptores.

Johannes Wylde: Musica manuale cum Tonale Ed. C. Sweeney, CSM, 28. American Institute of Musicology, 1982.


Nota bibliográfica
Georges Duby: San Bernardo y el arte cisterciense. Taurus Humanidades. Madrid, 1992 (Traducción de Luis Muñiz. Título original: Saint Bernard. L´art cistercien. Paris, 1979

M. Huglo: Les livres de chant liturgique. Typologie des Sources du Moyen Age Occidental, fasc. 52. Lovaina, 1988

Claire Maitre: "Recherches sur les Regule de arte musica de Gui d´Eu". Les sources en Musicologie, CNRS, Paris, 1981.

S. R. Marosszeki: Les origines du chant cistercien. Analecta Sacri Ordinis Cisterciensis. Roma, 1952

Angel Medina: "El ascetismo de la estética musical cisterciense", en Valdediós. Libro conmemorativo del 1100 aniversario de la consagración de la Iglesia de San Salvador de Valdediós. Arzobispado de Oviedo, 1993.

Ángel Medina: . "Virtudes, vicios y teoría del canmto en la época del Maestro Mateo" En José López-Calo / Carlos Villanueva (eds): El Códice Calixtino y la música de su tiempo. A Coruña, 2001, Ed. Fundación Barrié de la Maza, pp. 73-93.

Cristiano Veroli: "La revisione musicale bernardiana e il graduale cisterciense", Analecta Cisterciensia, 1991, año XLVII.